Albacete. En plena forma Ponce y cogida de Tendero en la corrida de Asprona

Enrique Ponce acaba de reaparecer como quien dice tras casi un mes inactivo en los ruedos aunque, según dicen, sin parar de torear en privado. Fresco como una lechuga recién cortada, lleva tres corridas seguidas en las que ha cosechado un indulto y diez orejas, mas el rabo simbólico del toro que perdonó en Plasencia. Anteayer pudimos comprobarlo en Jetafe y ayer en Albacete donde se acarteló con José María Manzanares y Miguel Tendero tras la feliz alternativa de éste en Las Ventas por suspensión de la corrida en la que el mismo Ponce le hubiera doctorado en Nimes.

 

En el triunfal festejo de Asprona que, hasta la salida del sexto, había carecido de importancia por la extrema debilidad y el escaso trapío de las reses de Sorando, sobresalió la maestría de gran torero de Chiva, capaz de inventarse tres faenas a base de templar como quien lava. Las dos primeras sin dejar que los torillos se le cayeran una sola vez mientras los toreó a placer, sobre todo al cuarto, y la del muy alto, cuajado y complicadísmo sexto en una apabullante demostración de ciencia y poderío.

 

El sorpresivo torazo no tuvo nada que ver con los anteriores por bastante mayor volumen y más duro comportamiento. El muy alto animal salió con muchos pies y arrolló de lleno a Tendero, dispuesto a responder a sus colegas para no quedarse atrás en número de trofeos cortados porque el que le habían dado del tercero lo consiguió muy cariñosamente pese a pinchar dos veces antes de agarrar la estocada definitiva. La presidencia había atendido los deseos del alegre público y el nuevo matador se estiró a la verónica sin probar antes al toro que se fue al pecho y lo derribó violentamente al intentar el segundo lance para, de inmediato, recogerlo en el suelo en sucesivos acosos que terminaron en cornada muy extensa en el brazo derecho. Sangrando abundantemente mientras le llevaban a la enfermería, Tendero hizo señas a Ponce para que le esperaran en su intención de volver a la arena pero fue imposible. El valenciano ya se había hecho cargo de la lidia y, aunque algunos espectadores se lo reprocharon, no cabía otra cosa que hacer. Una vez picado el toro por Antonio Saavedra, desde el callejón avisaron a Ponce de que Tendero no podía seguir y el valenciano continuó aplicado como acostumbra cuando tiene delante un toro con serios problemas. Fue el momento culminante de la corrida.

 

La faena del Ponce fue un dechado de valor, ciencia, temple y arte. Hasta pareció mentira verle tan seguro y consciente pese al riesgo que corrió en varios pasajes del trasteo cada vez que el toro se le iba al cuerpo revuelto con saña con los pitones por las nubes mientras Ponce le iba corrigiendo los defectos sin descomponer nunca el singular trazo de sus muletazos, algunos inverosímiles. La estocada fue perfecta y de rápidos efectos por lo que se le pidieron las dos orejas insistentemente. Pero el presidente solo concedió una pese a la enorme diferencia entre lo acontecido antes y lo que acababa de pasar. Quizá fue para no molestar al paisano herido, lo mismo que Ponce cuando advirtió a los que le aguardaban para sacarle a hombros de que no lo hiciera en gesto que le honra.              

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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