Conchita Cintrón, La Diosa Rubia del Toreo

Pasaba de las cuatro de la tarde y la sala, tribuna y bar de la Escuela de Equitación lucían desiertos, lo que no era natural a esas horas. Por fin tocaron a la puerta y entró una pequeñita, de diez a once años, alta, esbelta, con su cabello rubio oscuro cortado a estilo paje, ojos azules, vivos y brillantes, y vistiendo un universal overol con la misma naturalidad de cualquier operario que no posee otro traje. Sin una palabra y con una cara donde no se asomaba la más ligera sonrisa, la pequeñita me extendió un billete de libra.

  • ¿Qué quieres? – pregunté.
  • Dar una lección – contestó.
  • ¿Montaste a caballo alguna vez?
  • Sí.

Y comprendiendo que me gustaría saber más detalles, añadió:

  • Tuve un caballo durante algún tiempo. Me lo regaló un amigo de mis padres el día de mi primera comunión.

Nadie hubiera podido imaginar que nacía en aquel momento un binomio inseparable, paradigma y ejemplo de una relación de padre a hija – en una inusual simbiosis con una de apoderamiento estricto y profesional – que encumbraría a Conchita Cintrón a las más altas cimas del toreo de su tiempo.

 

El Perú taurino, poco pródigo en figuras que hayan gravitado con peso específico propio en el contexto mundial, siente un legítimo orgullo que de su seno naciera para el mundo la Diosa Rubia del Toreo.

 

Ella paseó con prestancia, profesionalismo y rotundo éxito el nombre del Perú por los ruedos del orbe, codeándose de igual a igual con las primeras figuras del toreo de su época. Y así ha quedado consignado en la historia.

 

Es imposible pretender una semblanza de Conchita Cintrón sin antes referirse con puntual detalle a su preceptor. Aquel que hizo posible, con su liderazgo protector, el lanzamiento y éxito de su carrera.

 

Ruy da Cámara, caballero portugués de alcurnia, llegó al Perú mediada la década de los treinta un poco hastiado de los avatares políticos en los que se debatía su amada tierra lusitana, y otro poco guiado por el espíritu aventurero que siempre caracterizó su bohemia y su carácter. Nació en Lisboa a fines del XIX; fue hijo cuarto del aristocrático matrimonio de los Condes de Ribeira Grande y su carácter inquieto y rebelde forjó lo que más tarde sería una indómita e interesante vida dedicada a la política y al arte del rejoneo, el arte portugués por excelencia. Tomó parte en todas las revoluciones que hubo en su país después de la caída de la monarquía, a la que defendió con ardor, y en uno de los regresos de sus exilios involuntarios – agobiado por presiones financieras – tomó la alternativa de rejoneador profesional, actividad en la que brilló con luz propia en una larga vigencia reconocida de siempre en su tierra natal.

 

Supo del Perú por un diplomático que guardaba entrañables recuerdos de nuestra patria, y un día, cansado y considerando que su misión política en Portugal había concluido, se decidió y llevando a su bella mujer Asunción, el amor de su niñez, tomó rumbo al Perú con el propósito de inaugurar en Lima una escuela de equitación. Aquella en la que, como se ha descrito, el destino le uniría para el resto de sus días con el futuro taurino de Conchita Cintrón.

 

Consuelo Cintrón Verril nació en Antofagasta, Chile, el 9 de agosto de 1922, y poco antes de cumplir el primer año llegó al Perú. Su padre, Francisco Cintrón Ramos, puertorriqueño, de nacionalidad norteamericana y ascendencia española, fue el primer extranjero en graduarse en la Academia Militar de West Point, en los Estados Unidos. Asignado al Regimiento 65 de Infantería destacado en Panamá, conoció allí a Loyola Verril, con quién casó y formó un hogar típicamente americano, en cuyo seno creció la futura rejoneadora. Cuando corrían los primeros años de la década de los veinte, don Francisco – que había abandonado para ese entonces la carrera militar – fue destacado a Lima como representante de una firma comercial norteamericana con intereses en el Perú.

 

En un ambiente circunscrito a la colonia extranjera radicada en Lima, la niñez de Conchita se desarrolló igual al común de los niños inmigrantes norteamericanos. Sus estudios y sus juegos tuvieron como compañeros a los que, como ella, provenían de hogares típicamente extranjeros, y no tuvo – salvo contadas y anecdóticas referencias – contacto alguno con el ambiente taurino de Lima (en franca ebullición por aquella época).

