Mirando atrás: La primera Feria de Abril de la historia

El 25 de agosto de 1846, los célebres próceres José María Ybarra y Narciso Bonaplata habían conseguido la aprobación del consejo municipal de Sevilla para celebrar una feria en primavera. Las fechas quedaron fijadas en los días  18, 19 y 20 de abril del siguiente año. Y así, en 1847 se instalan en los predios del Prado de San Sebastián, extramuros de la ciudad, muy cerca de la perdida puerta de San Fernando, las primeras casetas para los chalanes y tratantes que acudían con sus bestias al reclamo de una incipiente fiesta que, al cabo de los años, más de siglo y medio, y después de pasar por el meandro desecado de Los Gordales, se prepara para un futuro traslado que aún no conoce su escenario definitivo.

 

Pero no podía existir fiesta sin toros aunque sólo hubo una corrida en aquella primera Feria de Abril. Se celebró el día 18, y sin poder atisbar lo que supondría después, ponía la primera piedra de una de las ferias fundamentales del calendario taurino. El sevillano Juan Lucas Blanco y el gaditano Manuel Díaz ‘Lavi’ fueron los encargados de despachar los seis toros de Taviel de Andrade y los dos de Francisco Arjona que se encerraron para la ocasión. De paso, casi sin saberlo, estos espadas casi olvidados entraban en la historia como los primeros matadores de toros que actuaban en la trascendental Feria de Abril de Sevilla, la misma que se prologó con la corrida del pasado Domingo de Resurrección que muy poco tuvo que ver con aquella tarde oscura, perdida en la memoria, en la que dos diestros sin suerte iniciaron una de las  más hermosas tradiciones festivas de la ciudad de Sevilla.

 

Merece la pena detenerse en la vida novelesca de aquellos matadores de la España romántica. Juan Lucas Blanco era hijo del también matador Manuel Lucas Blanco, hombre bragado y de fuertes convicciones políticas, que murió ejecutado en el garrote vil después de asesinar a un miliciano isabelino -eran años convulsos en España- en la madrileña calle de Fuencarral. No le fue a la zaga en infortunios su hijo Juan, cuya estrella declinante, lacerada a cornadas, se arrastra por los ruedos de España empapada en vino hasta desaparecer definitivamente de los carteles. En marzo de 1867, muere en la más absoluta de las miserias en el Hospital de las Cinco Llagas de Sevilla.

 

Tampoco tiene que envidiar en el capítulo del anecdotario el diestro gitano Manuel Díaz ‘Lavi’, al que el tratadista Sánchez de Neyra llegó a calificar como “el payaso del toreo”. Lo que está claro que el gaditano debió ser todo un personaje aunque algo alejado de lo que por entonces se debían considerar cánones de la Tauromaquia. Hombre prematuramente obeso y rebosante de simpatía, cubrió el último tramo de su carrera actuando en ruedos americanos. En noviembre de 1858 es contratado para actuar en Lima, ciudad a la que acude con su familia sin saber que nunca llegaría a cumplir su compromiso profesional. Una extraña dolencia le hace aplazar el festejo que, finalmente, no llegaría a torear. Sin reponerse de la enfermedad fallece el 9 de diciembre de aquel mismo año en la capital de Perú.

 

Curiosamente, aquel cartel fundacional lo completaba, en calidad de medio espada, el también sevillano Manuel Trigo, hombre flamenco y de apasionante historia que acabó sus días apuñalado en una taberna por un puñado de bandoleros cuando andaba de copas con otro torero de leyenda: Manuel Domínguez ‘Desperdicios’. No deja de ser curioso el poco fuste de un cartel histórico en unos años, en plena mitad del siglo XIX, en los que las primeras figuras del toreo eran el madrileño-sevillano Curro Cúchares y el gaditano José Redondo ‘Chiclanero’. Los ruedos asistían a una transición desde los tiempos de Paquiro, primer gran organizador de la fiesta, al primer clasicismo encarnado por Lagartijo y Frascuelo que llena el panorama taurino del último cuarto del XIX.

 

Pero el aguafuerte costumbrista que retrata a los protagonistas de aquella corrida fundacional no estaría completo sin hacer un viaje en el tiempo al escenario en el que se desarrolló aquella lidia decimonónica protagonizada por diestros patilludos. En 1847 la plaza de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla aún no había completado el cerramiento completo de sus tendidos -casi la mitad de la plaza era de madera- y mucho menos aún se había concluido la airosa arquería que sostiene la cubierta de las gradas, permitiendo una fabulosa perspectiva de la Giralda y las naves catedralicias, que literalmente se asomaban al inmenso y negruzco ruedo de tierra del río. Sólo dos años antes de esta primera Feria de Abril, en 1845, la Real Maestranza había decidido reanudar las obras para completar la obra del Real Coso, que en esos años fundamentales empieza a acercarse a su definitiva fisonomía, magistralmente renovada después bajo el influjo regionalista de Aníbal González. Para completar la estampa convendría recordar que muy cerca de la Puerta del Príncipe se encontraba aún el arranque del Puente de Barcas, que sería sustituido un lustro después por el Puente de Isabel II, el mismo que ha llegado con profundas reformas hasta nuestros días.

 

Queden también para la historia los nombres de los primeros empresarios de esta feria fundacional, José Berro y José Calderón, que en aquellos años -hace más de siglo y medio- se rascaban del bolsillo 95.000 reales por temporada, los mismos que tenían que abonar a los caballeros maestrantes del Real Cuerpo.

 

 

A. R. del Moral

A. R. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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