2ª de Bogotá. Ante un bravo encierro de Dosgutiérrez, el rejoneador español Álvaro Montes cortó dos orejas

Confirmó la alternativa el rejoneador madrileño Álvaro Montes y se fue por la puerta grande. Realmente toreó a caballo. Recibió a portagayola con la garrocha a sus dos toros. Con el segundo, el bravísimo, dibujaron un caracol por el ruedo, el toro a centímetros del caballo. Con su primero, desde una dócil yegua castaña, puso tres rejones en los que el toro perseguía con temple. Y desde un castaño rodado elegante, puso banderilla al sesgo y al violín y toreó con los caballos en la cara del toro, como por revoleras con un capote de cuatro patas. Un caballo torero e inteligente que se recreaba, saludaba al público, “sonreía”, bailaba, casi hablaba. Con Montes, sincronizados, toreaban a un astado que perseguía en caliente. Todo fiesta y arte, pero mató mal y tuvo que apearse y ya en la cara del toro, estuvo miedoso, porque sin caballo es otra cosa. Corre.

Montes galopa hacia la cumbre. En el segundo cuajó una de las mejores faenas que se haya visto en años en la Santamaría, ante un toro de bandera. Un toro fijo, claro y pronto, que quería tragarse el caballo. Por eso Montes puso dos espectaculares pares al quiebro, casi dejando que el toro le babeara el pecho a su caballo, sin que lo tocara. Y dos pares al violín, que ya pusieron la gente de pie. Además de banderillas cortas, de llevar tan templado al toro y torear con el caballo como con una muleta planchada. Mató de un rejón. Pero antes, desde los medios, dijo “buen toro, ganadero”. Sí señor. Y gran rejoneador. Dos orejas.

 

Joao Moura, en un caballo vestido a la castañuela paró al toro, de 510 kilos, un castaño requemao y le puso tres perfectos rejones de castigo. Después, en un palomo torero, puso banderillas, para luego torear con el albo como si fuera un capa blanca a la cual el toro perseguidor apenas olía, pero no tocaba. Eran verónicas con caballo. En banderillas cortas no lució tanto. Habría cortado orejas, pero para matar necesitó tres intentos.

 

Brindó el segundo a la cantante Carmenza Duque y compuso otra musical faena, ante un toro que salió distraído, pero los rejones le tocaron la casta. Y vinieron las banderillas dejando llegar al toro al estribo y toreando, con tal temple, que el toro no arañaba la nube blanca con un hombre encima. Era bravo el toro. Moura hizo desplantes, hasta quiso hablar por teléfono desde a caballo por el cuerno del toro. Otra vez el rejón no fue efectivo y tuvo que descabellar. Así se cayeron las orejas.

 

El colombiano Jorge Enrique Piraquive estaba en medio de dos grandes. El compromiso era del tamaño de Monserrate. Paró a su primero desde un blanco de algodón ycrines de seda. En justicia, estuvo frente al menos toro del encierro, un poco parado y tardo. Y al colombiano le falta el oficio de los europeos. Puso banderillas y un sorpresivo abanico, pero le faltó temple. Mató de tres rejones.

 

En su segundo, unas de cal y otras de arena, pues el toro buscaba las tablas y en rejones se necesita que el toro salga a los medios y persiga. Sin embargo, Piraquive lució en algunas suertes de banderillas y en un bonito abanico de exposición. Buen esfuerzo, pero el punto estaba muy alto. División de opiniones. Gran tarde de rejones.

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Otra crónica de la misma corrida.

“Lo que es torear”

Publicada en el mismo diario por Antonio Caballero

El toreo a caballo, cuando es toreo, es igual que el toreo a pie: consiste en llevar toreado al toro, es decir, en llevarlo templado y embebido en los vuelos del caballo como si este fuera la capa o la muleta del torero de a pie.

Digo esto, que parece obvio y pleonástico, para explicar por qué el domingo el rejoneador Jorge Piraquive no toreó sus dos toros: se limitó a galopar delante de ellos, o a veces detrás, y a clavar -con gran ímpetu eso sí- farpas y banderillas. Por no sentirse toreados, sus toros se aburrieron (y el público también). Y sin embargo eran probablemente tan buenos como los otros cuatro de la tarde.Los otros cuatro -cuajados y bravos toros de Dosgutiérrez- les correspondieron al andaluz Álvaro Montes y al portugués Joao Moura (hijo). Y a todos les hubieran cortado orejas de haber tenido más tino con los rejones de muerte, porque a todos los torearon a placer: el suyo, el de los toros, el del público. Sólo Montes ganó dos trofeos del cuarto, un magnífico toro de codiciosa fijeza al que se le dio entre ovaciones la vuelta al ruedo. Lo toreó de cabo a rabo, de principio a fin: desde que lo recibió en puerta de toriles para llevarlo al galope por todo el ruedo con el regatón de su larga garrocha campera arrastrando por la arena como si fuera un imán, hasta el rejonazo de muerte que le dio en el mismo platillo de la plaza. Lo levantó el puntillero al sacarle el acero, y el toro se fue a morir a toriles una muerte de bravo. Y entre una y otra cosa, qué buen toreo a caballo, y de qué intensidad: templando siempre al toro, citándolo con las manos del caballo encabritado en una corveta, recibiéndolo con los pechos como con una muleta adelantada, dando cabriolas y lanzadas de desplante y piruetas de adorno entre los dos pitones, y ensayando en las pausas juegos de paso español delante del toro estupefacto, que en su vida había visto semejante espectáculo.Y qué caballos. Sobre todo ‘Chambao’, un bayo dorado y rodado con los cabos negros y las crines negras trenzadas de cintas rojo y gualda, adornado como un caballo de circo, serio como un torero de valor. En el primer toro se abrieron un momento las nubes negras que cubrían la plaza y el sol rieló en los flancos bruñidos del caballo, como en un espejo.También Joao Moura tiene bellísimos caballos de una doma admirable. Uno blanco de nieve, de hocico rosa y gris que usa en las banderillas, templando de costado con su flanco sedoso para torear a la verónica (o a lo que, si fuera a pie, se llamaría a la verónica). Un alazán nervioso para banderillas cortas al que lleva con las solas rodillas, enganchada la brida en la cintura. Un palomino como de melocotón, con la cola y las crines de melcocha. Uno negro como la noche engualdrapado de verde para hacer el paseíllo. Y todos ellos los monta como viento, trayendo a los toros pegados a su cola o sus ancas en un galope de costado, casi de espaldas a veces, con un temple de suavísima dulzura. Dulzura de lengua portuguesa: tal como sus casacas y sus tricornios de pluma.Ya dije que mató mal a sus dos toros. Pero los toreó a ambos. Repito lo del principio: torear a caballo es lo mismo que a pie: consiste en parar, templar y mandar al toro. Lo de clavar es lo de menos.

 

 

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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