La jaca tuerta

Le llamaban Desperdicios porque cuando un toro le sacó un ojo, estoicamente se lo arrancó diciendo: “Esto son desperdicios”, y después siguió toreando tan ricamente… Esto cuenta la leyenda de Manuel Domínguez de Campos, pero la leyenda, como casi todas, es falsa. Pero encajaba a las mil maravillas con la bravura indómita de aquel hombre. La leyenda se basa en el hecho cierto de que, el día uno de junio de 1857, un toro de Concha y Sierra llamado “Barrabás”, le sacó un ojo en la plaza del Puerto de Santa María. Sin una mueca de dolor, Desperdicios acabó de desprender el ojo que colgaba; sacó su pañuelo, se tapó la cuenca ya vacía, y fue por su propio pié a la enfermería. A los tres meses volvió a torear en Málaga y, para su reaparición, exigió toros de Concha y Sierra, el mismo hierro de aquel barrabás que lo había dejado tuerto. Y volvió a los ruedos tal cual, con la misma valentía que de costumbre.

Pero su apodo, Desperdicios, es muy anterior de todo esto, se lo puso el mismísimo Pedro Romero quien, alabando la valentía del mozo, exclamó: “Este muchacho no tiene desperdicio”. Y como Desperdicios quedó para los restos, aunque Manuel Domínguez nunca consintió que, en los carteles, lo anunciaran con tal mote. Claro que como lo llamaba Cúchares era peor: le decía “la jaca tuerta”. Y este mote despectivo hizo fortuna entre sus detractores, pero dudo mucho de que nadie osara llamárselo a la cara. Conociendo los redaños del señor Manuel Domínguez, era jugarse la vida. Literalmente.

La biografía de Desperdicios es digna de una novela de Dickens. Había nacido en Gelves ( Sevilla) el 27 de febrero de 1816. Era, pues, paisano del inolvidable Joselito. Según palabras del propio Desperdicios, su padre era “labrador de corta escala”. No llegó a conocerlo, pues murió un mes antes de que naciera nuestro hombre. Se hizo cargo de él un tío suyo, clérigo, que lo metió en el colegio de los jesuitas de Sevilla. Manuel sabía leer y escribir con soltura, pero aquello no le gustaba, era mal alumno. Los latines no se avenían con el carácter indómito y aventurero del muchacho, y se puso a trabajar en una sombrerería de la que se escapaba para ir a torear al matadero de San Bernardo.

Asiste a las lecciones que Pedro Romero imparte en la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla, y empieza a salir de banderillero en la cuadrillas de Juan León y el Sombrerero. En 1836 ya mata como primer espada en Zafra… Y entonces se cruzó en su vida  Clarita, la Viuda.

Clarita, la Viuda, era hembra de rompe y rasga, de voluptuosas curvas, que ejercía de carnicera en la Puerta de la Carne. Muchos pretendientes tenía la moza. Realmente no se sabe bien lo que pasó. Lo que sí se sabe es que se perdieron unos navajazos en el cuerpo del hermano de la tal Clarita. Navajazos letales que le llevaron a la muerte. Inocente o culpable, no lo sabemos, Manuel Domínguez tuvo que poner tierra de por medio, se embarcó en la fragata “Eolo” y acabó en Montevideo. Y por allí estuvo durante diez y seis años.

Lo poco que sabemos de sus andanzas por América es lo que él mismo contó en dos cartas dirigidas a Luis Carmena y Millán y escritas en 1875. Cuando Manuel estaba toreando con buen éxito en la Capital del Uruguay, estalló en el país una de tantas guerras civiles. Y Desperdicios fue enrolado a la fuerza en el bando del General Rivera. Destacó pronto por su heroísmo. Pero Rivera perdió la guerra. Cuando los triunfadores degollaban a mansalva a los soldados derrotados, Desperdicios logró escapar. Se fue a Argentina, donde desempeñó muchos oficios, pero ninguno de ellos recomendables: capataz en los mataderos industriales de La Francesa; capataz negrero; exterminador de indios durante la turbulenta dictadura del General Rosas, y contrabandista en el Puerto de Buenos Aires. En todos estos trabajos destacó por su carácter, poniendo orden entre jaques y gentes de mala vida. Todos le temían y respetaban… Y entre pendencia y pendencia, tuvo tiempo de acudir a Brasil para torear en la corrida de la Coronación del Emperador Pedro II, en 1840. Gustó mucho y fue muy agasajado.

