Diario de Invierno (VII). Recuerdo primaveral de un viaje de sensaciones entre Sevilla y Triana

Tan solo hace un par de horas que Diego de Silva y Velázquez ha terminado de pintar la cúpula celestial que cada tarde de toros cubre la plaza de la Real Maestranza de Sevilla. Un milagro. Ese momento exclusivo y sublime que acentúa las glorias del toreo cuando se producen sobre el dorado albero e instante también imborrable y tan solo aquí compensatorio de las corridas que se tiñen de sopor o de simple aburrimiento.

En cualquiera de los casos, pase lo que pase, ocurra lo que ocurra, en La Maestranza nos embarga tal satisfacción por el solo hecho de estar en ella, que siempre nos duele abandonarla. Dolor que para muchos aumenta entre los que me encuentro cuando termina la feria y tenemos que hacer de tripas corazón a sabiendas de que nos espera el casi diario tormento isidril de Las Ventas.

Pero desecho de inmediato la tristeza que me produce este último recuerdo y prosigo inmerso en los sentimientos que nos acompañan a cuantos cada tarde de toros salimos de este Palacio Real de la Fiesta por la Puerta del Príncipe envueltos por las rosáceas, azulonas y blancas pinceladas del inmortal pintor hasta cruzar el Puente de Triana sobre un Guadalquivir que nos espera vestido de plata convertida en oro por el reflejo que sobre el río arrojan las fachadas de la calle Betis y las tornasoladas nubes del atardecer.

¿Quién es capaz de atravesar el Puente sin detenerse unos minutos en la recreada contemplación de cuanto os digo y de cuanto nos ofrece el paisaje fluvial y urbano? No conozco a nadie que no pare. Ni en tardes de corrida ni en cualquier hora del día o de la noche, en cualquier otra época o estación.

Pero ahora mismo ya estamos aquí. Señores: ¡¡Qué gozo más grande¡¡ Estamos en Triana.

Gracias por hacerme hablar aquí y en esta primera noche del mítico abril sevillano y trianero. Y gracias por habérmelo pedido en la forma del Pregón que venís organizando con creciente éxito desde hace ocho años.

Cuando hace un par de meses Ignacio de Cossío me ofreció la oportunidad de darlo no dudé un segundo en aceptar el compromiso porque no solo para mí supone hacerlo un gran honor. Lo acepté también y aún más encantado porque, cuando estoy en Sevilla, yo vivo en Triana.

¿Dónde vives tu? me preguntan muchas de las gentes que inevitablemente encuentro en mis innumerables e incesantes viajes por España, por Francia, por América, por el mundo. Y cuando les contesto que además que en cualquier parte, sobre todo en Triana, a todos los que me preguntan se les encienden los ojos de envidia y de ganas.

-“¡Qué suerte, qué suerte tienes¡”

Y es verdad. ¡Qué suerte tenemos los que vivimos en Triana!

Esta Triana histórica – la Triana del arte -, esta Triana tan conocida, reconocida, estereotipada y universal: esta Triana del salero, de los cantaores, de los bailaores, de los artesanos, de los alfareros y de los toreros… Esta Triana piadosa, ceremoniosa, profundamente religiosa y permanentemente amante de sus tradiciones. Como la de su “Corpus Chico”, un “Corpus” que por belleza y sentimientos íntimos es tan grande o más que el oficial de enfrente. O como esa Triana de sus por los de afuera menos conocidas procesiones de la Divina Pastora, la María Auxiliadora de los Salesianos, La Virgen del Rosario del Barrio León…. Y, no digamos, la de sus más universales hermandades de la sin par Semana Santa, como La Estrella, La O, la Esperanza, El Cachorro, San Gonzalo…

Esa Triana también más conocida y jaleada de sus rincones especiales… Esa Triana de las cucañas y de las maravillosas tapas en la que junto a lugares apretujados los hay frescos y espaciosos para conversar mientras bebemos.

Y esa Triana aún más entrañable que te acoge, en donde te sientes persona que forma parte del barrio porque siempre, siempre, siempre encuentras un “ayer”, un “hoy” y un “mañana”.

– “Ayer no le vi”.

– “Le guardé el bollo quemaíto porque sé que le gusta”.

– “Las naranjas que prefiere llegan mañana”.

– “Le pelaré como siempre ¿0 no?”

– “Adiós, José Antonio”.

Esta Triana en definitiva donde nadie de los que aquí vivimos nos quedamos diluidos en el anonimato de la ignorancia. Esta Triana donde te tienen en cuenta… Esta Triana alegre y a la vez respetuosa con la vida del prójimo… Esta Triana que tampoco es chismosa ni alcahueta… Esta Triana que fomenta y que deja salir y fluir lo mejor que cada uno lleva dentro… Y, finalmente, esa Triana silenciosa y en nada ostentosa que tal vez es la más grande, la más humana, la más hermosa.

La que ayuda al prójimo sin presumir jamás de hacerlo en la que confluyen parroquias, hermandades, instituciones y comedores benéficos que montan pisos para los indigentes, centros de día para deficientes mentales, hogares para los que carecen de apoyo familiar… Y esos hombres y mujeres que hacen posible que estos proyectos y ayudas se lleven a cabo junto a la también silenciosa ayuda de las hermandades y organismos donde no hay plata, ni ostentación, ni jolgorio sino cariño, desprendimiento y mucho arrope y compañía.

