Así están las cosas en la antesala de Sevilla

Además de la generalizada preocupación por la creciente crisis económica, los aficionados no cesan de quejarse de la poca fuerza y de la escasísima casta de la mayoría de las corridas que se llevan celebradas por ahora en España. Ni siquiera les sobraron ambas e imprescindibles condiciones a las mejores que hemos visto hasta la feria de Castellón. Por lo que respecta a los toreros, las posiciones de la primera fila continúan más o menos como estaban antes de comenzar la campaña. Únicamente avanzó enteros José María Manzanares, con notable diferencia autor de las mejores faenas en las dos primeras ferias importantes.

Vayamos con el toro como elemento primordial de la lidia y objeto de preocupante observación para los cada vez menos numerosos aficionados, asustados ante el panorama de la actual cabaña de bravo, ciertamente acuciada por lo mucho que cuesta hoy en día criar estos animales también desencantados por el pobre juego que están dando, a pesar de que tal y cual corrida salga a pedir boca para los toreros que, una veces no las aprovechan y las menos sí, consiguiendo el puntual entusiasmo de cuantos lo disfrutamos en la plaza aunque, luego de pasada la euforia y repasados los pormenores que la provocaron, nos damos cuenta de que incluso las mejores faenas de los toreros más capaces y/o más artistas del momento, no lo fueron tanto si atendemos a las características ad-límite de las reses objeto de tales obras por magníficas que parezcan en el momento de producirse.

Hace pocos días tuve la ocasión de ver dos DVD que en su día filmó un gran aficionado francés de la completa corrida de Pablo Romero con la que reapareció triunfalmente Antonio Ordóñez en Las Ventas en la feria de San Isidro de 1965, y de otra de ese mismo año en la feria de julio de Valencia en la que el mismo Ordóñez, Fermín Murillo y Paco Camino protagonizaron una tarde para el recuerdo con toros de Juan Pedro Domecq. Tanto los pabloromeros como los juanpedros de entones, abultaban menos de la mitad de los que actualmente se lidian de ambas divisas, pero en casta y en fuerza quintuplican a los actuales. Hasta el punto de que todos recibieron dos o incluso tres largos puyazos y algunos derribando al caballo como, por ejemplo, el cuarto de Juan Pedro que derribó estrepitosamente en los dos encuentros y llegó pujante y encastado además de noble a la muleta de Ordóñez, aquella tarde autor de uno de sus famosos faenones. Menos limpio ni perfecto visualmente que los que desde hace años suelen prodigar las máximas figuras actuales.

Siendo absolutamente cierto que cada vez se torea mejor y hasta grados increíbles entonces por quietud, temple, ligazón y auténticas virguerías, al ver una y otra vez las imágenes de aquellas corridas que, in situ, también nos entusiasmaron – yo vi ambas –, no lo es menos que el comportamiento de aquellos torillos de entonces proporcionaban infinitamente más emoción que los actuales. Por supuesto que regresar a aquello es una utopía. Pero no intentar que el toro recobre fuerza y casta, ahora alarmantemente escasas en pos de conseguir más y más nobleza. 

Claro que, lograrlo, iría en contra de la imperante ley del mínimo esfuerzo últimamente instalada por exigencia de los diestros más encopetados. Ley que desde siempre intentaron las figuras de todos los tiempos, pero no tanto como ahora y eso pesa para mal se pongan como se pongan cuantos defienden la actual situación.

Sabiendo a ciencia cierta que el toreo es un ejercicio peligrosísimo y que incluso cualquier día – Dios no lo quiera – uno de esos animales que tanto criticamos podría matar a un torero, también pensamos que el espectáculo baja mucho en interés con el ganado que en su mayoría se lidia actualmente.