En 1852 regresó a España, y llegó a Cádiz a bordo de la fragata “Amalia”, decidido a ocupar en el toreo el puesto que las turbulencias de la vida le habían negado. Fue a visitar a Cúchares, al que conocía desde los tiempos de la Escuela de Sevilla. Fue a pedir una ayuda que Cúchares le negó. “Torea en los pueblos”, le espetó desdeñosamente. Nadie daba un duro por él. Cúchares era el dueño y señor del toreo y lo que privaba era su estilo alegre y pinturero, nada que ver con el quehacer tosco y desmañado de Desperdicios. Pero nuestro héroe no se arredró, y cuando logró salir a la plaza de Sevilla, lo hizo con tal temeridad, que rápidamente se ganó el favor del público. Su fuerte era matar a recibir, tal y como había aprendido de Pedro Romero. Su fama en Andalucía creció como la espuma, y se convirtió en un ídolo popular.

Pero nunca gustó en Madrid, donde toreó por primera vez en 1853. Solo sumó diez y seis tardes en la Capital. Y los sanedrines de la crítica lo despreciaron por tosco y torpe. Estaba cosido a cornadas. La prueba máxima de su impavidez fue la Feria de Sevilla de 1858. Ya estaba tuerto, pues el año antes le había sacado el ojo el Concha y Sierra. Y en aquella Feria tuvo que enfrentarse al Tato, un guapo doncel sevillano mucho más joven que él, que era el ojito derecho de las sevillanas. Era el niño mimado de la afición y traía fama de valiente. Pues bien. Desperdicios, ya cuarentón, torpe, tuerto y tripudo, pudo con él. Y todo a base agallas.

Desperdicios nunca se retiró. Simplemente, conforme iban declinando sus facultades, las empresas dejaron de llamarle. Ya sesentón se ofreció para torear en la corrida de la Jura de Alfonso XII. Su ofrecimiento fue desestimado. Muy dignamente se negó a aceptar un homenaje benéfico en sus últimos años. “Tengo lo suficiente para comer”, dijo. En sus últimos años fue todo un patriarca, y a su casa sevillana acudían todos en busca de consejo. La opinión de aquél hombre, que tanto había visto y vivido, era apreciadísima por sabia y prudente.. Cuando murió en Sevilla, el seis de Abril de 1886, a los setenta años, todo el toreo acompañó el entierro.

Ahora ya nadie sabe quien fue Desperdicios, pero durante muchos años fue uno de los referentes de la cultura popular andaluza.    Pero desde el punto de vista taurino, ¿quién fue Despedicios? Todos lo que lo vieron cantan su valor y sus buenas estocadas recibiendo, pero deploran sus maneras toscas y su falta de ligereza. Cossío piensa que es un heredero legítimo de Pedro Romero, y yo  apunto que en esta herencia también hay que incluir a Chiclamero. A ambos dos parece que las florituras no les importaban en absoluto, y lo suyo era recibir los toros a pie firme y sin quitarse.Desperdicios, por tanto, ha pasado a la historia como un gran estoqueador y poco más. Pero tengo la impresión de que fue bastante más, y que, si sus contemporáneos no lo supieron apreciar, fue debido a que estaban deslumbrados por la gracia innovadora de Cúchares. Con sus anchas espaldas y su vientre voluminoso, era imposible que Manuel Domínguez fuera gracioso. Pero tuvo también una faceta innovadora, bastante ignorada por los tratadistas, pero muy decisiva en el devenir del toreo: aparte de inventar el farol, es el primero que torea de rodillas, suerte utilizada después por todos los valentones habidos y por haber. Y ¡atención!: es el primero que cita de perfil. Este cite lo empleará Lagartijo y, aunque muy censurado por aquel entonces, el cite de perfil será esencial para ligar el toreo muchos años después.

Por tanto, aparte de su novelesca vida, este Manuel Domínguez tuvo que ser mucho mejor torero de lo que dicen y, desde luego, en el recargado y churrigueresco retablo del toreo, es uno de mis santos favoritos.

1 Resultado

  1. Aquilino Sánchez Nodal dice:

    Excelente el estudio sobre Manuel Domínguez. Hace algunos años escribí un artículo para una publicación taurina. Por estar más limitado el espacio no incluí su biografía pero también, quedó la mar de interesante.

    UN GRAN TIPO ESE MANUEL DOMÍNGUEZ
    Por mal nombre, “Desperdicios” y peor todavía, “La Jaca Tuerta”

