Medellín (Colombia). ?Santa Bárbara? puso la categoría

 

 

 

El toro-toro, el ‘Rey’ de la Fiesta, el bravo y encastado, el de presencia imponente, la razón de ser de la tauromaquia, el motivo que nos mueve a defender lo que a veces parece indefendible… La quinta corrida de abono de la XVIII Feria de La Macarena tuvo en el ruedo, por fin, aquello que anuncian los carteles: toros. Los seis que saltaron a la arena tenían trapío, inspiraban respeto. Cuatro de ellos eran potables y entre éstos hubo uno, el sexto, que lo tuvo todo y por ello salvó su vida a ley y a pesar de que la lidia que le dieron no estuvo acertada. Una corrida que dio de qué hablar desde antes de iniciar: entre los aficionados por la alta expectativa de volver a ver el hierro que se ha ganado los máximos trofeos de la ciudad en los últimos dos años; entre los actuantes porque en el sorteo desecharon al toro que más le gustaba al ganadero. “Y eso que el bravo se quedó en los corrales”, se oía decir ayer en las puertas de la plaza, celebrando el indulto de “Corso” pero lamentando que pudo haber sido y no fue. El indultado, #572 y con 460 kilos, lidiado en sexto lugar por Rubén Pinar, salió con alegría y no tardó que quedar prendado de la capa, a la que acudía con codicia. El albaceteño lo lanceó con elegancia mientras la gente en el tendido parecía tener el pálpito de algo grande. Un pálpito que creció cuando el astado metió los riñones y peleó con fiereza ante la vara de Reinario Bulla, quien salió ovacionado. Pinar brindó al público y comenzó a ejecutar los pases con la mano derecha. El toro iba y venía, galopando con gracia y arrancándose de lejos. La segunda tanda fue cumbre, pues la colocación del torero fue perfecta, así como la ligazón y el temple. Entonces afloraron los pañuelos y los ponchos, y hasta los sombreros y las manos desnudas reclamándole a Usía el perdón de la vida del ejemplar. Quizá fue aquí donde el joven diestro perdió la segunda oreja simbólica (solo le dieron una), pues dejó a un lado la estructura de la faena y se dedicó a lo marginal, ya no para mostrar las bondades del toro, que iba a donde le llamaran, sino para mantener arriba el ánimo de la concurrencia. El indulto, que el ganadero también pidió, llegó merecido, como justo fue también el premio al torero. Ya en su primero, Rubén Pinar –a la sazón triunfador de la tarde, sin discusión- había demostrado que va camino de ser figura, toreando con seriedad a un toro serio, “Quitasueño”, que había partido plaza de salida y que tumbó al caballo del picador, haciendo vivir momentos de tensión por cuanto el varilarguero quedó con una pierna atrapada bajo el “fuselaje” del jamelgo. Pinar porfió y sacó un par de buenas tandas con la derecha y no pudo hacer más, pues el astado perdió las fuerzas y comenzó a embestir rebrincando. El diestro insistió, mostrando valor de sobra, pero lo mejor fue la estocada final, limpia, que hizo rodar casi instantáneamente al toro sin puntilla. La oreja que el público reclamó fue un justo premio. Bolívar y Jiménez El otro que tocó pelo en la tarde fue el colombiano Luis Bolívar. Su segundo, quinto de la tarde, no tenía fuerzas, pero el caleño lo supo llevar con la muleta a media altura sin descomponer la figura. Así fue hilvanando la faena, ligando los pases pero sin bajarle la mano. El toro pedía pelea, pero el torero tenía que consentirlo. Mató de gran estocada y reclamó un merecido apéndice. Con su primer toro, el segundo de la tarde, Luis Bolívar hizo una demostración de para qué le ha servido torear en España las ganaderías más duras. El astado que le cupo en suerte no humillaba y siempre buscaba las tablas. Fue el garbanzo negro del encierro. Aún así el diestro se plantó y logró sacarle pases, lo que parecía imposible. Fue una labor encomiable y llena de recursos, que bien habría podido valerle el trofeo de no ser porque colofonó con un bajonazo. César Jiménez vivió, por su parte, una tarde de contraste. En su primero fue abroncado por la gente porque le cogió asco a su oponente. Era un toro serio, como todos, que se repetía y embestía con claridad, pero quizá porque quedó crudo en varas, el torero de Madrid no pudo hacerle el toreo que le caracteriza. Quedó en la memoria un quite por verónicas. Mató de entera y tres descabellos. Con el cuarto hubo desquite. El burel, muy serio de cara, tardaba en la embestida. En varas exigió al picador “Luisín”, quien se lució también en lo suyo y recibió la ovación del público. Jiménez optó por plantarse y construir faena. Se quitó las zapatillas –no se sabe por qué- y citó de lejos para ligar dos tandas por derecha. Al natural, ejecutó tres con hondura, pero hasta ahí duró el animal, que empezó a buscar las tablas. Mató de media y dos descabellos. De modo que lo que empezó con bronca terminó con saludo desde el tercio y una cariñosa despedida del público. Al final el ganadero dio la vuelta al ruedo al lado de Rubén Pinar, quien salió a hombros y en olor de multitudes.

 

 

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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