¿Cómo no vamos a estar a gusto los que aquí vivimos?

¿Cómo no también los que aquí vienen de visita y aquí se quedan?

Y cómo no entender que Triana vio parir al primer torero de este barrio, ni que cuantos desde aquí mismo le ayudaron a triunfar y luego le admiraron y siguieron, pasando por todos los que después y hasta nuestros días fueron apareciendo, hayan configurado el núcleo de profesionales, artistas, aficionados y entendidos más selectos del mundo por más imbuidos de los inigualables sentimientos trianeros.

¡¡Así se torea en Triana¡¡ les gritó Emilio Muñoz a “Joselito” Arroyo y a José Tomás en una corrida de la feria de Abril de no hace muchos años mientras se disponía bien colocado para dar un natural frente a un bravísimo toro de “Zalduendo”.

Tal manifestación de potencial empeño torero y de seguridad en sí mismo para llevarlo a cabo como los propios ángeles, solamente lo puede hacer un torero de Triana. Y lo mismo ese saber los porqués, el cuando, el cómo y el donde de las cosas del toreo y las razones de todo lo que en y para el toreo influye la personalidad de cada intérprete.

¿Cómo no rememorar aquí y ahora a algunos de los más ilustres toreros que a lo largo del tiempo encarnaron por nacencia y vida la singularidad del espíritu trianero?

Aparte del en todo y por todo genial Juan Belmonte, manantial del toreo moderno y ser humano fuera de cualquier serie, el también sin par “Cagancho” del que alguien escribió sobre su verónica del minuto de silencio y que llevó y mantuvo su misterio sobrepasando su propia época hasta que se estableció y se prestigió para siempre en México. Y más especialmente por la calidad y cantidad de toreros y taurinos que dio la extensa familia Vega, con los Gitanillos y los Curros siempre al frente en la lid del arte, del señorío y de la hombría de bien que aún hoy desparraman vayan por donde vayan los que todavía viven y a quienes tanto quiero en lo taurino y, sobre todo, en lo personal.

Fíjense ustedes lo que querrían en Triana a su hijo entones más predilecto, Francisco Vega de los Reyes, el famosísimo Curro Puya, que mientras estuvo postrado en la cama de su casa aguantando terribles dolores durante los dos meses y medio que duró su agonía tras sufrir aquella cornada en la plaza de Madrid que le quitó de en medio hasta morir, los vecinos enarenaron la calle donde vivía para que el ruido de los carros no le molestara.

Por todo esto quiero hablaros de la intimidad más profunda del torero en todas sus facetas. Desde sus inicios profesionales hasta que alcanzan la gloria. Y desde esta gloria, mantenida o no según cada caso y cada casa, hasta que por unas razones o por otras pierden ese “sitio” que muy pocos son capaces de sostener contra el viento y la marea de las cornadas taurinas y de las que también nos da la vida. Partiremos para ello desde el padre torero más importante y trascendental que dio Triana, Juan Belmonte, y desde su famoso dicho que incumbe a todos los artistas y, sobre todo, a todos los toreros.

 

 

 

 

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

17 Resultados

  1. Jose Maria Diaz dice:

    Muy bonito el articulo, Don Jose Antonio, solamente un pero, Jun Belmonte, por mucho que quieran no es trianero, es de la Feria, esa calle de la Macarena….

  2. Pedro Menague dice:

    Es cierto que Juan belmonte nace en la calle Feria,pero pronto se trasladan sus padres a vivir a Triana,donde los padres de Belmonte montan una quincalleria cercana al mercado de Triana y al callejon de la Inquisición.Pero Belmonte crece,se hace en Triana y se impregna de tan afamado barrio.A todos los efectos,salvo su calle de nacimiento,se le pude considerar un torero trianero.

  3. Alberto salmado dice:

    Un placer leer al Del Moral artista y poder pasear por Triana con Jose antonio.Un privilegio vivir en Triana y un honor para Triana tener como residente a Don Jose Antonio del Moral.

  4. Manuel Alfente dice:

    Triana que todos los años homenajea en su velada a tanto hijo ilustre y a tanto hijo adoptivo ,no sabe que tiene a tan ilustre critico taurino entre sus más fervientes admiradores.del Moral no solo vive en Triana sino que la vive,la ama y se enamora de ella cada vez que cruza el puente.

    si yo fuera dela Junta de Distrito,propondria a Del Moral como próximo hijo adoptivo de Triana.

  5. Pablo Vazquez dice:

    Triana que es tan “chauvinista como Sevilla”necesita homenajear a extraños nada vinculados en tiempo y dedicación a Triana,antes que a personas como Jose Antonio que no solo reside desde hace años en Triana-por largos periodos-sino que pasea orgulloso el nombre de tan mitico barrio.No olvidemos que su mitico y vendidisimo libro”Como ver una corrida de toros”lo comienza en Cordoba y lo finaliza de escribir en Triana,y asi lo hace constar en los miles de ejemplares vendidos por toda la geografia española,americana y francesa.El nombre de Triana está gracias a jose antonio del Moral,en muchas casas y en numerosas bibliotecas de Europa y America.

  6. Filiberto de la Rosa dice:

    Parecia que estaba todo dicho de Triana,pero cuando lo he leido a usted señor Del Moral,descubro que Triana es una fuente inagotable de inspiración.

