Última de Vitoria: Enrique Ponce y El Cid, en plena forma salvo con la espada

Vitoria. Nueva plaza cubierta. 9 de agosto de 2008. Tarde progresivamente calurosa con tres cuartos de entrada. Seis toros de Puerto de San Lorenzo, bien aunque desigualmente presentados en tres y tres. De muy bonitas hechuras los de la primera mitad y más cuajados, altos y pesados los tres últimos. Tercero, cuarto y quinto sobrepasaron los 600 kilos o la menos eso pusieron en la pizarra porque el tercero no lo aparentó. Dieron juego dispar aunque noble, si bien la mayoría y por sus especiales características, muy en la línea que suele definir en encaste de Atanasio Fernández. Fríos y sueltotes de salida – alguno manseando incluso en varas – pero siempre arriba en palos y en la muleta. Los más claros para el torero fueron el primero, que tuvo un gran pitón izquierdo, y el sexto que valió por los dos lados. El segundo, de limitada fuerza, tuvo un buen aunque escondido fondo. El tercero fue más complicado porque no paró de andar sin apenas fijeza durante toda su lidia y gazapeó por el lado izquierdo en la muleta aunque también con buen fondo. El cuarto, un  burraco de gran estampa, punteó mucho al principio por el lado derecho hasta que lo corrigieron, y embistió largo y humillando por el izquierdo aunque tardeó un puntín. El quinto fue muy bravo y noble en los dos primeros tercios pero empeoró sus excelentes condiciones ante la muleta que tomó sin tanta clase con antes al capote sin que dejara de ser un buen toro que, para muchos, fue el mejor del envío. Una buena corrida en conjunto aunque sin ningún toro totalmente completo. Enrique Ponce (azul cobalto y oro): Dos pinchazos y trasera muy tendida, aviso y silencio tras muchas palmas. Estocada corta, oreja y fuerte petición de otra con vuelta muy celebrada. El Cid (gris perla y oro): Estocada caída trasera de rápidos efectos, oreja. Tres pinchazos, estocada corta y descabello, gran ovación con saludos. Tomó la alternativa Miguel Berbetoros “El Vitoriano” (añil y oro): Buena estocada al hilo de las tablas, silencio tras ovación. Gran estocada, oreja. Perfectos por medidos a caballo Antonio Saavedra y Manuel Quinta. Bien en pares sueltos los hermanos Tejero y Mariano de la Viña que también destacó en la brega, como Alcalareño y El Boni.

 

Buen y muy feliz final de la feria de la Virgen Blanca tras una mañana deliciosa que yo disfruté, como cada vez que vengo a Vitoria por estas fechas, asistiendo al concierto de la Banda Municipal en el kiosko del romántico parque de La Florida. Banda que, por cierto, hace años tuve la satisfacción de dirigir personalmente en entre toro y toro de una corrida hace muchos años, eligiendo el famoso pasacalles “Ya vienen los blusas” para mover la batuta a mi antojo y no sé si buen compás mientras los que me descubrieron en tan sinfónicos menesteres, no disimularon su sorpresa y asombro. Ayer escuchamos zarzuelas y piezas de música norteamericana. ¡Que emoción¡ Y me acordé de mi gran amigo Barquerito porque también es de los asiduos en La Florida cada año y, como éste no ha podido venir, le puse un mensaje que él, de seguido, contestó gentilmente anunciándome que nos veríamos en próximo lunes en San Sebastián. ¡Qué alegría¡. Acabamos de pasar, él principalmente, un susto tremendo a cuenta de una simple afección de garganta equivocadamente pronosticada y, en principio, mal tratada. Loado sea Dios.

 

Y bien, vayamos con la corrida que, tras verla en los corrales, me llenó de esperanza por sus hechuras y, sobre todo, después de haber visto la estupenda, también de Puerto de San Lorenzo, en Santander. No podían fallar los de Vitoria y aunque no fue tan buena como la de la pasada feria de Santiago, dio ocasión para que disfrutáramos con Enrique Ponce y con El Cid, los dos en plena forma ayer aunque las malditas espadas de ambos les impidieron salir a hombros como, sin duda, hubieran conseguido de no fallar Enrique en sus dos toros – pinchó repetidamente al segundo y la oreja que cortó del cuarto fue tras muy corto espadazo –, y de Manuel Jesús en el quinto. De lo visto a lo largo de la tarde, me quedo con la lidia y las dos faenas de Ponce, con la faena de El Cid al tercero y con sus verónicas en el recibo del quinto que fue el toro más bravo de la corrida.

 

No me explico – o mejor dicho, me explico dada la maldad intrínseca del sevillanito que ahora escribe en papel couché – como se puede ocultar lo bien que anduvo el valenciano hace días en Huelva con su pésimo primer toro, como tampoco creo que nadie se atreva a negar hoy lo magistral que anduvo ayer frente a los dos ejemplares que le correspondieron en la corrida de el Puerto. En ambos anduvo el valenciano como suele y tanto destaca cada vez que le sale un toro que él ya sabe tiene buen fondo y hay que descubrirlo a base de ciencia, paciencia, precisa técnica y temple. Siempre el temple como norma inexcusable.

