Octava de feria en Cali (Colombia). Noche oscura

Cali (Colombia). Plaza de Cañaveralejo. 1 de enero de 2009. Octava de feria, séptima de abono. Media entrada. Seis toros de Mondoñedo. Dispares de presentación. Serio el segundo. Enrazado el tercero, al que aplaudieron en el arrastre y de menos a más el quinto. El cuarto sacó excesivo peligro. El sexto se apagó. Pepe Manrique (berenjena y oro): Pitos tras dos avisos y pitos tras un aviso. Sebastián Vargas (grana y oro): Palmas y silencio tras aviso Ramiro Cadena (malva y oro): División de opiniones y silencio. Saludó Hernando Franco por banderillas al primero de la noche.

No hubo una sola estrella en el cielo de Cañaveralejo. Y también escaseó la luz abajo, en el ruedo, por no decir que jamás llegó, en esta antepenúltima del abono, noche de resaca y apatía, con un público de uñas en el tendido. Los toros de Mondoñedo, algunos de ellos serios, fueron complicados. Y si bien había que buscarle solución a los problemas, la voluntad de la terna colombiana no alcanzó, porque en ciertos casos los líos rayaron en la sin solución. Ahí está el caso de Pepe Manrique, acostumbrado a ponerse por delante de lo que le salga. Esta vez su esfuerzo no cosechó nada. El primero de la corrida pareció prometer en los muletazos sueltos que, perdiéndole pasos, logró sacar, sin mancha. Pero cuando quiso pararse a torear, Pepe encontró el inconveniente: el toro se quedaba corto después del segundo pase. El asunto no mejoró y Manrique entró a matar. La gente se molestó y los continuos pinchazos dejaron el saldo en dos avisos y pitos. En el cuarto el panorama se hizo más oscuro con un animal que sacó malas ideas, aparte de la violencia que dejó no pocas evidencias en los engaños. Un aviso más (el torero sufrió una lesión en el pulgar derecho durante su primer turno) y más pitos. A Sebastián Vargas le salió uno con mucha cara en calidad de segundo de la corrida. La única conexión con los espectadores se dio en tres pares de banderillas, porque a partir de ahí hubo confusión a raíz de que el toro se revolvía en un palmo y apuntaba a la humanidad del torero, sin dar pausa. Y no sólo por un pitón. Hubo tibias palmas. En el quinto salió dispuesto a llegar al corazón de la media entrada. Estuvo cerca en ese breve lapso en que el toro pasó de violento en el primer tercio a rescatable con la muleta. Dos series tuvieron suavidad y respuesta noble del de los Sanz de Santamaría. Pero, igual, pronto dejó de terminar, de ir hasta el final. Palmas al toro luego de los molinetes y los pinchazos. Por las manos de Ramiro Cadena pasó el tercero, el toro más cercano a la tradición de Mondoñedo. Un castaño bajo y bien hecho, metió duro en el caballo y puso a los banderilleros a pedir clemencia. En la muleta tuvo raza y se deslizó con calidad para dejar testimonio de que exigía poder y mando. Ramiro hizo lo que estaba a su alcance, lo que no alcanzó para trascender. Justas palmas al toro. El sexto tampoco alcanzó a traer la luz. Cadena trató de encontrarle la medida del muletazo, pero el toro no halló, como la mayoría de sus hermanos, en dónde estaba la puerta de salida del túnel de una noche oscura para todos.

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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