  7. lomarte fancine dice:

    Desde tan lejos,le leo a usted y le felicito por este paseo por Triana.Cuanta belleza se esconde en la aparente sencillez con la que usted escribe.

  8. junan de la camara dice:

    Esa Triana ,que usted menciona,alejada del tópico del cante y del baile..la otra..la que ayuda al prójimo necesitado desde la discreción y la nada ostentación.esa Triana es la que yo invito a conocer a travez de sus hermandades y bolsas de caridad,que tanto bien hacen a las personas necesitadas.Yo invitaria a los lectores que cuando vayan por Triana,acudan al Comedor Benefico de las Hijas de la Caridad,y vean la gran obra socil-dan de comer gratis a 300 personas diarias-y si los lectores tienen que dar una limosna o aportación ¡a quien mejor que a estas religiosas¡esa es la otra Triana,dentro de la gran Triana del arte y del toreo.

  9. Felipe Olter dice:

    Que bien describe usted a esa Triana acogedora.Aparte de ser un barrio alegre y bullicioso,es un barrio sencillo y sobre todo acogedor muy acogedor.Cuando vienes de fuera ,si tienes la suerte de residir en Triana,comprobarás que te acogen como a uno más y te dan mucho afecto y calor.Esto pasa en muy pocos lugares , y tenemos la suerte de que uno de estos lugares sea en la maravillosa,alegre y bulliciosa Triana.

  10. Manuel Ramirez dice:

    Por si es del intrés de los lectores,os envio unpequeño resumen de los primeros años de Juan Belmonte-Wilkimedia-

    Belmonte nació en la sevillana calle Ancha de la Feria, donde su familia tenía una modesta tienda de quincalla. Pocos años después el establecimiento de la calle Feria es atribuido a uno de sus tíos en las particiones de la herencia de su abuelo y la familia se traslada al barrio de Triana, donde su padre abre una pequeña tienda en un hueco del Mercado de Triana, un tenderete que tenían que montar todos los días al amanecer. Los jueves trasladaban el puesto al mercadillo del Jueves. Asistió a la escuela primaria solo entre los cuatro y los ocho años. Quedó huérfano de madre muy pronto. De niño solía acompañar a su padre que acudía frecuentemente a los cafés de la calle Sierpes, como el café América y el Café Madrid a jugar al billar, mientras el solía curiosear por los alrededores.

    A los once años su padre deja de llevarlo con el a sus expediciones a los cafés y se rodea con otros chicos de su edad, con los que formó una pandilla que, entre otras correrías adolescentes, se dedicaban a torear clandestinamente, por las noches, en cercados y dehesas de las afueras de Sevilla.

    El diestro trianero Antonio Montes era el ídolo de la pandilla, uno de cuyos miembros era el luego conocido líder anarquista Ángel Pestaña. Amigo de su padre fue Calderón, banderillero de Antonio Montes, que le apadrinó en las tertulias y le allanó el camino para sus primeras actuaciones. También le enseñó a mejorar su técnica, ya que Belmonte fue completamente autodidacta. Posteriormente, Calderón sería miembro de su cuadrilla durante muchos años.

    Su educación en el colegio fue muy escasa y abandonó éste a los ocho años, no obstante, con pocos años también hizo amistad con tres hermanos tipógrafos con los que se inició en la lectura, afición que le acompañaría durante casi toda su vida

  11. Fernando Tupiedo dice:

    Siga usted deleitandonos con estas estupendas crónicas urbanas,que mientras sean sobre Triana y Sevilla,nunca me cansaré de leerlas.

  12. Diego Jaen dice:

    estupenda crónica la que usted hace de triana.yo como trianero de la calle Alfareria,quiero mostrarle mi gratitud.

  13. Juan Antonio Sanchez dice:

    Un poco más de Belmonte -desde Wilkimedia-.¡y felicidades por este articulo del barrio de Triana,con el que estoy seguro Belmonte estaria muy de acuerdo¡

