Diego Puerta, el más valiente y mucho más. (Y otras opiniones)

Tuve el honor de conocer a Diego Puerta personalmente además de admirarle en las plazas de toros porque le vi actuar en infinidad de corridas por toda España. E incluso visitarle en los sanatorios y hospitales donde fue internado tras sufrir innumerables cornadas y percances. Todo un record porque su menudo cuerpo estaba tapizado con más de 50 cicatrices. Lo impresionante, lo inaudito fue que no se dolió moralmente de ninguna aunque, como a cualquier mortal torero, cuando empezó a notar mínimamente mermado su indeclinable ánimo, decidió apartarse para siempre de los ruedos sin osar nunca un regreso.

La retirada de Diego Puerta, pues, fue la más ejemplar de la historia, como también su impresionante por sostenido valor. El acontecimiento sucedió en Sevilla al final de un mano a mano con su compadre Paco Camino con quien actuó muchísimo, a cara de perro en increíbles duelos de los que Paco salió muchas veces tocado aunque no dañado porque el de Camas fue un portento de sabiduría unida a la gracia que Dios también le dio. Esa gracia, ese ángel, esa pinturería, fueron las claves del registro torero de Puerta, solo que sumadas a su descomunal valor. “Une a su pinturería un cráter volcánico” dijo de él el maestro de la crítica, César Jalón “Clarito”, cuando lo retrató en su libro de memorias que es uno de mis ejemplares de cabecera y lo debería ser de todos los aficionados.

Que le pregunten a El Viti, el tercero en la triunfal discordia de aquellos años. A mí me lo dijo el más grande de entonces, Antonio Ordóñez: “Nunca habrá otro más valiente que Diego”. Puerta siempre supo lo mucho que le quiso el maestro desde su propia admiración al rondeño que tantas veces manifestó públicamente. Tales para cuales, Ordóñez, Puerta, Camino y El Viti fueron los principales pilares de una edad que yo califiqué de platino y no me arrepiento de haberlo dicho así, mientras muchos de mis colegas les ponían a parir… Lo de siempre, vamos.   

De su última temporada en los ruedos, recuerdo algunos momentos que nunca olvidaré y definen su carácter. En los Sanfermines, antes de su última tarde en Pamplona, fui a desearle suerte en su habitación del hotel Yoldi con el gran amigo de Puerta y ganadero Antonio Méndez. Ya estaba vestido de luces y solo le faltaba enfundarse la casaquilla. Diego preguntó a su mozo de espadas: “¿Y mi peine, donde está mi peine?”. No se había dado cuenta de que lo llevaba en la mano. Un síntoma que, según me dijo al salir el ganadero, anunciaba lo que terminó por suceder. Que Puerta decidió poco tiempo después que esa sería su postrera campaña.

Esperó hasta pasada la feria de Bilbao para hacerlo saber. Su última tarde en el Bocho fue un corridón de don Atanasio Fernández alternando con Paquirri y El Niño de la Capea. Puerta se merendó a sus dos jóvenes contrincantes que entonces iban para figuras. A la última, el 12 de octubre de 1974, llegó todavía herido desde otra cornada más en Pilares de Zaragoza. Los toros fueron de Urquijo y no salieron nada buenos. Camino no pudo triunfar. Pero Diego Puerta sí y llorando. Porque aquella tarde lloró de rabia, de alegría y de dolor arropado por los miles de aficionados de toda España que llenamos los tendidos maestrantes y nos volcamos con él a sabiendas de lo perdíamos con su marcha.

¡Qué pedazo de torero, qué coraje, qué sentido de la responsabilidad y del honor!  Ahora le pondrán una estatua delante de la Maestranza. Llegan tarde. Debería haberla disfrutado en vida….

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ADIÓS A DIEGO VALOR

Álvaro Rodríguez del Moral

El matador de toros sevillano Diego Puerta Diánez, gran figura del toreo en los años 60, ha fallecido esta madrugada –en torno a las 3.30 de la noche- a los 71 años de edad a consecuencia de un fallo multiorgánico que ha sido el colofón de los problemas de salud que venía padeciendo el diestro en los últimos años.

Así lo han confirmado fuentes familiares, explicando que “en las últimas semanas se había agravado notablemente su estado y venía arrastrando numerosas secuelas de todos los percances sufridos durante su carrera a los que había que sumar la diabetes que padecía y las consecuencias del accidente de automóvil de hace algunos años”.

REPRODUCIMOS EL ESPECIAL QUE PUBLICAMOS EN EL CORREO DE ANDALUCÍA CON MOTIVO DE LAS BODAS DE ORO DE LA ALTERNATIVA DE  ‘DIEGO VALOR’

Fue un 29 de septiembre de hace 50 años, en la festividad de San Miguel Arcángel, cuando un torero menudo y valiente recibía los trastos de matar de manos de Luis Miguel Dominguín y en presencia de Gregorio Sánchez. Aquella tarde ya lejana no terminaron de rodar las cosas pero estaba comenzando una nueva época.