 

Hasta que nació en ella su pasión por la equitación y conoció a Ruy da Cámara. Entonces, su vida – de la que hasta ese instante habían transcurrido once escasos años – dio un vuelco total

 

La Escuela de Equitación de Ruy da Cámara, a la que pronto se conoció en el ambiente limeño como El Picadero, se convirtió muy pronto en cónclave taurino donde coincidían periódicamente – y como lógica consecuencia del brillante pasado artístico y taurino de su fundador – aficionados peruanos de toda laya. Desde toreros españoles retirados y afincados en Lima como Diego Mazquiarán Fortuna y Luis Guzmán Zapaterito, hasta toreros en activo, subalternos y aficionados prácticos – como aquellos que más tarde compondrían el grupo de La Legua y en cuyo seno encontró Conchita a los entrañables compañeros que acompañaron sus primeros pasos en la profesión.

 

Estos últimos, capitaneados por Fulvio Da Fieno – conspicuo aficionado de larga trayectoria y con un sinfín de actuaciones en toda la república -, y los otros cófrades como Tuco Roca Rey, los hermanos Raúl y Enrique Aramburú Raygada, Gabriel Tizón Ferreyros y Fernando Graña Elizalde (después ganadero de Huando y empresario de Acho), conformaron el grupo en el que Ruy encontró terreno fértil para desplegar su afición y conocimientos. Y con ellos forjó secreta e íntimamente la idea de convertir a Conchita en figura del rejoneo…..y del toreo a pie.

 

En El Picadero y bajo la férrea disciplina de su maestro, aprendió Conchita todos los secretos de la equitación. Se familiarizó con la baja escuela – las primeras fases del bien montar a caballo -, el cabalgar a dos pistas, el galope indistinto sobre ambas manos del animal, el piaffé, el trote suspendido y la alta escuela. Habrían de pasar interminables horas de duro entrenamiento para que se convirtiera, con el paso del tiempo, en una gran caballista. Los sucesivos éxitos en exhibiciones y concursos de salto – muy en boga en Lima por aquella época – así lo demuestran.

 

Un día se le ocurrió al maestro incluir las prácticas de rejoneo en el repertorio de ejercicios de los alumnos. El rejoneo sin toro, claro está, y pronto el picadero se convirtió en improvisado ruedo donde un grupo entusiasta de niños intentaban clavar banderillas sobre una silla – impulsada por el caballerizo – que “embestía” de acuerdo a las indicaciones del maestro. Conchita, encantada con el nuevo juego, instó a su profesor le enseñara todo lo referente al tema. Y Ruy, que intuía en ella esa determinación que la llevó a ser figura, le complacía sin ningún límite. Nacía entonces – ¿lo imaginaba Ruy de Cámara? – la futura torera.

 

En el verano de 1936, Ruy, Asunción, Conchita, sus padres y un grupo de amigos forjado en el calor del picadero, pasaban unos días de campo en la hacienda Santa Bárbara, en Cañete (al sur de Lima), de propiedad de Manuel Barnechea, contertulio habitual de la Escuela de Equitación. La víspera del regreso, a la hora del almuerzo, un mozo le anuncia a su patrón que entre el lote de ganado cunero que cruzaba en ese momento la finca camino del matadero, se encontraba un toro muy arisco que no se dejaba domeñar y causaba serios problemas a los arrieros. Ruy sugirió encerrarle y torearle a lo que accedieron gustosos los comensales. Efectivamente, el morucho – “cunero” le decimos en el Perú – no necesitó sino de algunos minutos para aplacar tanta afición con dos o tres arrancadas. Entonces Ruy, montando la Mizraut – una magnífica alazana que luego formaría parte de la cuadra de Conchita – se presentó en el polvoriento corral que servía de improvisado ruedo y – evocando glorias pasadas – adornó el morrillo del jabonero con dos o tres arponcillos fabricados rudimentariamente para la ocasión. Lo que sucedió a continuación nos lo cuenta la propia protagonista…

 

Al preguntarme Ruy, casi media hora después, si quería montar, no tuve tiempo de dudarlo. Monté, y mientras me acortaban los estribos, Manuel daba órdenes para embolar otra vez al toro.

  • Vas a entrar a la media vuelta – me dijo Ruy -, y como el toro está agotado, ya no te dará trabajo; por eso haz cuenta que es el sillón del picadero.