    Juan Belmonte
    Juan Belmonte García (Sevilla, 14 de abril de 1892 ? Utrera, 8 de abril de 1962), llamado El Pasmo de Triana, fue un matador de toros español, probablemente el más popular de la historia y considerado por muchos como el fundador del toreo moderno.
    Abanderó la edad de oro del toreo junto a José Gómez Ortega “Joselito”y Rodolfo Gaona. Hasta 1920, fecha en que el mítico hijo de El Gallo sufrió su fatal cogida, la rivalidad profesional de Belmonte con Joselito hizo que la popularidad del toreo llegara a cotas nunca vistas antes ni después en la sociedad española.
    La carrera profesional de Belmonte se desarrolló entre 1913 y 1936, año en el que se retiró definitivamente tras dos retiradas anteriores en 1922 y 1934. En 1919 toreó 109 corridas, una cifra récord para el momento y que lo siguió siendo durante varias décadas más.
    ?
    Biografía
    Belmonte nació en la sevillana calle Ancha de la Feria, donde su familia tenía una modesta tienda de quincalla. Pocos años después el establecimiento de la calle Feria es atribuido a uno de sus tíos en las particiones de la herencia de su abuelo y la familia se traslada al barrio de Triana, donde su padre abre una pequeña tienda en un hueco del Mercado de Triana, un tenderete que tenían que montar todos los días al amanecer. Los jueves trasladaban el puesto al mercadillo del Jueves. Asistió a la escuela primaria solo entre los cuatro y los ocho años. Quedó huérfano de madre muy pronto. De niño solía acompañar a su padre que acudía frecuentemente a los cafés de la calle Sierpes, como el café América y el Café Madrid a jugar al billar, mientras el solía curiosear por los alrededores.
    A los once años su padre deja de llevarlo con el a sus expediciones a los cafés y se rodea con otros chicos de su edad, con los que formó una pandilla que, entre otras correrías adolescentes, se dedicaban a torear clandestinamente, por las noches, en cercados y dehesas de las afueras de Sevilla.
    El diestro trianero Antonio Montes era el ídolo de la pandilla, uno de cuyos miembros era el luego conocido líder anarquista Ángel Pestaña. Amigo de su padre fue Calderón, banderillero de Antonio Montes, que le apadrinó en las tertulias y le allanó el camino para sus primeras actuaciones. También le enseñó a mejorar su técnica, ya que Belmonte fue completamente autodidacta. Posteriormente, Calderón sería miembro de su cuadrilla durante muchos años.
    Su educación en el colegio fue muy escasa y abandonó éste a los ocho años, no obstante, con pocos años también hizo amistad con tres hermanos tipógrafos con los que se inició en la lectura, afición que le acompañaría durante casi toda su vida.
    El inicio del torero se viste de luces por primera vez a los 17 años en la plaza de toros de Elvas, en Portugal. El 21 de julio de 1912 triunfó como novillero en la Real Maestranza de Sevilla y fue llevado a hombros hasta su casa. El riesgo que asume llama pronto la atención y comienza a forjarse la leyenda del Pasmo de Triana. Tomó la alternativa en Madrid el 16 de septiembre de 1913 con Rafael González Machaquito de padrino ?ese mismo día se retiraba del toreo? y con Rafael el Gallo, hermano mayor de Joselito, como testigo.
    En 1914 comenzó su rivalidad con Joselito o como él mismo decía comenzó la rivalidad entre gallistas y belmontistas.
    La temporada de 1917 está considerada como la más brillante de su vida profesional. A finales de ese mismo año se presenta en Perú, donde permanecerá un año y conocerá a su futura esposa.
    En 1922 anuncia su primera retirada en Lima. Reaparece en los ruedos en 1924.
    Se convirtió en ganadero y continuó toreando hasta el inicio de la guerra civil española (1936).
    La revolución de Belmonte fue trascendental para la historia del toreo porque impuso una revolución artística en el arte de torear. Hasta la aparición de Belmonte, torear consistía básicamente en sortear las acometidas de los toros sobre las piernas con más o menos valor y gracia. Su extraordinario dominio de los terrenos le permitió ejecutar el toreo de una forma nueva, despacio y con una cercanía nunca vista. Puso en práctica los tres tiempos de la lidia: parar, templar y mandar, a lo que más tarde agregó cargar la suerte. Rompió con el paradigma lagartijero, considerado hasta entonces ley natural, de “o te quitas tú o te quita el toro” y lo transformó en “no te quitas tú ni te quita el toro si sabes torear”. La idea de torear quieto se convirtió en el deseo de todo torero, aunque con el toro de entonces no era siempre posible, y logró culminar Manolete, que alcanzó la quietud total. En resumen, la aportación de Belmonte fue sobre todo estética ya que su arte revolucionario se convirtió para las generaciones posteriores en el nuevo paradigma del clasicismo durante todo el resto del siglo XX.
    Su valor y su heterodoxia, toreando de un modo que hasta entonces se pensaba imposible, lo ilustra la sentencia de Rafael Guerra (un matador de toros muy reconocido cuando comenzaba Belmonte su carrera), que le acompañó durante toda su carrera: “Darse prisa a verlo torear porque el que no lo vea pronto, no lo ve”. Su épica rivalidad con Joselito dividió a la afición en gallistas y belmontistas, algo que no impidió que ambos fuesen grandes amigos y se profesasen respeto y admiración mutua. El público quería verlos juntos y coincidieron en decenas de corridas durante varios años, lo que hizo que ambos se influyesen y evolucionasen mutuamente, configurando también de forma definitiva el futuro del toreo moderno.
    El mito de Belmonte []