Aquel año, en eso también corrían otros tiempos, Diego Puerta había hecho el paseíllo hasta cinco veces como novillero en el albero del Baratillo apoyado en la continuidad de sus triunfos y llegaba a la alternativa apoyado en cierto ambiente en el mundillo. Pero la historia taurina de Diego Puerta había comenzado mucho antes, en las corraletas del matadero del Cerro del Águila, en el que su padre servía como empleado. Allí, en el Cerro, había nacido el 28 de mayo de 1941, aunque le llevaron hasta la parroquia de San Bernardo para recibir las mismas aguas bautismales que cristianaron a la mejor y más amplia baraja de la torería sevillana durante dos siglos.

Apenas un año y medio después de su doctorado sevillano, el joven Diego Puerta se consagra como gran figura del toreo.  Alternativado en el 58, no había podido estar presente en la Feria de Abril del 59. Una cornada en la ingle sufrida en Barcelona -que anuncia el largo y doloroso rosario de percances que aún está por venir-  retrasa su debut en la Feria de Abril hasta los farolillos del 60. En aquella feria reveladora le esperaba encerrado en los corrales de la Maestranza un toro marcado con el temible hierro de Eduardo Miura, de nombre ‘Escobero’, que le va a catapultar hacia el olimpo. Algo empezaba a cambiar en el toreo.

La década prodigiosa

Escobero propinó una monumental paliza a Diego Puerta, que le acabaría ganando la partida después de haber brindado su muerte al mísmisimo Juan Belmonte. Un diestro menudo, alegre, artista y sevillano acaba de hacerse figura del toreo. Nacía una nueva era, comenzaba la década prodigiosa del toreo. Se inauguraban los 60 y España se subía a un seiscientos y estrenaba, por primera vez en mucho tiempo, zapatos nuevos de felicidad.

A los pocos días de aquel revelador triunfo maestrante, Puerta confirma su alternativa de manos de otro artista valiente y sevillano. Manolo González, que apura sus últimas tardes en activo, le cede los trastos en presencia de Chamaco. Otras dos orejas confirman su rango de figura. Puerta ya está en las ferias y se empieza a codear de igual a igual con los grandes.

Pero dos nuevas alternativas  están a punto de fundar una nueva etapa en la historia del toreo. Aquel mismo año, en las Fallas de Valencia, iba a hacerse matador de toros el camero Paco Camino. Sólo un año después, tomaría la alternativa el salmantino Santiago Martín El Viti, que con Diego Puerta iban a conformar aquel cartel de tantas y tantas tardes grandes, base de todas las ferias de España. Cada uno de ellos, con su contrastada personalidad llenan una década que tampoco se puede entender sin el cataclismo que supone la irrupción de Manuel Benítez El Cordobés, que se haría matador en 1963, y el continuo referente clasicista del rondeño Antonio Ordóñez, que en aquellos años era ya un joven veterano.

Es en medio de ese elenco riquísimo, plagado de notables segundones, donde se mueve la figura menuda y pinturera de Diego Puerta, inasequible al terrible catálogo de cornadas, más de cincuenta, que van a lacerar su cuerpo sin que se merme ni un ápice del valor del diestro sevillano que hizo de su alegre valentía la mejor bandera de su toreo en unos años en los que más y mejor embisten las vacadas bravas. Puerta, Camino y El Viti: la década prodigiosa del toreo, años fundamentales en el hilo de la tauromaquia, la añorada Edad de Platino.

Diego Puerta pertenece a una hornada de toreros inolvidables, a un nudo fundamental en la historia del toreo contemporáneo que aparece ahora desdibujada por la supervaloración de otros toreros. Cuando colgó el traje de luces, Puerta se dedicó a su propia vida.

Puerta, con Antonio Ordóñez, Paco Camino, El Viti, Manuel Benítez El Cordobés y algunos otros fueron las verdaderas bases de la Fiesta en esa Edad de Platino en la que el toreo alcanzó una plenitud que sólo se está igualando con la actual y riquísima hornada de figuras. Pero, prácticamente nunca, se había llegado a completar un plantel tan amplio de toreros con tan rica y diferenciada personalidad. En medio de ese apasionante panorama, el toreo alegre, espumoso y arrojado de Diego Puerta es un contrapunto al virtuosismo magistral de Paco Camino y a la elegante y templada tauromaquia de El Viti.