    Con frecuencia, la vida de los artistas, es paralela en lo privado y en su parte pública, en este torero sevillano, se juntan desde el principio para no separarse hasta su muerte. Manuel Domínguez y Campos, nace en Gelves el 27 de Febrero de 1.816. Malo es el apodo de “Desperdicios”, que la “cotillería” taurina ha poetizado como acto de valor. El origen de tan extraño alias es atribuido a Pedro Romero, director de la Escuela Taurina de Sevilla en la que, Manuel Domínguez era alumno. Romero advirtió el talento taurino en aquel chiquillo, todo lo que hacía era en torero. Con diez años mata su primer becerro, pesó 20 arrobas largas, (225 Kg a la canal). El torerillo era aprovechable. –“Este muchacho no tié desperdicios” – adelantó el Maestro. Cerrada la Escuela sevillana, Manuel se ajusta en banderillero. Llega a medio espada en poco tiempo, a las ordenes de Juan León.
    El segundo apodo se lo “colocan”, a modo de castigo e insulto, de manera violenta y por venganza, los seguidores de Antonio Sánchez “El Tato”, del barrio de San Bernardo por ganarle a su ídolo todas las partidas en que se enfrentaron en la plaza, “La Jaca Tuerta”, fue a partir de haberse dejado, en un pitón de “Barrabás”, su ojo derecho. Estos calificativos no iban con el carácter del yerno de “Cúchares”, no lo daba la menor importancia por la diferencia económica, a su favor, en los contratos.
    “Desperdicios”, fue como torero y como persona uno de los tipos más interesantes de la Fiesta en el Siglo XIX. El último torero en practicar, exclusivamente, la suerte de matar “de recibir a terreno cambiado”. En nuestro tiempo esta suerte no dice nada pero en aquellos años era una hazaña mitológica. La forma interpretada por la mayoría de toreros, para facilitar la suerte, en toros mansos, era la aportada por Joaquín Rodríguez “Costillares”, a vuela pie. Rafael Molina, Salvador Sánchez y Rafael Guerra eran, de los pocos que, a veces, mataban a la antigua.
    Manuel Domínguez llegó muy tarde al toro. Durante muchos años vivió en América. Se hizo rico, se dedicó a la política y creó empresas con las que perdió todo lo ganado. En la Pampa Argentina construyó un saladero de carne para la exportación. Aquella era tierra de fanfarrones y matones de boquilla que conocieron bien el valor frío con el que, el sevillano, mataba toros embravecidos. Se hizo militar en la República de Uruguay en 1.836 hasta 1.852 que dejó el ejercito. Participó en varias corridas en Río de Janeiro. Fue guajiro en Buenos Aires. Mayoral de negrada. Jefe en la lucha contra los indios feroces. Por último, traficante y comerciante. Obligado a repatriarse por la caridad del Presidente señor Rosas, que le perdonó la vida. De vuelta en Sevilla visita a “Cúchares” para pedirle ayuda pero le recibe de mala manera y decide buscarse la vida. Con ayuda de su estoque y su eficacia en la suerte suprema, logra alternar con los mejores matadores de la época. Los aficionados le declaran vencedor de todos, excepto de Rafael Molina “Lagartijo”, con el que no pudo ya que, el cordobés, como él, se iba detrás del acero con rectitud sorprendente. Peña y Goñi, cronista feroz e intransigente, ferviente “frascuelista” dijo, -“Rafael Molina, “Lagartijo”, a la hora de matar es invulnerable”.
    “Desperdicios” no aportó nada a la Fiesta. Con él termina el toreo heroico y comienza el artístico del Primer Califa.
    En el Puerto de Santa María, un toro de Concha y Sierra, con nombre de ladrón, “Barrabás”, le hirió tan grave que echó, fuera de la órbita, su ojo derecho. Esto fue la causa de que sufriera frecuentes cogidas a partir de aquella cornada. Para su reaparición en la plaza de toros de Málaga, exigió que la ganadería en aquella tarde fuera la de Concha y Sierra.
    Anécdota: Plaza de toros de Sevilla, un toro de Saavedra, el 25 de Septiembre de 1.853, derriba al picador “El Coriano”, hiere al caballo y al piquero, “Desperdicios” había perdido el capote en el intento de cortar la embestida, sin pensárselo, se agarra a la cabeza del toraco; aguanta las tarascadas y los derrotes hasta que ve salvado al picador camino de la enfermería.
    Manuel Domínguez frecuenta los saraos y tabernas de Sevilla relatando sus éxitos y peripecias por tierras americanas. En una tertulia, en el colmao “El Gallo de Triana”, rodeado, como siempre, de un grupo de oyentes, una bella y brava mujer morena, en silencio irrumpe en el local y al orador le propina dos sonoras bofetadas en sus “patilludas” mejillas que sorprenden a los concurrentes y en especial al torero. En silencio precipitado abandona el lugar lanzando una mirada de desprecio.
    -“Cuidado ¿eh? …. – susurró Manuel. ¡Mucho cuidado!- bramó … Haber lo que pensáis porque esa mujer es la única que no paga con la vida lo que habéis visto”. Y tras un copazo reparador “Desperdicios” continúa:
    – “Aquella mala tarde del 1 de Junio de 1.857 en la que dejé, solo, con seis “alimañas” de Concha y Sierra a mi amigo Antonio Sánchez, “El Tato”, porque a mí, antes, un barrabás me había dejado el ojo derecho en aquella sangrienta arena del Puerto”.

    Aquilino Sánchez Nodal.

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