    Estatua de Belmonte junto al Puente de Triana, en Sevilla
    Belmonte también cambió la imagen tradicional de los toreros: se relacionó con grandes nombres de la cultura (como Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Ignacio Zuloaga o Julio Camba), que le agasajaban y le consideraban un verdadero artista, y adoptó sus modos e incluso su estilo de vestir, renunciando a la coleta clásica de torero. Sin estudios apenas pero lector empedernido (cuentan que se llevaba en sus viajes maletas llenas de libros), su inteligencia y extraordinaria personalidad le permitieron relacionarse con los miembros de la cultura y de la alta sociedad. Llegaron a organizarle un homenaje, en el que Valle-Inclán pronunció un encendido discurso en su favor. La Generación del 98, que no era en principio nada taurina (veían en los toros un síntoma del atraso hispano), se hizo belmontista casi al completo: más que la fiesta en sí misma, admiraban sobre todo al héroe que veían en Belmonte. Hasta tal punto compartía Belmonte afanes e inquietudes con ellos, que hay quien afirma que fue un miembro más de la Generación del 98 y que solo se diferenciaba en el modo de expresarse.1
    Ningún torero ha tenido antes ni después tantos apoyos entre intelectuales del máximo nivel. Un destacado representante de la Generación del 27, Gerardo Diego, le dedico la «Oda a Belmonte»:
    Yo canto al varón pleno,
    al triunfador del mundo y de sí mismo
    que al borde ?un día y otro? del abismo
    supo asomarse impávido y sereno.2
    Belmonte fue amigo también del escritor estadounidense Ernest Hemingway y aparece de forma destacada en dos de sus novelas: Muerte en la tarde y Fiesta. Pero el que acabó de forjar el mito belmontino fue la biografía que le escribió el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales, titulada Juan Belmonte, matador de toros, su vida y sus hazañas. Fue publicada por entregas en la revista Estampa, a partir de junio de 1935. Chaves Nogales redactó la obra en forma de autobiografía a partir de las numerosas conversaciones que mantuvo con el diestro, en las cuales le iba desgranando un sinfín de anécdotas, sus andanzas picarescas durante su infancia y adolescencia en Triana, su heterodoxa formación toreando al aire libre en las dehesas y cerrados, su trayectoria profesional como torero y luego ganadero, etc. La obra de Chaves Nogales está considerada por la crítica como una de las cimas literarias del género biográfico en español y convirtió a Belmonte en definitivo mito literario.
    A punto de cumplir 70 años, Juan Belmonte se suicidó de un disparo en su cortijo de Gómez Cardeña ?entre Sevilla y Jerez? el 8 de abril de 1962, lo que no hizo sino inmortalizar su mito, fue enterrado en el Cementerio de San Fernando de Sevilla.

  14. Bartolome Asert dice:

    Siempre me ha fascinado Triana.Hoy un poco más gracias a usted.

  15. Elias Cantero dice:

    Trina es un barrio demasiado idealizado por escritores,poetas,cantaores y sobre todo por los visitantes.Aunque si en algo estoy de acuerdo es en las hermosas vistas de Sevilla cuando se vuelve de Triana y en el calor de su gente.aunque ya no es el arrabal ni el publo de los años 40 y 60.sigue teniendo un ambiente cálido-un poco publerino,tal vez-y es un barrio acogedor.

  16. Alberto jarmel dice:

    UN POQUITO MÁS DE JUAN BELMONTE,que es como un poquito más de la Triana universal

    “JUAN BELMONTE: El torero que no podía morir”

    El Mundo, 28 de septiembre de 1997

    De joven toreaba de noche, sin ropa y esquivando a la Guardia Civil. En su primera corrida en la Maestranza tiró la espada, hincó las rodillas y gritó al toro: «Mátame». Para los entendidos no era tremendista, era suicida. Su rivalidad con su amigo Joselito marca la edad de oro del toreo.
    En la historia de la lidia hay dos grupos de toreros: uno lo constituye Juan Belmonte; en el otro se agrupan todos los demás. Ninguno en la historia de la Fiesta la ha cambiado tan de raíz. Los toreros de hoy y hasta los toros son lo que son por lo que fue Belmonte. Tanto viene de tan poco.

    Nació Juan en Sevilla, en la calle Ancha de Feria, que ya es nacer, el año 1892. Su padre regentaba una humilde quincallería y, por cambiar de suerte, se fue a vivir al barrio de Triana, la otra parte del mundo, separada de Sevilla por un puente. Al poco, murió la madre, joven y guapa, y aquel niño enclenque, desgarbado, feo y triste se quedó además huérfano, con el recuerdo de su madre amortajada.

    Su padre volvió a casarse y le dio copiosa fraternidad, pero aquel niño tan poco favorecido por la naturaleza y que no pasó más de dos años en la escuela, parecía de la piel de Belcebú. No hubo travesura que no intentara ni amigotes malos que no frecuentara. Aunque tenía que ayudar a su padre en la quincallería, era tal su timidez para el regateo y el trato, que cualquier mujer hacía negocio a su costa. De la timidez enfermiza que nunca le abandonó pudo escapar hacia la ensoñación de la letra gracias a tres amigos tipógrafos, que lo sacaron del encanallamiento menudo del barrio. Por ellos entró en el mundo de la lectura, que, después del de los toros, fue el que más cultivó en su vida. Y tras ellos, cuando empezó a ser mocito, llegaron los torerillos, un pequeño grupo que compendiaba todas las facetas de lo antisocial. Eran vagos, gamberros, fumadores y bebedores cuando había qué, insolentes con niñas y mujeres, pendencieros con los otros chicos. Hacían fieras burlas de un enano alcohólico convertido en mascota y no tenían otro norte confesado que restaurar la tauromaquia de Antonio Montes, único matador respetable y al que, naturalmente, ninguno había visto torear. Eran anarquistas por talante vital y lo fueron también en lo político. Cuando Juanito fue don Juan tuvo que socorrerlos en la cárcel, adonde los llevaron muy graves fechorías. Mientras, su obsesión era torear. De noche, se iban a las dehesas, apartaban algún novillo y lo toreaban con su chaquetilla a la luz de la luna. Como los mayorales no podían con ellos se hizo cargo la Guardia Civil. Pero estos trianeros imposibles se atrevían hasta con la Benemérita.

    Cruzaban de noche el río, dejando la ropa en la ribera, y sin más atuendo que las alpargatas, pasaban horas entre los cardos hasta conseguir apartar una res y torearla con la chaquetilla de Riverito, que era el mayor. Así fueron los comienzos de Belmonte, durísimos y aventurados, fuera de la ley, de los horarios normales, de la lógica alimenticia y hasta de la esperanza, porque Belmonte estaba convencido de que nunca llegaría a ser torero.