Ruy se armó de un capote y soltaron al animal. Mi entrada fue recibida con palmas. Pensé que aquellas palmas eran más entusiastas, más impresionantes que las que conocía del picadero y de los concursos hípicos.

 

Ruy de Cámara llamó la atención del toro, haciéndome señas para que pasara por la cola del enemigo, conforme hacíamos imaginariamente en el picadero.

  • Dale la voz – gritó Ruy.
  • ¡Toro! – llamé casi como un eco de la autoritaria orden, y obedeciendo sin vacilar, le di rienda a la yegua.

El toro se revolvió, pero no consiguió tocar a la jaca que salió como una golondrina al sentirle cerca. Allí quedó el palillo sobre las agujas del serrano.

 

 

En enero de 1936 se organizó en la plaza de Acho un festival benéfico de carácter hípico – taurino que incluiría una exhibición de salto y como colofón la lidia y muerte de unos novillos de media casta en manos de aficionados peruanos. A Conchita se le presentó así la oportunidad sin par de actuar en público por primera vez, y poner en práctica lo aprendido en las largas jornadas de desvelo y sacrificio consumidas en el picadero. Algunos tentaderos – muy pocos ya que en esos años escaseaban las ganaderías de casta en el Perú – fueron el prólogo de práctica para el debut. El anuncio de una señorita rejoneadora alborotó el corrillo taurino de Lima y la plaza se llenó. En esta oportunidad su actuación se limitó a colocar algunos arponcillos en el morrillo del novillo que le tocó en suerte. Luego se retiró entre las calurosas ovaciones de un público conmovido por el atrevimiento de una niña que iniciaba así su camino por el mundo profesional del toro. No pudo ser un inicio más auspicioso.

 

Así se denominó a la placita que por iniciativa de Ruy construyeron, en la carretera que une Lima con El Callao, el grupo de cofrades a los que hice referencia anteriormente y que constituían el íntimo círculo de amigos que hicieron de su afición un verdadero culto al arte taurino. Si bien cuando se plasmó el proyecto – el impulso de Da Cámara fue fundamental para su concreción pues consideraba de enorme importancia el contar con un lugar para el entrenamiento de su pupila – ya Conchita tenía recorrido algunos kilómetros en lo que a actuaciones públicas se refiere, fue en esa placita donde complementó el ejercicio de su arte con el toreo a pie. Ahí, donde se toreaba de todo – por lo general el ganado cunero que forzosamente pasaba por La Legua camino al camal del puerto, con kilos y pitones – y no había posibilidad de “alivios”, aprendió Conchita todo lo relacionado con el toreo de muleta y la suerte de matar, atributos que luego le permitieron rematar con éxito tantas faenas en su largo peregrinar por los ruedos del mundo. En la carrera taurina de Conchita Cintrón – y esto es un remedo de su propia confesión – el Tentadero de La Legua y los cofrades que lo conformaron constituyen un hito de excepción.

 

Por el Tentadero, mientras estuvo en actividad, desfilaron todos los personajes vinculados al mundo del toro que por una u otra razón pasaron por Lima. Ni figuras del toreo, ni apoderados, ni subalternos o periodistas taurinos que vinieran de fuera dejaron alguna vez de gozar de las peripecias de la lidia de toros bravos – al compás del punteo de unas guitarras y rematadas con un típico almuerzo criollo – en las arenas de la popular placita. Uno de estos personajes, el gran matador mexicano Chucho Solórzano, entonces en la cima de su popularidad y a la sazón contratado para la feria de Lima, conversó con Ruy da Cámara acerca de la posibilidad que la niña – lo era aún entonces con escasos dieciséis años – se presentara en la capital mexicana. La misma Conchita describe el diálogo,

