LXV Aniversario de La México. Entre el escándalo y el éxtasis

Con la enorme plaza prácticamente llena, Enrique Ponce y Sebastián Castella salieron a hombros al final de un interminable y muy enredoso festejo en el que saltaron al ruedo once toros de cuatro ganaderías entre titulares (Julio Delgado y Teófilo Gómez), sobreros y regalos (Garfias y Campo Real), presentados en indecorosa escalera, impuro saldo, y en su mayoría muy deslucidos salvo el de Garfias que hizo décimo, regalo del francés y, por cierto, el  único realmente bueno de la tarde-noche del que cortó dos orejas tras una superior y magna gran faena marca de la casa y negarse a indultarlo como le pidieron. Hizo bien Castella porque el toro no merecía el perdón y porque con sus otros dos enemigos nada pudo hacer por absolutamente inválidos. Pese a pinchar una vez antes de agarrar la estocada, Ponce cortó la oreja del primero, en sus manos el aparentemente más potable de su lote, y otra del ínfimo sobrero de Campo Real que regaló tras sendas obras de su exclusivo virtuosismo técnico e inaudita belleza, dadas las mínimas posibilidades que exhibieron ambas reses. Pero entre una y otra faenas, el valenciano tuvo que ver cómo, inexplicablemente, le echaban al corral a su segundo toro y luego sufrir las iras del respetable con el indecoroso sobrero de Garfias al que solo pudo matar porque no tuvo un pase. La corrida transcurrió así entre el escándalo y el éxtasis. Ello aparte las exageradamente celebradas intervenciones de los espadas aztecas Zotuloco, tan vulgar y ventajista como siempre, y El Zapata a quien sus paisanos y el usía regalaron la oreja del tercero por una labor de indescriptible por extrañísima traza. Y es que Zapata, más que mexicano, parece de Marte por sus estrafalarios hallazgos con capote, banderillas y muleta. Hábil en los cambios repentinos y veloces con capote y muleta, y en sorpresivos inventos banderilleros casi siempre al violín que no siempre le salen como quiere. Todo un caso o, mejor dicho, un mal caso de espectacularidad entre hilarante y asombrosa.

México D F. Plaza Monumental. 5 de febrero de 2011. Tarde nublada y, a veces, ventosa con casi lleno. Dos toros de Julio Delgado (primero y octavo), sin fuerza ni casta alguna. Cuatro de Teófilo Gómez (segundo, tercero, cuarto, quinto, sexto y séptimo, desigualmente presentados y muy deslucidos aunque nobles por su falta de fuerza y de raza. Por devolución del muy veleto y escurrido sexto, se corrió un indecoroso sobrero de Garfias de nulo juego. Y por regalo de Ponce y de Castella, un minúsculo sobrero de Campo Real, noble pero muy pronto rajado, y otro de Garfias, bien presentado, encastado y muy noble. Eulalio López Zotoluco (almirante y oro): Estocada trasera, silencio; media muy trasera tendida, silencio. Enrique Ponce (marino y oro): Pinchazo y estocada injustamente protestada por su sector del público; estocada casi entera tendida trasera, silencio; estocada desprendida, oreja. Uriel Moreno El Zapata (carmelita y oro): Pinchazo hondo trasero caído y descabello, oreja protestada; Pinchazo, otro hondo y dos descabellos, silencio. Sebastián Castella (carmesí y oro): Pinchazo y descabello, silencio; gran estocada, silencio. Media fulminante, dos orejas.  Ponce y Castella salieron a hombros.

En esta desde hace 16 años emblemática corrida del Aniversario de la Plaza México, casi siempre suceden cosas insólitas, tanto para bien como para mal, Y ello, además de su larguísima duración por la estúpida ley que obliga a que cuando aquí actúan toreros extranjeros, los locales tienen que ser parejos en número. Si por lo menos los mexicanos fueran buenos, la cosa podría aguantarse. Pero es que como la inmensa mayoría de los actuales diestros aztecas son una calamidad, cada año tenemos que tragarnos estos espectáculos sin sentido ni medida.