    Su padre se arruinaba poco a poco, cargado de hijos, mientras Juanito dormía de día y se jugaba la vida de noche, toreando cualquier fiera en las marismas a la luz de la luna o , si no había luna, de una lámpara de carburo. Se iba haciendo mozo, pero no gallardo. Comido por el hambre, dominado por la timidez y por una ambición ininconcreta, aquel rebelde del Altozano tenía la estampa de un faquir con mandíbula redundantemente regia, entre Austria y Borbón. De parecer Habsburgo tardío le salvaba una mirada buída y oscura, de animal muy toreado y lleno de mataduras. Nadie creía en él, salvo Calderón, un banderillero del Espartero, que fue su padrino en las tertulias sevillanas.

    Su primer amor de verdad fue una mujer casada, muy guapa, que se prendó del becerrista feo y casi consiguió hacerle olvidar su naciente y titánica afición. Tras un disparatado debut en Elvas, pudo, a trancas y barrancas, empezar a torear con nombre propio o prestado, en sustituciones granujientas.Y cuando por fin se coló en una novillada de la Maestranza, le echaron los dos novillos al corral. Ante el segundo, tras sonar el tercer aviso, tiró la espada, se hincó de rodillas, acercó la cara al testuz de la fiera y se puso a gritarle: «¡Mátame! ¡Mátame!». El animal, mucho más prudente que el novillero, se volvió a los corrales sin mancharse las astas.

    Tras un invierno de desolación, trabajando como jornalero en al Corta del Guadalquivir, pudo volver a empezar desde abajo, en Valencia, y allí, derrochando un valor temerario, hacerse un hueco en la Fiesta. Desde Valencia, su nombre iba asociado al Hule y a la Pálida, esto es, a las cornadas de apariencia fatal. No era Belmonte un torero tremendista sino, según el público más entendido, simplemente suicida. El torero no compartía del todo este criterio, aunque lo aceptaba. Pero al que quería oírlo, si alguno hubo, le explicaba su idea de la tauromaquia, madurada en aquellas madrugadas feroces de La Tablada, toreando desnudo con una chaquetilla prestada. Decía que el toro no tenía sus terrenos propios y el torero los suyos, según aseguraba la tauromaquia clásica, desde Paquiro. Belmonte no admitía derechos de propiedad dentro del ruedo, ni a humanos ni a fieras. Esa fue su revolución. Lo demás fue valor, arte y un magnetismo especial para los públicos. Sólo le faltaba un rival y lo encontró en el torero más perfecto que ha dado hasta hoy la Fiesta: José Gómez Gallito, Joselito.

    La rivalidad entre Joselito y Belmonte, que marca la Edad de Oro del toreo, no fue una casualidad. José era una criatura portentosa con la ferocidad de la juventud, el duende de una dinastía, y el dominio de la técnica nunca visto. Era altanero, valeroso, soberbio, apolíneo. Tenía que tropezarse con su envés: el oscuro, el pobre, el enfermo, el que sólo podía poner frente al toro su infinita capacidad de morir. Y ese era Juan. Tan fatal era ese duelo que el primer día en que Belmonte triunfó en Sevilla quisieron sus enloquecidos partidarios hacerle pasar el puente de Triana no en hombros, que era poco para el semidiós, sino en andas, como El Cachorro en Semana Santa. Heroicamente resistió un cura el intento de robar las andas, amenazando de excomunión a los sacrílegos y, cuando al fin consiguió su propósito, rezongó: ¡Si por lo menos hubiera sido Joselito!».

    Desde 1914 España se divide entre gallistas y belmontistas. Se ha llegado a decir que la división entre aliadófilos y germanófilos no fue sino una politización innecesaria de la pugna sustancial entre los de José y Juan. Con ambos llega un nuevo concepto de la tauromaquia, la creación de grandes plazas -como la Monumental de Las Ventas, impulsada por Joselito- y el acercamiento de los intelectuales a la Fiesta, mérito de Belmonte, que desde novillero se aficionó al trato de Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Romero de Torres y otros artistas taurófilos. Es famoso el diálogo con Valle:

    – Ahora, Juan, ya sólo te queda morir en la plaza.
    – Se hará lo que se pueda, don Ramón, se hará lo que se pueda.

    A veces, Belmonte se quedaba a dormir en el estudio de Solana o de Vázquez Díaz, a sus anchas entre libros y cuadros. Y no era una pose. Cuenta Josefina Carabias que Paco Madrid, compañero de las primeras capeas, le aseguró que junto a la espuerta con el utillaje taurino llevaba siempre otra llena de libros: «Un torero más leído y más bañado no lo ha habido ni lo habrá jamás». Con el dinero y la gloria llegaron los contratos para América, llenos de aventuras increíbles en el México de la revolución o en la Lima encantadora y colonial, que le recordaba a Sevilla y en la que encontró esposa, aunque muy flaca para los gustos de entonces. ¿Cogidas? Todas. Pero la peor fue la de Joselito. Habían llegado José y Juan a ser grandes amigos. Del mismo modo que José acabó toreando en los terrenos de Juan, y Juan aprendiendo la técnica de José, aunque con limitaciones físicas, sus dos personalidades se fueron hermanando. Viajaban juntos en el tren y se cambiaban de vagón al llegar a las estaciones, para no defraudar. Joselito, que lo tenía todo, era muy desgraciado en amores. Enamorado de una muchacha de la aristocracia andaluza, el padre se negaba a consentir su matrimonio con el torero. José llegó a dar clases para leer mejor y mejorar su letra pero todo era inútil. También estaba harto del público, que se había cansado de verlos triunfar juntos y ganar dinero. El día antes de su muerte, torearon en Madrid y Gallito le dijo a Belmonte que debían retirarse, porque así no se podía torear. Juan estaba de acuerdo. Fue una tarde horrible. José canceló la corrida madrileña del día siguiente y se fue a torear a Talavera. Allí le esperaba la muerte.

