Suspensión y rememoranza manzanarista

La séptima corrida de la Feria de Sevilla fue suspendida por lluvia al filo de las 6,30 de la tarde de ayer, hora de su comienzo. Los rejoneadores Pablo Hermoso de Mendoza, Diego Ventura y Leonardo Hernández quisieron hacer el paseíllo, pero la presidencia les advirtió de que, si el festejo comenzaba, se daría completo aunque cayera un diluvio. Hermoso adujo que sería imposible torear a caballo con el ruedo encharcado y todos decidieron suspender. Los tres jinetes preguntaron entonces a la empresa si la corrida quedada suspendida definitivamente o aplazada para una mañana de la feria. Y la empresa dijo que no, que quedaba suspendida sin remedio. El público abandonó la plaza algo contrariado, pero comprensivo, y a muchos no les importó. Aún guardaban en sus ojos los faenones de José María Manzanares y marcharon a sus casas para meditar sobre el portento.

Eso fue lo que hicimos casi todos porque resultaba inevitable. Cuando acontecen estas obras históricas no hay modo ni manera de olvidarlas como sucede con casi todas las corridas, sobre todo las que se amontonan consecutivamente en las grandes ferias. Pero la de anteayer con Manzanares, no. De ninguna manera. Por eso vino bien la suspensión y unas cuantas horas libres para poder rememorar lo sucedido durante y después del histórico acontecimiento.

Ante tamaño portento manzanarista, será lógico que los demás toreros, incluso los de primerísima fila, se pregunten en la intimidad, ¿y ahora qué hacemos? Pues arrear más si cabe de lo que vienen haciendo porque, de lo contrario, su estrella declinaría irremediablemente. Pero lo que no podrán adquirir es el don. Ese conjunto de cualidades estéticas y de sentimientos artísticos que solo Dios da al que le toca.

Otros toreros tocados por la varita mágica no han sido capaces de profesionalizar los dones con que nacieron y no han pasado de anécdotas más o menos importantes. Pero los que nacen con el don, incluido el de la valentía natural que es el principal sustento de los demás, y no se dan por entero pese al sacrificio y a las renuncias que suponen ser una gran figura, tarde o temprano terminan en el olvido. De ahí el gran mérito de José María Manzanares quien, lejos de conformarse con su arte, ha demostrado que es capaz de crecer y de crecer, incluso a pesar de los muchos contratiempos que ha padecido.

A su indudable sensibilidad, Manzanares añade una vocación y una ambición ilimitadas. Lo que determina el privilegiado porvenir que le aguarda si la suerte no se le vuelve completamente del revés.

Por todo ello, creo que no todo lo que se ha dicho y escrito sobre la inolvidable tarde de Manzanares estuvo acorde con el gran acontecimiento. No pocos se han detenido en airear la invalidez del indulto del toro objeto del portento manzanarista y, en mi modesta opinión, sin razón. Que un toro embista tan incansablemente manteniendo el mismo vigor, la misma codicia, la misma clase, el mismo ritmo, el mismo temple y la misma dulzura desde que salió hasta haber dado tiempo para que se hubieran escuchado los tres avisos, es un milagro del hombre. Milagro hecho realidad por el esmero, el tino, la ciencia, la paciencia y la indeclinable afición de los que vienen criando las reses de Núñez del Cuvillo. Qué más dio entonces que el toro Arrojado no diera juego de bravo-bravo en el caballo y que se fuera a tablas tras este tercio. Lo importante, lo definitivo fue que, además de noble y enrazado, fue incuestionablemente bravísimo en la muleta.

Pero, además, hay que decir a los que han dedicado amplio y negativo espacio al para ellos negativo indulto, que han empañado malamente lo hecho por Manzanares. Como asimismo que se han excedido con los mayores o menores aciertos de Morante y de Aparicio, ambos barridos literalmente por Manzanares.

También habría que preguntar a muchos que, después de ver lo que hizo El Juli y al día siguiente sobre todo Manzanares, si todavía se atreven a defender a los dos toreros locales que han desperdiciado varios toros de triunfo y arruinado la primera parte de la feria, solo por ser sevillanos. Y no solo eso, porque van por ahí poniéndonos a parir a los pocos que hemos dicho lo que pensamos de cada uno: que no valen ni tienen futuro y punto. Al tiempo me remito para que se convenzan de su caprichosa equivocación.

Lo hecho por Manzanares, quede claro de una vez por todas, no solo ha sido algo monumental, también un punto y aparte en la historia de la Tauromaquia. Un antes y un después. Una raya que va a separar dos épocas del toreo.            

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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