Como muchos aficionados y la mayoría de la crítica azteca continúan empeñados en considerar a los suyos como figuras sin serlo, les premian y tratan cual fenómenos con lo que, cuanto de bueno hacen los españoles a menudo, queda totalmente desvirtuado. Carecen de vergüenza,  de dignidad y mienten cual bellacos. Así ocurrió el pasado domingo con Zotoluco y El Juli, y anteayer con Castella, Ponce y El Zapata. Increíble, sobre todo, que los mismos que niegan el pan y la sal a Ponce, les pasen todo a sus toreritos de hojalata baratucha. Lean la prensa del D F y seguro que, si vieron la corrida, quedarán patidifusos.

Y es que, los que asistimos a tales desaguisados desde el sentido común, contemplamos atónitos que se jalee y se premie con iguales olés, trofeos y adjetivos lo sublime y lo zafio, lo bien hecho y lo pésimamente realizado en detrimento de los foráneos y en beneficio de los locales. Grave equivocación que, de seguir así, puede terminar con el famoso prestigio y con la no menos reconocida categoría de la plaza. De tal modo, suele ocurrir como en el festejo que nos ocupa: que más parece una astracanada que una corrida de toros normal.

Claro que, también los nuestros y sus administradores tienen gran parte de culpa porque, en vez de comparecer con ganado bien presentado, fuerte y bravo, lo vienen haciendo con reses de nulo trapío, muy poca fuerza e ínfima casta por su obsesión de torear bonitamente sin más preocupaciones.  Y como la cuerda la están estirando tanto, sucede como ayer: que poco faltó para que la corrida terminara como el Rosario de la Aurora.  Y dicho esto para que conste en acta, centrémonos ahora en las partes que merecerán recordarse. Como, obviamente era de esperar, se debieron exclusivamente a Enrique Ponce y a Sebastián Castella.

El valenciano, pese a los muchos reventadores que tuvo que sufrir en su regreso a la corrida del 5 de febrero que es suya por derecho propio mal que algunos no lo quieran, continúa siendo el consentido de La México. Porque hay que ver, señores, qué dos faenas hizo con dos toros que, por sus mínimas cualidades, solo en sus manos lucieron como nadie podría imaginar. Mucho más larga la del segundo toro, primero de Teófilo Gomez, que la del que regaló de Campo Real porque se rajó enseguida y, pese a ello, lo bordó. Con ambos, Ponce extremó el temple hasta la infinita despaciosidad; la elegancia hasta la sencillez de los emperadores que llevan reinando décadas en todos sus países; la armonía hasta parecer un gran bailarín del más exquisito ballet que sabe administrar los tiempos cual reloj de precisión; y las distancias, las alturas más precisas y ese exclusivo sentido de la sutilidad que, por parecer tan fácil, no lo es precisamente por los dones que atesora: ni un tironazo, ni un solo momento de duda, ni una sola concesión a la galería. Impoluta perfección y absoluta fidelidad a su portentosa técnica que le permite torear a media altura como nadie lo ha logrado en tamaña dimensión. Eso fue, exactamente, lo que requerían sus dos toros lucibles. Gozaron sus muchos partidarios – la mayoría – en la misma medida que sufrieron sus enrabietados detractores que también los tiene en México como en España. Pues van dados. Hay Ponce para rato, aunque muchos no lo crean ni lo quieran.              

También lo hay para Sebastián Castella por su juventud y por sus nada despreciables méritos que ayer solo pudo exhibir con el magnífico toro que regaló de Garfias. Un gran toro, ciertamente, aunque no de indulto. Hizo muy bien Sebastián en matarlo porque lo que requería la ocasión era no solo el desquite por la pésima suerte que tuvo con sus dos toros anteriores, sino porque había que triunfar por partida doble y salir a hombros merecidamente junto al emperador.

Castella cuajó de cabo a rabo al toro de Garfias en su mejor versión de quietud, intensidad y temple, y consiguió que estallase la plaza como solo esta plaza sabe hacerlo cuando el toreo explota tan rotundamente. Viva la Francia taurina. Y, pese a todo, viva esta plaza México para siempre por capaz de asumir y de gozar el milagro que vivimos cuando pasamos del escándalo al éxtasis, de la pena  a la alegría, del dolor a la pasión.      

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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