    Belmonte murió con él. Luego se retiró dos veces, rejoneó, tuvo cortijo, ganado y millones. Envejeció lentamente, entre Madrid, Sevilla y su finca de Utrera. De vez en cuando se le veía en «Los Corales», con sus gafas negras, hablando poco y del tiempo. Tenía en la boca la tristeza de la muerte que fue de otro. Con 70 años, se enamoró sin esperanzas de una flamenca muy joven. Una tarde, salió a pasear a caballo, arreó el ganado, contempló el ocaso, volvió a la casa, subió a su habitación y se pegó un tiro

  17. manuel de la torre dice:

    Otra visión hermosa y complementaria de Triana.La del gran periodista y buen aficionado Antonio Burgos.

    TRIANA en la “Guía Secreta de Sevilla”
    Por Antonio Burgos
    PRESENTACIÓN
    Algo tiene el río que divide no solamente a la ciudad, sino a sus gentes. Cuando los trianeros han de cruzar el puente dicen:
    – Voy a Sevilla…
    Cuando en la ciudad se habla de algo que ocurre más allá del río se afirma:
    – Sí, eso es Triana…
    Triana es el río, la influencia del río, las formas de vida del río; las riadas, el muelle, la apertura de las Indias…
    Triana es resultado inmediato de la leyenda de viajeros extranjeros, de Washington Irving, de George Borrow, de Richard Ford, de Gautier, del Merimée…
    Es cierto que antiguamente los gitanos vivieron en Triana: la actual calle Pagés del Corro se llamaba la Cava; una parte de San Jacinto hacia Los Remedios- era la Cava de los Gitanos-; de San Jacinto hacia Chapina era la Cava de los Civiles. Pero ya los gitanos viven en otros barrios de la ciudad, en el Polígono Sur, en Las Candelarias…
    A Triana conviene entrar por El Altozano, a través del Puente de Isabel II. Una estatua de Venancio Blanco recuerda el lugar donde de chiquillo toreaba de salón Juan Belmonte, que aunque fue -el pasmo de Triana- no nació aquí y que vivió sus últimos días en la otra orilla, en el edificio del Hotel Cristina, en el Paseo de Colón. Pero el recuerdo es un Belmonte juvenil y hambriento, traído a hombros por el puente hasta su casa -sala y alcoba- en el corral de vecinos de la calle Castilla. O un Belmonte niño toreando en el Altozano, unos tiempos que él mismo recuerda en el espectador que le contemplaba desde la barandilla del puente, junto al edificio de El Faro, donde antes salían los vapores que hacían el recorrido hasta Sanlúcar:
    – Oye, chaval -me dijo-.¿Tú dónde has toreado?
    – En ninguna parte, señor.
    Metió la mano en el bolsillo del chaleco y me dió un duro, diciéndome:
    – Toma. ¡Tú serás torero!
    En el Altozano queda un pintoresco quiosco y el ágora del barrio, que es la rebotica de la Farmacia de Aurelio Murillo.
    Junto al Altozano quedan los recuerdos del Castillo de la Inquisición, trasladada aquí desde el convento de San Pablo. Este castillo, ya derruído, ocupaba el lugar del mercado, junto al río y al puente; fue entregado por Fernando III a los Caballeros de San Jorge y después por el asistente de Diego de Merlo a los inquisidores. En el castillo de Triana fue atormentada María Bohórquez, según Menéndez Pelayo -tierna doncellita, no más de veintiún años-. Aquí Sevilla puso fin a los focos heterodoxos del monasterio de San Isidoro y del palacio de doña Isabel de Baena. En el castillo muere preso el doctor Constantino Ponce de la Fuente, capellán y predicador de Carlos V, que acompaño en 1548 en su viaje por Flandes a quien luego habría de ser Felipe II. Con Juan Gil, -el doctor Egidio-, canónigo magistral de la Catedral, Constantino publica entre 1545 y 1551 la Summa de Doctrina Christiana. Ya muerto, en 1560 sacan una estatua suya del castillo de Triana para celebrar el auto de fe y, no pudiéndolo quemar en persona, arrojan al fuego sus huesos. ¿Qué hace Sevilla mientras en Triana se producen los horrores del Santo Oficio? Está de parte de la Inquisición, y hasta inventa coplas contra Constantino:
    Viva la fe de Cristo
    y la Santa Inquisición
    y quemen a Constantino
    por malo engañador.
    Muy pocos pueden escapar de las iras del pueblo y del Tribunal.
    Sevilla, mientras, está terminando de levantar la Giralda. Sus conventos, sus parroquias, quedan diezmados por el Santo Oficio. Pero el espíritu del barroco sale adelante, entre coplas y protestaciones de fe. Es algo que se repite en la historia de la ciudad, que siempre tiene un estricto silencio y un olvido de mármol para sus grandes heterodoxos, para los que protagonizan una voluntad de cambio. El silencio…Es la mejor hoguera para los que no piensan en levantar Giraldas y monumentos a la fe. porque los heterodoxos llegan hasta nuestros días. En Sevilla no se oye el nombre de Blas Infante, humanísimo defensor del Ideal Andaluz. Es como si aquí, en la Macarena, no hubiera nacido Pepe Díaz, primer secretario del Partido Comunista de España tras el IV Congreso, celebrado paradójicamente en el Pabellón de los Estados Unidos, en la Exposición Iberoamericana.