Y eso incumbe, más que a los demás profesionales de La Fiesta, a los matadores que, salvo puntuales excepciones, forman la primera fila, casi todos desdeñosos de un ganado con el que, cada vez que se lo encuentran digamos accidentalmente – en cualquier corrida puede saltar uno o saltar un inesperado sobrero que puede ponerlos a prueba -, son capaces de superarse y de triunfar pero, salvo en contados casos, no lo quieren a la hora de firmar sus respectivos contratos.

Choca por ello que el plausible esfuerzo que las figuras han hecho este año en pos de que los políticos defiendan, promocionen y ayuden a mejorar La Fiesta y para unificarse, no se vea correspondido en mejorarla  y procurar la mayor autenticidad posible.

Así las cosas del toro, vayamos con las de los mejores toreros y de los que pueden serlo ¿Cómo están los principales en la antesala de la importantísima feria de Sevilla?

Empezando por los más veteranos y dejando aparte a Enrique Ponce quien, permaneciendo más que meritoriamente en activo tras sus 20 años en la cima, ya no entra en guerras después de todo hecho y superado en el toreo aunque en más de una ocasión se sienta en el trono, los que sí están compitiendo son Morante de la Puebla, El Juli, José María Manzanares, Sebastián Castella, Miguel Ángel Perera, El Cid, Alejandro Talavante y Daniel Luque.  Cada cual fiel a su respectivo estilo y según sus distintas circunstancias.      

El Juli, primerísima figura con todo derecho, continúa inmerso en el estado de gracia que viene disfrutando a la vez que, como siempre, en constante evolución. Singularidad que también le distingue porque ahora mismo está intentando repetir  en las plazas de España las excepcionales obras que logró en Lima y en México. Por ahora no lo ha conseguido pese a continuar a triunfo diario en lo que va de temporada, lo que desde luego se nota en su indeclinable propósito. En este aspecto radica, al menos para mí, su mayor atractivo.   

Morante de la Puebla también persiste en su admirable intento de persistir fiel a su insólita regularidad triunfal que, además de su genial arte, marca la etapa más prolífica de su ya larga carrera aunque abusando demasiado por lo que respecta a los toros que le eligen, sobre todo desde que forma parte de la administración del protegidísimo Cayetano, desgraciadamente cada vez menos capaz y más inútil, dicho sea de paso, en la necesidad de seguir toreando para que su caché como modelo no decaiga. Al respecto, cada vez que las demás figuras alternan con ambos, comparten la misma culpabilidad.

Incluyendo en ello a José María Manzanares que este año ha empezado su campaña por todo lo alto hasta el punto de haber sido capaz de eclipsar a sus más ilustres compañeros de terna en las tardes que también triunfaron con él. Este romper tan clamoroso de Manzanares, es por el momento el gran acontecimiento de la presente temporada. Si lo consiguiera en la misma medida en Sevilla y en Madrid, el año 2011 sería el de su definitiva consagración. 

Resisten en sus respectivas posiciones aunque por bajo de los mencionados, Sebastián Castella que deberá corregir más a favor de los toros la administración de sus faenas, Miguel Ángel Perera que a su vez debe concentrarse en lo mismo para proseguir con su escalada con más rotundidad, y El Cid que quizá sea al que más esfuerzo le esté costando mantener su lugar. Sevilla y Madrid van a ser vitales para conseguirlo.

Por su parte, Alejandro Talavante lleva tiempo afianzándose en cada vez mayor regularidad y olvidado su proverbial guadianismo tan solo paliado por su fatal espada. No así el más joven de los siete principales, Daniel Luque al que solo le falta serenar sus excesivos ímpetus para que surja del todo con más naturalidad y sosiego lo mucho que lleva dentro. A los restantes entre los que podrían ser y continúan muy distanciados, les iremos examinando en las dos cumbres feriales que nos aguardan. Esperamos que al menos en Sevilla y en Madrid, podamos hacerlo contando con la mayor presencia, esencia y potencia del ganado respecto a lo que se está viendo en las plazas de tercera. Puras nimiedades que no han pasado de simples entrenamientos vestidos de luces.                          

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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