  • Oiga usted, Da Cámara – le oí decir una mañana en el tentadero mientras descansaba con nosotros de su faena -; estos bueyes son muy marrajos. ¿Por qué no lleva a Conchita a mi tierra? ¡Allí podría torear ganado de casta!
  • Sería una idea magnífica – asintió Ruy – pero en México no tengo las facilidades para una cosa así. Por eso había pensado más bien en las posibilidades de llevarla a Portugal o España, aunque esto, por lo de le guerra civil, no sé cuando será.
  • ¡Vaya! – protestó Chucho -. En México también hay buenos amigos y ganaderías. Mi cuñado es dueño de una de las más grandes ganaderías del mundo, y le aseguro que le ofrecerá las becerras que quiera.
  • ¿Y los viajes? – contestó Ruy riéndose -. No soy millonario, pero en Portugal, que es mi tierra, no tendría problemas de dinero…Conozco a las empresas.
  • En México también hay empresas – atajó Chucho – y si quiere le arreglo un contrato que le pague a Conchita y sus acompañantes la estancia y los viajes de ida y vuelta. Se entrenaría en La Punta; después torearía en algunos pueblos, para terminar debutando en El Toreo de México. ¿Qué le parece?
  • ¡Hecho! – exclamó mi maestro -. Si el padre de Conchita está de acuerdo y usted habla en México con su cuñado y con la empresa, creo que sería un programa inmejorable; por mi parte, estoy de acuerdo.
  • Prometido – dijo Solórzano mirándome con una sonrisa -; les escribo desde México.

Aquella conversación y esa promesa cambiarían la vida de Conchita para siempre. Le abrirían la puerta del camino a su consagración.

La generosidad del gran torero mexicano se concretó meses más tarde; en junio de 1939 partió Conchita a tierras mexicanas, en el vapor Rakuyo Maru, acompañada de Ruy, Asunción y el fiel Aurelio Mabama, Gallito, subalterno, rumbo a su encuentro con el destino. Atrás quedaban su patria, sus sueños infantiles, La Legua y las tantas tardes de encerronas en su encantadora placita, los cófrades, los “cuneros”, los pueblos de la sierra peruana y su público variopinto y folclórico, la afición de Lima y su querida Acho. De ahí en adelante habría de introducirse en el siempre arduo y complicado mundo profesional del toro. ¿Estaría preparada?

Se puede afirmar sin el menor asomo de duda que si Conchita se inició en el toreo en tierras peruanas, se hizo torera en México.

El público sensible y conocedor de la nación azteca le abrió sus brazos de par en par desde que pisó suelo mexicano. Chucho Solórzano y Rafael Vallejo – apoderado de Conchita durante los años de su estancia en México – prepararon el debut en la Plaza de El Toreo para el 20 de agosto. La corrida terminó en triunfo y la curiosidad por ver a una mujer en estos menesteres del toro truncóse en franca admiración al ver la desenvoltura de esta niña peruana y su gran facilidad para manejarse delante de los animales de casta. El Redondel – que salía al terminar la corrida – tituló la crónica

 

Conchita Cintrón triunfó toreando para agregar luego…

De Caltengo y bien puesto. No es un becerro sino un novillo. Coge al Güero Merino en forma aparatosa y acepta después dos verónicas estupendas de Conchita que arman la escandalera en el coso….

 

A la semana siguiente repitió Conchita en el mismo escenario y el resultado fue mejor si cabe. Hubo orejas y salida a hombros. He aquí algunos comentarios de la época:

 

un toro que hace cosas extrañas, que derriba cinco metros de barrera…y una figurita de Sevres que sin más averiguación lo convida con un movimiento de brazo, lo espera con las plantas sembradas en la arena, y se lo enreda a la cintura con siete verónicas mágicas, esto no es cosa que pueda verse todos los días, ni que pueda creerse sin haberse visto…

 

toreó por verónicas en forma inconcebible. Esbelta, con las manos bajas, parando a ley, templando y mandando, puso de pie a la multitud, rodando a sus pies sombreros, bastones y flores…

 

De agosto de 1939 a fines de 1943 toreó en la capital y los estados 211 corridas, matando a estoque 401 toros. Alternó con lo más graneado de la torería mexicana de aquel entonces y su carrera quedó definitivamente ligada a nombres como el de Fermín Espinoza Armillita, Lorenzo Garza, Luis Castro El Soldado, Luis Procuna, Silverio Pérez, Chucho Solórzano y de todos los grandes maestros mexicanos de la época, sin dejar de mencionar tres que grabaron su corazón por siempre; Juanito Gallo, Alberto Balderas y José González Carnicerito de Méjico – el primero un principiante, los otros dos consagrados – ya que los tres encontraron la muerte en el ruedo en tardes fatídicas, con ella presente.

 

Durante esos años todas las ferias de importancia de México contaron con la actuación de quien empezaron a llamar la Diosa Rubia del Toreo. Conchita, en su larga estancia mexicana, supo sin lugar a dudas tanto del juicio crítico como de la pasión desenfrenada de una afición, sensible y conocedora, como es la mexicana, que la adoptó e hizo su ídolo.