    Es la Sevilla siempre inquisidora, fina y fría en sus olvidos intencionados y en sus adhesiones tornadizas.
    Una Sevilla que permanece en un escalofrío en el Callejón de la Inquisición, portillo de repeluco que se abre hasta el río desde la calle Castilla, frente a Casa Cuesta, un bar muy popular en cuya cocina se pueden comer los platos más reales de la gastronomía trianera: pavís de bacalao, cola de toro, menudo, rábanos, remolacha aliñada, las secretas artes del adobo.
    Calle Castilla adelante nos encontramos la parroquia de la O y desde cuya sacristía el río tiene una perspectiva inédita. Por Castilla adelante otra vez, conviene entrar en el bar Sol y Sombra para admirar una curiosa colección de carteles de toros, antiguos y recientes, en la que hay uno que anuncia, como si fuera una lidia de pablorromeros, un reparto extraordinario de pan a los pobres.
    Pasando Chapina, se llega a la capilla del Patrocinio, donde recibe culto el Cachorro, impresionante escultura de Ruiz Gijón, que cuenta la leyenda retrata la agonía de un gitano de Triana llamado como el apodo que la devoción popular da al Cristo de la Expiración. Del Cachorro era hermano Juan Belmonte, y la tarde que se pegó un tiro en Gómez Cerdeña tenía ya sacada la papeleta de sitio para salir de nazareno el Viernes Santo acompañando a su Cristo agonizante, por cuya boca afirma también el saber popular que de madrugada entran y salen los ratones.
    Volviendo otra vez hacia el Altozano, desde el Callejón de la Inquisición puede tirarse por la calle Alfarería, recuerdo de los antiguos hornos. La calle lleva a la de Antillanos Campos, donde hay otro bar muy popular, Las Golondrinas, un paraíso para los que gustan de las aceitunas aliñadas, gordales, que son el mayor frente que se opone a las aceitunas manzanillas, endulzadas en salmuera.
    Otro eje muy popular en la fisonomía de Triana es la calle de San Jacinto, donde estáa la iglesia de este nombre, sede de la cofradía de la Estrella. Tanto como de barrio, Triana conserva mucho de pueblo. Así, la calle Pureza, que también parte del Altozano, es como la principal de un pueblo andaluz, con las fugaces y bellas apariciones del río por las esquinas de Betis en las bocacalles de la izquierda. En la calle Pureza está la iglesia parroquial de Santa Ana, a la que llaman catedral de Triana, y no sin razón porque antes de que hubiera puentes sobre el río, las cofradís de barrio hacín aquí estación de penitencia. Triana siempre ha tenido pruritos de separatismo inconfesado con respecto a Sevilla; eso de mandar concejales a un Ayuntamiento que estaba al otro lado del río nunca le acabó de convencer. En este sentimiento colectivo, Santa Ana, un bellísimo templo del siglo XIII, le servía como pretexto. La construcción de la iglesia se comenzóo en 1280, en cumplimiento de un voto de Alfonso el Sabio, que prometió edificar un templo en honor de la señora Santa Ana- como se llama en Triana barrocamente a la madre de la Virgen-si curaba de un mal de clavo, una enfermedad de los ojos. En Santa Ana está la Virgen de la Victoria, procedente del convento de los Remedios, ante la que oraron los marineros de Elcano después de haberle dado la vuelta al mundo y llegar al Puerto de las Mulas, que era el que estaba en el río a la altura del actual puente de San Telmo. También la pila de los gitanos, que es tradición que todo niño al que se le echan las aguas en Señá Sant´Ana sale flamenco y con buena voz. Pero la tradición más curiosa dle templo es la del Negro, un raro laude sepulcral renacentista, documentado de Nicoloso Pisano, hacia 1503. Esta cerámica funeraria representa la imagen de un caballero, dicen que Iñigo López, dicen que un esclavo asesinado por el marqués a quién servía. Lo cierto es que en Triana existe la creencia de que la muchacha que le da una patada al Negro, se casa. Y, como puede imaginarse, la estela funeraria está ya hecha una pena, desportillada en su azulejería, de tantas patadas que ha recibido a lo largo de la historia por parte de mocitas casaderas. Suelen poner delante bancos, los obstáculos más impensados; pero siempren encuentran la forma de darle la patada de ritual a este anónimo casamentero renacentista.
    La iglesia se abre a una pequeña plaza, de sabor muy pueblerino, donde está el Bar Bisté (malformación sevillana del plato de carne, por beef-steak), especializado en raciones de palomas guisadas.
    Antonio Burgos
    Guía secreta de Sevilla

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

También puede interesarte: