Lo que fue Diego Puerta. Crónica de su última corrida.

DIEGO PUERTA… LLORANDO

 

El torero de las cuarenta y cinco cornadas, el torero de más vergüenza de cuantos hayamos conocido – yo al menos – se ha retirado en Sevilla. Y el que nunca lloró, comenzó llorando la tarde de su despedida y de igual modo la terminó. Pero llorando de emoción por el propio sentimiento de su experiencia en la última tarde y por haber sentido en su alma la entrega absoluta y total – tan emocionada como la suya – de la Real Maestranza que vibró, calló y sintió al unísono con el torero de la tierra, la tarde más definitiva de su impecable trayectoria profesional.

 

Diego Puerta, nacido en la Sevilla Capital, vio como su ciudad se volcaba con él en presencia, en esencia y en potencia. No era para menos porque Diego es quizá – o ha sido – el torero más valiente de todos los tiempos.

 

Valiente hasta el final porque su despedida ha sido la más digna de toda la historia del toreo. Desde que lo anunció en Bilbao, hasta la última tarde de La Maestranza a cuyo ruedo salió con una herida abierta producida dos días antes en la plaza de Zaragoza. Se le notó aunque él no quiso que se le notara. No estaba, no estuvo en posesión de todas sus facultades. Pero Diego Puerta tenía que acabar así: herido. Y herido pero en triunfo salió de La Maestranza entre una delirante ovación del público, puesto en pie, que llenaba la plaza hasta rebosar por encima del tejadillo de la Puerta del Príncipe.

 

Vaya todo esto para meter a los lectores en el ambiente de La Maestranza en esa tarde postrera de Diego Puerta. Tarde otoñal que pareció primaveral y que en vez de octubre, pareció que estábamos en abril, en plena feria.

 

La plaza de toros de Sevilla tiene unos acentos especiales. Su belleza, su público – el más serio y entendido del mundo – sus famosos silencios y sus especialísimas ovaciones. Esa tarde, la del 12 de octubre de 1974, todos estos acentos se acentuaron más porque no solo estaba la mejor afición local en la plaza, también muchísimos grandes aficionados de toda España. Mereció, pues, la pena el acontecimiento aunque no todo salió artísticamente como cabía esperar por el mal juego que dio el ganado de Carlos Urquijo. Pero solo por vivir la emoción que sentimos en algunos momentos, mereció la pena estar en Sevilla.

 

En el paseíllo, con todos en pie ovacionando a Puerta. En su primer brindis a los miembros de su cuadrilla; todos le abrazaron y le besaron. En el brindis a Paco Camino que alternó mano a mano con él. En el último brindis precedido del silencio absoluto de La Maestranza, roto en el instante que Puerta, desde los medios, ofreció la muerte del sexto toro a todo el público. La ovación no se puede describir. Y, finalmente, cuando Diego cogió un puñado de albero y lo besó para despedirse un momento antes de que Camino le cortase la coleta.

 

Quizá, algunos lectores no comprendan que estos brindis tan especiales no sean los suficientemente importantes en la última tarde de un torero. Pero sí lo son por tratarse de un torero que ha protagonizado una vida llena de triunfos conseguidos tan a ley, que poco o nada podía importar lo que ocurriese con los toros.

 

Pero Diego Puerta triunfó también como lidiador y torero en su final. Toda la tarde jugándose la vida hasta culminar con éxito en el quinto, su último toro. Otro como todos los del encierro: mansos, huidizos – éste el que más – probones e inciertos. Diego forzó la máquina hasta el límite de lo imposible y le cuajó una buena faena contra viento y marea, rematando con decisión aunque sin suerte de un pinchazo hondo. Lo de menos fueron las dos orejas que le concedieron por el conjunto de su tarde en la que brillaron sus muchas intervenciones con el capote pese a que en sus dos primeros toros no pudo lucirse con la muleta porque fueron fatales.

 

Diego Puerta deja un hueco muy difícil de llenar. Han sido muy pocos los que han resistido tanto tiempo en la primera fila sin que les importara nada. Ni las cornadas, ni el dinero, ni los contratos asegurados, ni la propia familia. Esta despedida “en plena gloria”, se será un tópico en su caso. Ha sido una realidad y debe quedar constancia de ello. Nadie podrá hablar de desastres ni de grandes baches en este torero. Cada temporada la comenzaba como si fuera la primera. Por eso siempre nos acordaremos de él. Y por eso nos emocionamos al ver su despedida. Porque era la despedida de un torero de leyenda. Leyenda real de dieciséis años seguidos. Leyenda para la historia.                  

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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