Sinfónico Manzanares en El Puerto .

Plaza Real de El Puerto de Santa María. 27 de julio de 2008. Tarde calurosa con menos de media entrada y ventosa. Seis toros de Juan Pedro Domecq,  bastos y muy desiguales. El mejor, pronto, noble y alegre fue el tercero. Muy flojo el primero, muy deslucido y sin clase el segundo, soso y sin estilo el cuarto hasta pararse, quinto y sexto, nobles aunque sin acabar de rematar. Enrique Ponce: silencio tras aviso en ambos. Julián López El Juli, silencio y ovación tras aviso. José María Manzanares, vuelta tras aviso y dos orejas.

Manzanares siguió la faena con otra serie desgarrada, rota, de cintura quebrada; y una más en la que toreó con todo el cuerpo mientras rugía la plaza. Con la muleta en la mano izquierda, Manzanares dibujó el mejor toreo al natural mientras el trasteo se convertía en una sinfonía desbordada que el diestro prolongó sobre ambas manos hasta más allá de lo razonable, definitivamente abandonado de sí mismo. Lástima que el acero no quisiera unirse a la fiesta. Pero no importó; ahí quedó su obra.

Todos esperaban que pudiera repetirlo en el sexto, un toro de pésimas hechuras al que meció en dos o tres verónicas por el pitón izquierdo. Y aunque al toro le faltó entrega, Manzanares volvió a mostrar la alcurnia de su estilo, su empaque de elegido sin molestar a su enemigo, que embistió siempre distraído y con la cara a media altura. Hubo temple y un imperceptible fondo técnico, necesario para cuajar un trasteo que, sin el brillo fulgurante del anterior, tuvo enorme importancia y varias fases del gran toreo que está convirtiendo a Manzanares en torero de época.

 

Ponce sorteó en primer lugar un toro basto y de muy escaso trapío, que se frenó siempre en el capote del valenciano quien vendió siempre no encontrarse a gusto. Cantó el toro en tanteo sus pocas fuerzas y Ponce se empleó en una primera faena entre aspavientos, sin que surgiera el acople y muy molestado por el viento. Cuando parecía que el trasteo estaba sentenciado, el diestro de Chiva se empeñó en extraer un puñado de muletazos templados que redimieron en parte las impaciencias del público. Tampoco pudo ser con el cuarto, otro toro flojo y de corta embestida, progresivamente inválido y aplomado, al que administró una faena templada, pulcra y técnica, pero carente de la emoción que debía haber puesto la inexistente bravura del toro de Juan Pedro, que jamás se empleó de verdad en el engaño.

 

El Juli se llevó el garbanzo más negro del encierro, un toro – el segundo – que resultó tardo y sin clase, que topó en la muleta sin ningún estilo y echó siempre la cara arriba, sin entregarse ni querer nunca coger la muleta. En esa tesitura, el toreo era imposible y solo quedaba echar abajo al animal, que dobló después de dos pinchazos y una buena estocada.

 

Al quinto, un toro noble y algo tardo, logró enjaretarle un puñazo de muletazos sobre la mano derecha en los que hubo hondura, firmeza y mano baja. El diestro madrileño se mostró en todo momento sobradamente por encima de este toro, al que había que atacar y llevar siempre muy tapado para provocar su embestida. Se esforzó El Juli, que concluyó su faena muy metido entre los pitones, extrayendo el escaso fondo del juanpedro en un circular invertido sin que la faena terminara de tomar vuelo a pesar de su impecable entrega. Aunque, esta vez, El Juli no anduvo fino con la espada.   

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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