 

Durante la perfecta lidia que con la ayuda de su cuadrilla les dio Ponce, pudimos observar que, en efecto, estos animales podrían depararnos buenas cosas. Y así lo vio primero quien los mató y por eso brindó los dos. El que hizo de segundo a un inválido anciano que estaba en el tendido sentado en una silla de ruedas y que, por lo que me contaron, había rogado permiso en el hospital o en la residencia donde está internado para poder ver a su torero predilecto. Enterado Ponce, tuvo el bonito gesto de dedicarle su primer “concierto”. Y el cuarto, al público que, embobado, pudo comprobar una vez más que Ponce, a poco que se mueva un toro y tenga buen fondo aunque esté muy escondido, le forma el lío.

 

Una veces, pronto, a poco de empezar la faena. Y otras, como ayer, algo más tarde porque, tanto al segundo toro como al cuarto, hubo primero que llevarlos en línea, sin molestarlos, y a media altura, para acto seguido, empezar a hundirse y asentarse relajado con esa manera que tiene Enrique de torear aunando el ritmo al compás y a la plástica digna de un acuarelista al que le basta el blanco del papel para, en un tris tras, componer un paisaje de suaves colores que se difuminan como las nubes rosadas en el cielo del atardecer. Eso que, en sus manos, parece no ser nada, les valdría millones a los demás. Inimitable. Al segundo terminó toreándole espléndidamente sobre la mano derecha por redondos y triple redondísimo, mas el postre de un ramillete de perfumadas trincheras, cambios de mano, firmas, ayudados y dobles pectorales de pitón a rabo. Y al cuarto, sobre todo al natural en dos soberanas tandas que la banda musicó con el pasodoble “Gallito”, a tono sin duda con la obra poncista. Sus dos toros adquirieron notable fijeza gracias al trato que les dio el valenciano y acabaron obedeciendo a su muleta con clase mientras los ganaderos celebraban el portento. Lástima que no les “tocara” fuerte con la muleta arrojada a sus pezuñas para entrarlos a matar y les hubiera enterrado la espada en lo alto al primer envite. Porque, si así lo hubiera hecho, o sea, tirarse de verdad y no a pinchar sin pasar, posiblemente ayer hubiera cortado Ponce cuatro orejas.      

 

Con  tener mérito lo de Ponce, la faena más meritoria de la tarde la hizo El Cid dadas las complicadas condiciones del toro que tuvo que resolver. Pero en mi opinión, no fue la del quinto pese a que, si lo mata bien, le hubieran dado dos orejas, nada acordes con la irrelevancia de la obra en las suertes fundamentales, en las que no terminó de hallarse del todo centrado por no darle siempre la distancia que este toro requería. La faena – mi preferida y creo que también para él – fue la del tercero. El toro parecía un galgo sin dueño por su sin parar de andar de un lado para otro hasta el punto de que, durante su lidia en los dos primeros tercios, fue muy costoso y hasta imposible sujetarlo. Pero luego, con la muleta, El Cid estuvo muy importante, valiente y acertado por como se afirmó, por cómo templó y, sobre todo al natural, por como fue capaz de esperar impávido que el toro le llegara a su jurisdicción mientras le venía andandito y gazapón. Defecto muy molesto que no todo los toreros soportan y, menos aún, solucionan como ayer El Cid, sin duda espoleado tras su paso de vacío en la tarde anterior de Vitoria, como por la alcurnia de quien, en esta segunda ocasión, había tenido por delante como magistral compañero.

 

Del nuevo “Vitoriano” – y en lo de nuevo no me refiero a la edad que perece tener -, decir que lo único que me llamó la atención – como creo que a todos los que le vimos ayer por vez primera – fue que maneja la espada con la mano izquierda como sin duda quisieran Ponce y El Cid manejarla siempre con la derecha. El decir, que matando, es un zurdo virtuoso. En lo demás, ¿para qué vamos a engañar a nadie ni a él mismo? No está dotado para ejercer la dificilísima profesión aunque, en banderillas, pareció andar suelto y, en algún par, original. Ponce, persona de probada y natural bondad y, como siempre, un señor como la copa de un pino, accedió a doctorarle a sabiendas de que otros muchos compañeros venían negándose a ser sus padrinos. El Vitoriano tuvo, pues, el mejor de los mejores para convertirse matador de toros. Enhorabuena.

       

 

                        

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

1 Resultado

  1. Luis Antonio Fuente dice:

    Enhorabuena por este portal y mucha suerte para el futuro. Creo que un portal como este es muy necesario para el seguimiento y conocimiento de lo que ocurre de verdad en la Fiesta. Espero que los insultadores profesionales y malas personas no tengan tan fácil ensuciar esta página con su bilis como hicieron con el inicialmente fantástico blog de periodista digital. Enhorabuena también por los colaboradores escogidos, especialmente por el crítico de libros; es una delicia leerle. Por lo que respecta a esta crónca, señalar que estoy totalmente de acuerdo. Estuve allí y lo de Enrique Ponce fue increible, especialmente con su primero. Lo dicho, mucha suerte y a seguir trabajando. Nos vemos en San Sebastián.

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