10ª de Fallas en Valencia. Ponce, por encima de todo y en competencia con la historia

Valencia. Plaza de la calle Xátiva. 16 de marzo de 2009. Décima de feria. Tarde fría con viento molesto y lleno total. Seis toros de Juan Pedro Domecq, sobradamente presentados salvo el anovillado sexto. Nobles en general aunque un tanto desrazados. El mejor, aunque algo soso, fue el primero. Y después el cuarto aunque gracias a las manos en que cayó porque empezó embistiendo rebrincado y con genio hasta que su matador lo arregló por completo. Muy tardón el segundo. Pronto agotado el tercero. Flojísimo el quinto. E incierto a más de violento el sexto. Enrique Ponce (grana y oro): Estoconazo trasero, aviso, oreja y fuerte  petición de otra injustamente negada por la presidencia. Pinchazo y estocada desprendida, aviso y oreja. Salió a hombros. José María Manzanares (azul cobalto y oro): Gran estocada, aviso y silencio. Buena estocada, silencio. Cayetano (carmín y plata): Buena estocada, silencio. Estocada caída, oreja circunstancial.           

 

Decían algunos al salir de la plaza que Enrique Ponce había venido a responder a ese señor tan raro del que ahora se escriben tantas mentiras en la sobrevaloración profesional más exagerada que uno haya visto en su vida. ¿Cómo le va a afectar esto a Ponce si lleva  veinte años de alternativa, con casi dieciocho en la cumbre sin más fallos que los muchos que ha tenido con la espada, lo único que ha limitado el, a pesar de ello, más brillante palmarés profesional que jamás haya alcanzado torero alguno sin rehuir una sola plaza ni feria en el mundo, dejándose televisar cuantas veces hayan querido las empresas, alternando con todos los toreros – incluido el ínclito – que le han salido al paso sin dejarse vencer por ninguno y matando toda clase de ganaderías?. ¿Qué tiene que ver, entonces, esta carrera inigualada e inigualable con la del presunto figurón elevado a los altares?.

 

Ponce legó para triunfar en su tierra y a quedar lo mejor posible como viene haciendo desde que tomó aquí mismo la alternativa hizo ayer exactamente 19 años. Cosa que, por cierto, muchos parecen ignorar pese a la importancia y trascendencia históricas que tiene mientras se entretienen en buscar pretextos o en fabricarle escándalos a su favorito para hacerle publicidad no se sabe si gratuita o interesadamente.   

 

Hasta hemos tenido que leer ayer mismo sobre una actuación meramente buena del favorecido que se habían roto todos los esquemas o los sistemas, y no sé cuantas memeces más cuando el único que los ha roto con hechos, no con dichos, es este todavía joven aunque ya maduro caballero llamado Enrique Ponce Martínez, natural de Chiva, Valencia, España ¿O no? Y ayer otra vez en una demostración más de su naturalísimo y obviamente fácil magisterio con dos toros nada del otro mundo  – por cierto, bastante mejor presentados que los del día anterior – con los que, si no hubiera molestado tanto el viento, habría estado todavía mejor de lo que estuvo. Estético, he leído también. ¿Es-té-ti-co?, ¿solamente estético? ¡Hombre, por favor¡ Y es que ya no saben como desmerecer a Ponce para que el gladiador no se sienta ofendido.

 

Pero bueno. Dejémosles disfrutar con su señorito mientras nosotros seguimos disfrutando con Enrique Ponce – llevamos veinte años seguidos con las mismas o parecidas historias – y que cada cual haga sus cuentas. Las de Ponce no hay quien las iguale. Lo de ayer con los dos “juanpedros” fue otro dechado de temple y de elegante a más de creciente armonía precedidas de sendas lidias absolutamente perfectas, que también gracias a ello logró lo que logró. Más bonita y completa la faena del primer toro – el mejor de los dos pese a su sosería – en la que, de menos a más, terminó dibujando pases de todas las marcas como quien borda sobre seda un mantón de Manila.

 

La más meritoria e importante del cuarto, un toro con casi 600 kilos, primero e increíblemente breve en su habilísimo corregir los defectos porque el animal empezó embistiendo con genio por el lado derecho, brutalmente rebrincado y quien no se diera cuenta de ello es que es muy mal aficionado. Fueron las manos de Ponce las que lo convirtieron en dulce como la miel hasta agotarla para cuajar otra faena marca de la casa que, por pinchar antes de agarrar la estocada, no obtuvo el doble premio que ya le había quitado el palco tras liquidar al primero. Porque si lo que hizo al que abrió el festejo lo hubiera hecho en cuarto lugar, ¿hay alguien que dude le habrían dado las dos orejas? Aunque, ¿qué le importará a estas alturas a Ponce una oreja de más o de menos?

 

A quienes sí les debió importar más cortarlas fue a Manzanares y a Cayetano como era su obligación porque están con la yerba en la boca y hay que salir a por todas. Pero a Manzanares le molestó tanto el viento en su primer toro que no halló modo ni manera de centrarse ni de decidirse como lo hubiera hecho en mejores circunstancias. Y con el flojísimo quinto peor porque se eternizó en intentar darle pases sin posibles respuestas. Menos mal que mató de maravilla a los dos, sobre todo al tambaleante segundo al hilo de las tablas.

 

Y Cayetano, ayer como otras veces en zombi profesional con el noblote y flojo tercero al que también mató con valentía y eficacia, protagonizó el suceso que más van a aprovechar los medios del morbo, y los que no deberían también, para seguir con el desmesurado tema de la Medalla de las Bellas Artes. Brindó Cayetano la faena al sexto a su hermano Francisco que estaba en el callejón y, mal colocado pero dispuesto a morir, se dejó matar con la muleta.

 

Lo que no sucedió de puro milagro en una cogida espeluznante que de seguro dará la vuelta al mundo. Con la ayuda de su hermano que saltó raudo para hacerle el quite y repuesto aunque con la ropa destrozada, siguió Cayetano en parecida guisa, a merced de su incierto oponente, hasta matar pronto y recibir una oreja como emotivo premio al derroche de raza que le echó para defender a Francisco y, de paso, el honor de su familia mancillado. Allí estaba Paco Camino, uno de los dos implicados en la afrenta, imagino que temblando y arrepentido. Temí lo peor. Hubiera sido terrible, sobre todo para él. Pero, afortunadamente, todo quedó en el susto.                      

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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