 

Lo dicho, Conchita Cintrón, peruana de corazón, se hizo torera en tierras mexicanas.

 

Como un paréntesis en su viaje al destino final que era España, Conchita Cintrón volvió al Perú. Corría el año de 1944. Había de cumplir unos contratos – por lo que la visita era corta – pero fue tal el entusiasmo con que fue recibida por sus compatriotas que hubo de prolongarla. Los agasajos se sucedieron unos tras otros y la afición de Lima trató por todos los medios de tributarle el cariño y la admiración que sentían por su torera. Fue recibida por el Presidente de aquel entonces, Don Manuel Prado, que le otorgó en definitiva su nacionalidad (requisito meramente formal pues Conchita es peruana de corazón desde antes de empezar a gatear). Inauguró la Plaza Monumental de Lima e incluso se dio tiempo de ir a Santa Bárbara, en Cañete – donde rejoneó por primera vez – a recibir el homenaje de sus pobladores.

 

Pero como errante es la vida del torero también llegó el momento de partir. Otros contratos le aguardaban. Las plazas de Quito y Caracas – en esas épocas lejos estaban de ser los modernos cosos de hoy – también supieron de su arte y le ovacionaron con calor. En Santa Fe de Bogotá, en la cálida Colombia – donde Conchita triunfó innumerables veces no sólo en la capital, también en Manizales y otras plazas del interior – ocurrió un hecho que por lo singular merece relatarse. Entusiasmada por los éxitos obtenidos y deseosa de brindarle algo especial al pueblo colombiano que tanto la quería, decidieron dar una corrida…¡sólo para niños! Me imagino lo que debe haber sido la plaza Santamaría repleta de caritas felices impaciente por ver a su ídolo. Como todo lo que emprendían Ruy y Conchita, la fiesta fue un éxito.

 

Pero desde siempre la ilusión de Conchita Cintrón fue culminar su carrera toreando a pie en España. Para esto Ruy da Cámara nombró en su representación en la península al famoso matador Marcial Lalanda, influyente apoderado en aquellos tiempos – poco después apoderó simultáneamente a Pepe Luís y a Manolo Vázquez, a Antonio Ordóñez y a Conchita – para que allanara las dificultades que suponía quebrar la estricta reglamentación española que no permitía, bajo ningún concepto, la presencia femenina en el ruedo.

 

Luego de un paréntesis en Lisboa para su presentación en la plaza de Campo Pequeño – que también tuvo que pasar por sortear un boicot de los rejoneadores varones portugueses – Conchita Cintrón logra el permiso de torear en ruedos españoles…sólo rejoneando. Es así que debuta en la Feria de Sevilla de 1945, en la última de abono.

 

El éxito, como siempre, le acompañó en esa y en todas las demás oportunidades que tuvo de actuar en España – el 13 de mayo de 1945 rejoneó con singular éxito un novillo de Garcigrande en Las Ventas de Madrid – pero el permiso para torear a pie y rematar sus faenas con el estoque no fue posible. Tan sólo logró que le permitieran hacerlo en festivales benéficos a puerta cerrada cosa que hizo con mucha frecuencia. Logró sí su cometido en Marruecos y Melilla, pero no sin sortear la mar de dificultades y riesgos. Aún así dejó – en la corta pero intensa campaña española de los siguientes años – la impronta de su arte incomparable alternando con todas las figuras del toreo de entonces.

 

La campaña de 1950 marcó el fin de la carrera taurina de Conchita Cintrón. Toreó en la mayoría de plazas españolas despidiéndose, primero del público francés – en Francia había actuado en sus principales ferias – en Burdeos el 1° de octubre estoqueando y desorejando dos novillos de José Infante Da Camara para luego despedirse de los ruedos españoles en Jaén el 18 de del mismo mes. En aquella oportunidad, desafiando la prohibición, toreó de muleta una res de Oliveira.

 

El 5 de septiembre de 1951 Conchita se casó con el caballero portugués Francisco de Castelo Branco, sobrino de Ruy, y actualmente vive feliz con su familia cerca de Lisboa, rodeada de sus hijos.

 

Digno descanso para una guerrera, una gran torera, la mujer que mejor ha toreado a pie y a caballo, que en su largo peregrinar por los ruedos del mundo, siempre dejó muy en alto el nombre de su patria, el Perú.

 

Raúl Aramburú Tizón

   

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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