Del ¡olé! al ¡bieeén!

Estando de acuerdo en la evolución social que el arte de torear ha tenido y en su pérdida de relevancia como espectáculo, al ser casi aplastado por el cine, el futbol y la televisión junto a otras actividades lúdicas inexistentes en la llamada edad de oro del toreo, hace ya casi un siglo, no comparto que se haya pasado del ¡olé! al ¡uy!, sino que seguimos  buscando la vibración del ¡olé!, mezcla de admiración, sorpresa, miedo, alivio y emoción incontenible.

¿Y saben ustedes en qué momento perdimos todas esas sensaciones?; pues fue cuando los toreros tecnificaron tanto la artesanía de lidiar toros, que en las plazas ser perdió el ¡olé! y solo se oía, en cada lance, un ronco sonido producido por el ¡bieeén!,que iniciaron los apoderados y banderilleros dentro del callejón y que se contagió rápidamente a los tendidos, como resultado de la admiración que producía la largura y limpieza de un pase, con el toro siguiendo la muleta como imantado, de forma tan perfecta que no daba pie a la sorpresa, al desconcierto, a la duda.

Aun siendo siempre inexacto, parecía un juego excesivamente reglado, y la perfección de la ejecución producía, más que otra cosa, un sentimiento de reconocimiento por lo ¡bieeén! que se estaba realizando. La incierta emoción del ¡olé! era sustituida por la confianza en la buena técnica.

No es cosa de hoy que el público, que respeta y admira a los toreros capaces y lidiadores, desee, también, el deslumbramiento que producen las faenas mágicas, en esas tardes en que parece que toro y torero están unidos por hilos que ninguno de los dos maneja, como si algo ajeno a la embestida del toro y a la voluntad del torero los mantuviera juntos, en una danza mágica que provoca la emoción de los espectadores que la contemplan, y que hasta el final no saben cómo va acabar, porque la bravura animal y la entrega humana se elevan hasta el máximo riesgo.

Esas son las faenas de ¡olé!, ¡olé! y ¡olé!, difíciles de lograr, y que todos deseamos ver; faenas que consiguen, de vez en cuando, tanto los grandes toreros aparentemente técnicos y cerebrales como los grandes toreros aparentemente emotivos y de corazón. Y aclaro lo de aparentemente en el sentido de que ambos grupos de toreros comparten en diferentes dosis la cantidad suficiente de técnica y de sentimiento, sin la que no es posible realizar faenas para el recuerdo. Lo que ocurre es que la balanza puede inclinarse preferentemente más hacia un lado que hacia el otro y por eso hacemos distinciones.

Hay toreros en los que habitualmente su labor provoca emoción y en otros que suscita  reconocimiento técnico. A los toreros de aburrida e incompetente maestría y a los que meten miedo por incapaces no los queremos ver. Los del bostezo cansan a los cuatro minutos. Los del ¡uy! no interesan a casi nadie después del tercer susto. Claro que entre estos no están ni Enrique Ponce ni José Tomás. Tampoco El Juli o Miguel Ángel Perera.

Ojala que la próxima temporada disfrutemos de muchas faenas de ¡olé!, compendio de técnica y emoción. Y de alguna bronca que otra, que los toreros no son maquinarias perfectas sin fallo alguno.

 

 

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