Bodas de Oro de Diego Valor

Publicado en El Correo de Andalucía (Sevilla)

 

Aquel año, en eso también corrían otros tiempos, Diego Puerta había hecho el paseíllo hasta cinco veces como novillero en el albero del Baratillo apoyado en la continuidad de sus triunfos y llegaba a la alternativa apoyado en cierto ambiente en el mundillo. Pero la historia taurina de Diego Puerta había comenzado mucho antes, en las corraletas del matadero del Cerro del Águila, en el que su padre servía como empleado. Allí, en el Cerro, había nacido el 28 de mayo de 1941, aunque le llevaron hasta la parroquia de San Bernardo para recibir las mismas aguas bautismales que cristianaron a la mejor y más amplia baraja de la torería sevillana durante dos siglos.

 

Apenas un año y medio después de su doctorado sevillano, el joven Diego Puerta se consagró como gran figura del toreo.  Alternativado en el 58, no había podido estar presente en la Feria de Abril del 59. Una cornada en la ingle sufrida en Barcelona – que anuncia el largo y doloroso rosario de percances que aún está por venir-  retrasa su debut en la Feria de Abril hasta los farolillos del 60. En aquella feria reveladora le esperaba encerrado en los corrales de la Maestranza un toro marcado con el temible hierro de Eduardo Miura, de nombre Escobero, que le va a catapultar hacia el olimpo. Algo empezaba a cambiar en el toreo.

 

La década prodigiosa. Escobero propinó una monumental paliza a Diego Puerta, que le acabaría ganando la partida después de haber brindado su muerte al mísmisimo Juan Belmonte. Un diestro menudo, alegre, artista y sevillano acaba de hacerse figura del toreo. Nacía una nueva era, comenzaba la década prodigiosa del toreo. Se inauguraban los 60 y España se subía a un seiscientos y estrenaba, por primera vez en mucho tiempo, zapatos nuevos de felicidad.

 

A los pocos días de aquel revelador triunfo maestrante, Puerta confirma su alternativa de manos de otro artista valiente y sevillano. Manolo González, que apura sus últimas tardes en activo, le cede los trastos en presencia de Chamaco. Otras dos orejas confirman su rango de figura. Puerta ya está en las ferias y se empieza a codear de igual a igual con los grandes.

 

Pero dos nuevas alternativas  están a punto de fundar una nueva etapa en la historia del toreo. Aquel mismo año, en las Fallas de Valencia, iba a hacerse matador de toros el camero Paco Camino. Sólo un año después, tomaría la alternativa el salmantino Santiago Martín El Viti, que con Diego Puerta iban a conformar aquel cartel de tantas y tantas tardes grandes, base de todas las ferias de España. Cada uno de ellos, con su contrastada personalidad llenan una década que tampoco se puede entender sin el cataclismo que supone la irrupción de Manuel Benítez El Cordobés, que se haría matador en 1963, y el continuo referente clasicista del rondeño Antonio Ordóñez, que en aquellos años era ya un joven veterano.

Es en medio de ese elenco riquísimo, plagado de notables segundones, donde se mueve la figura menuda y pinturera de Diego Puerta, inasequible al terrible catálogo de cornadas, más de cincuenta, que van a lacerar su cuerpo sin que se merme ni un ápice del valor del diestro sevillano que hizo de su alegre valentía la mejor bandera de su toreo en unos años en los que más y mejor embisten las vacadas bravas. Puerta, Camino y El Viti: la década prodigiosa del toreo, años fundamentales en el hilo de la tauromaquia, la añorada Edad de Platino.

 

Diego Puerta pertenece a una hornada de toreros inolvidables, a un nudo fundamental en la historia del toreo contemporáneo que aparece ahora desdibujada por la supervaloración de otros toreros. Cuando colgó el traje de luces, Puerta se dedicó a su propia vida.

 

Puerta, con Camino, El Viti, El Cordobés y algunos otros fueron las verdaderas bases de la Fiesta en esa Edad de Platino en la que el toreo alcanzó una plenitud que sólo se está igualando con la actual y riquísima hornada de figuras. Pero, prácticamente nunca se había llegado a completar un plantel tan amplio de toreros con tan rica y diferenciada personalidad. En medio de ese apasionante panorama, el toreo alegre, espumoso y arrojado de Diego Puerta es un contrapunto al virtuosismo magistral de Paco Camino y a la elegante y templada tauromaquia de El Viti.

 

Puerta, con sus baches y sus glorias, aguantando el impresionante catálogo de cornadas que convierten su cuerpo en un mapa, es una figura indiscutible hasta el mismo momento de su retirada. El final de su carrera no podía ser más fiel a su intachable hoja de servicios. La despedida se programa  para el 12 de octubre de 1974 en la Maestranza sevillana. Sólo tres días antes es herido en Zaragoza y pese a todo, hace el paseíllo con los puntos puestos y la herida más que fresca. Como tantas y tantas tardes, Paco Camino le acompaña mano a mano en ese postrer festejo con toros de Urquijo que no dieron en juego esperado y en el que Puerta triunfó contra viento y marea saliendo a hombros entre lágrimas por la emoción que para todos y más para él supuso su ejemplar despedida. 

 

Diego Puerta tenía 33 años y nunca más volvió a ponerse el traje de luces. Después se dedicó a su ganadería, a administrar su bien ganada fortuna y a actuar en los numerosos festivales benéficos en los que era requerida su colaboración, manteniendo intacto ese espíritu alegre y arrojado que lo convirtió en figura. Como tantos grandes toreros de su generación, Puerta prefirió una vida discreta y familiar, alejada de los focos y el relumbrón de la sociedad. Otros supieron fabricarse, después de retirados, un aura de grandes maestros que toreros como Diego Puerta nunca necesitaron. La verdad inapelable de su trayectoria estaba ahí y nadie podía borrarla aunque la historia haya fabricado figuras en la calle que no lo fueron tanto en el ruedo.  Por eso, ha llegado la hora de reivindicar a esa generación imprescindible, discreta en su vida privada y en su retiro, que escribió una de las páginas más gloriosas de la historia del toreo. Diego Puerta – sin honores oficiales, sin bronce fundido – es uno de las mejores ramas del ancho árbol del toreo sevillano que se nutre y alimenta de toreros que, como él, derramaron su sangre por los ruedos.

 

Ningún referente es mejor que las fundamentales Memorias de Clarito, el gran crítico César Jalón, para acercarse a la figura de Diego Puerta, “… del saleroso barrio de San Bernardo como Pepe Luis Vázquez y como él, hijo de un empleado del matadero. También menudo y chaparrito; también garboso y sevillano en el hacer de sus brazos recortados; pero de otro pelaje artístico y de otro pelo; de pelo negro en pecho y en cuyas alegres maneras estalla el impulso valiente de su sangre ardorosa”. Clarito también recogería, en una de sus más célebres sentencias, que “Puerta – Puertita – suma a su alegre pinturería un cráter volcánico. Su toreo, al rojo, eleva y realza su breve estatura”…

 

 

A. R. del Moral

A. R. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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