Bayona (Francia). Importante aunque fugaz regreso de Víctor Mendes y oreja para El Juli y Manzanares que perdió otras dos con la espada

 

Plaza de toros de Bayona. 15 de agosto de 2008. Tarde muy nublada con intensos chaparrones previos a la celebración del festejo y uno tremendo a poco de iniciarse, lo que dejó el ruedo en mal estado pese a lo mucho que se intentó remediarlo. Lleno. Seis toros de “La Reina y el Tajo”, propiedad de José Miguel Arroyo, bien aunque desigualmente presentados con algunos francamente serios. Dieron juego asimismo variado en tres y tres con el denominador común de la fuerza y la mucha casta que tuvieron aunque los lidiados en segundo, cuarto y sexto lugares lo que tuvieron fue genio. Sobre todo el segundo que, además, resultó imposible por muy peligroso desde que salió. Víctor Mendes (burdeos y oro): Tres pinchazos, un cuarto hondo y descabello, gran ovación. Pinchazo, otros dos hondos y tres descabellos, vuelta al ruedo. El Juli (marino y oro): Cinco pinchazos y media estocada algo atravesada, pitos. Media estocada y dos descabellos, oreja. José María Manzanares (amapola y oro): Accidental metisaca en los bajos de rápidos efectos, ovación. Pinchazo y casi entera desprendida, oreja.      

 

Los 15 de agosto de cada temporada hay que estar en Bayona con todos los respetos para la infinidad de festejos que se celebran en las demás plazas de España y de Francia en este día de la Virgen. Por eso dejé yo San Sebastián a donde vuelvo hoy. No solo para ver la corrida de toros de la capital vasco francesa, también para asistir al almuerzo previo en el patio de caballos que da el ayuntamiento con su alcalde, Jean Grenet, a la cabeza del ofrecimiento, Olivier Baratchart como maestro de ceremonias y, que nadie dude, es la comida taurina más entrañable y divertida de toda la temporada. Puede que las haya más lujosas y solemnes, como las de Bilbao en el gran comedor de Vista Alegre, o la siempre agradable de los médicos en la enfermería de este mismo coso, pero sobre todo la del 15 de agosto en Bayona, cada año que pasa resulta más y más reconfortante.

 

Ayer, además, me llevé la sorpresa del precioso poema que me dedicó el famoso peón de Sanlúcar de Barrameda, Pedrín Sevilla, – que aquí vive casado con una mujer de estas tierras – a propósito de lo que sobre un gran par de banderillas que puso hace muchos años en Bilbao escribí en una crónica y que, sobre él, decía “era la única manzanilla que no se remontaba en el norte”. Ayer tampoco se remontó Pedrín porque, luego de recitarlo entre ovaciones, se arrancó con unos fandangos a capella que nos pusieron los vellos de punta. Y, a continuación, intervino un grupo de la zona para cantarnos Hegoak, de lo más profundo del País Vasco, seguida de otra española, Santa Bárbara, que coreamos todos hasta casi llorar de emoción. Particularmente, la mesa en donde yo estaba sentado no tuvo desperdicio en cuanto a los que en esta “Capilla Sixtina del toreo” estuvimos ayer en amor y compaña: Barquerito, José Miguel Ibernia, Marc Lavie, Robert Weldon que vino desde New York, Guillaume Garcés, Henri Tilhgt e Yves Ugalde. Todos estuvieron sembraos y hubo comentarios para dar y tomar. Hasta para escribir una novela. ¡Qué lujo¡.

 

Y a tono con la comida, la corrida. Porque si en la mesa, además de emoción hubo que echarle casta con unos chuletones de buey y unos magnun de vino de Burdeos que no se los saltaba un gitano, en el ruedo también vivimos la emoción del homenaje que se le rindió a Víctor Mendes que celebró sus 50 años vistiéndose de luces para matar un par de toros, solo que éstos sacaron más picante de lo previsto y al encastado almuerzo se añadió uno de los encierros más encastados del año. Algo que incomodó a los toreros, principalmente a El Juli, a quien correspondió un segundo toro que hasta pareció estar toreado y con el que el madrileño pasó más apuros que jamás le habíamos visto en su vida.

 

Nos sorprendió e impresionó aún más para empezar la tarde, que Víctor Mendes estuviera como estuvo de bien. Porque señores, a la edad que ya tiene, tan firme y capaz como anduvo con el capote, las banderillas y la muleta frente al primer astado, solamente se puede estando muy preparado. Tanto que más de uno pensó en una reaparición aunque, luego, con la espada vimos que no hay nada que pensar al respecto y aún con mayor certeza quedó claro porque si Victor no se hubiera preparado tanto para el caso, el cuarto toro le habría dado un serio disgusto. Por fortuna no fue así, supo librarse, y además hizo honor al brindis que les hizo a El Juli y a Manzanares metiendo al toro de la muleta al final del trasteo por los dos pitones con no poco mérito.             

 

El Juli se sacó la espina con el cuarto al que toreó con la autoridad y el poderío que acostumbra el maestro – tampoco fue fácil aunque sí posible este toro – y José María Manzanares bordó el toreo con los dos – cada día que pasa sus muletazos parecen más esculturales y majestuoso su estilo – sobre todo con el tercero al que cuajó un faenón que hubiera sido premiado con dos orejas si no hubiere matado de un infamante aunque involuntario metisaca porque se resbaló, el toro se abrió en el embroque y allá se fue la espada. Una pena. José Mari se enfadó una barbaridad por el contratiempo aunque luego, con el sexto, también se sacó la espina como El Juli cortando otra oreja.

 

Pero este último toro no fue tan bueno o al menos tan agradable como el tercero. Fortísimo y violento, le pegó dos caídas seguidas al gran picador  José Antonio Barroso, digno hijo de su inolvidable padre, y tuvo mucho que torear. De nuevo, sereno, tranquilo y como siempre, elegante, Manzanares volvió a darnos otro recital de su escultural sentido del toreo. Está esté “niño” que no se puede aguantar aunque con la espada, últimamente no esté tan fino ni certero como acostumbra. Veremos hoy qué pasa en San Sebastián.      

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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