Puerta, con sus baches y sus glorias, aguantando el impresionante catálogo de cornadas que convierten su cuerpo en un mapa, es una figura indiscutible hasta el mismo momento de su retirada. El final de su carrera no podía ser más fiel a su intachable hoja de servicios. La despedida se programa  para el 12 de octubre de 1974 en la Maestranza sevillana. Sólo tres días antes es herido en Zaragoza y pese a todo, hace el paseíllo con los puntos puestos y la herida más que fresca. Como tantas y tantas tardes, Paco Camino le acompaña mano a mano en ese postrer festejo del que ambos salen triunfadores. Diego Puerta tenía 33 años y nunca más volvió a ponerse el traje de luces.

Después se dedicó a su ganadería, a admistrar su bien ganada fortuna y a actuar en los numerosos festivales benéficos en los que era requerida su colaboración, manteniendo intacto ese espíritu alegre y arrojado que lo convirtió en figura. Como tantos grandes toreros de su generación, Puerta prefirió una vida discreta y familiar, alejada de los focos y el relumbrón de la sociedad. Otros supieron fabricarse, después de retirados, un aura de grandes maestros que toreros como Diego Puerta nunca necesitaron. La verdad inapelable de su trayectoria estaba ahí y nadie podía borrarla aunque la historia haya fabricado figuras en la calle que no lo fueron tanto en el ruedo.  Por eso, ha llegado la hora de reivindicar a esa generación imprescindible, discreta en su vida privada y en su retirada, que escribió una de las páginas más gloriosas de la historia del toreo. Diego Puerta -sin honores oficiales, sin bronce fundido- es uno de las mejores ramas del ancho árbol del toreo sevillano que se nutre y alimenta de toreros que, como él, derramaron su sangre por los ruedos.

Ningún referente es mejor que las fundamentales Memorias de Clarito, del grán crítico César Jalón, para acercarse a la figura de Diego Puerta, “… del saleroso barrio de San Bernardo como Pepe Luis Vázquez y como él, hijo de un empleado del matadero. También menudo y chaparrito; también garboso y sevillano en el hacer de sus brazos recortados; pero de otro pelaje artístico y de otro pelo; de pelo negro en pecho y en cuyas alegres maneras estalla el impulso valiente de su sangre ardorosa”. Clarito también recogería, en una de sus más célebres sentencias, que “Puerta -Puertita- sume su alegre pinturería en un cráter volcánico. Su toreo, al rojo, eleva y realza su breve estatura”…

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La sonrisa del héroe

Domingo Delgado de la Cámara

Paco Camino, El Viti y Diego Puerta compusieron uno de los carteles más repetidos en el toreo. El éxito de la terna se debió al altísimo nivel de sus tres componentes, porque Diego Puerta tenía tanto cartel y categoría como el que más.

Su trayectoria es de las más honestas y admirables de la historia del toreo. Los toros le cogieron con una saña que estremece: más de cincuenta cornadas cicatrizaron sobre el menudo cuerpo del torero, alguna de ellas gravísima, como la que le infirió un Guardiola en Bilbao en los principios de su carrera. Le partió el hígado, y esto, que hubiera quitado del camino al más pintado, a Puerta no le amilanaba. Salía de la cama con el valor intacto, dispuesto a arrimarse más todavía. Y lo hacía tan contento, sonriendo. Nunca salió de su boca una queja y asumía con alegría lo que le tocaba padecer.

Esta actitud contrasta enormemente con el lamento quejumbroso de muchos toreros actuales que no han sufrido, ni con mucho, lo que padeció Puerta. Diego es un patrón para medir el valor: cuando se dice de un torero que es valiente, yo lo comparo con el pequeño gigante de San Bernardo, y no hay quien resista la comparación. Con mucho menos castigo por parte de los toros, muchos han tirado la toalla. Diego ha sido el Espartero del siglo XX.

El toro que le encumbró, un miura llamado Escobero, le cogió tropecientas veces, pero Diego volvía a la cara del toro con más arrojo aún, pues sabía que estaba en Sevilla en su primera Feria de Abril, y que había que triunfar a toda costa, a cualquier precio. Esta fue la tónica constante de su carrera, una lucha tenaz en un escalafón plagado de figurones del toreo, donde la supervivencia era muy difícil. Diego, superviviente nato, siempre estuvo en la primera fila, desde el principio hasta final de su carrera.

Pero no solo fue de un héroe. Puerta además fue un gran torero, mucho mejor torero de lo que después se le ha reconocido, o de lo que se dice en los libros. Su toreo alegre, del más puro estilo sevillano, fue muy apreciado. No era, desde luego, un artista tan depurado como Pepe Luis Vázquez o Pepín Martín Vázquez. Pero su presencia en el ruedo llenaba al público de alegría.

El torero más próximo a él podría ser Manolo González, un sevillano que aunaba la pinturería con el valor, la misma fórmula empleada por Puerta diez años después. González duró muy poco: tras una trayectoria meteórica se retiró muy joven. Puerta, sin embargo, estuvo dieciséis años como primera figura. Esta combinación de pinturería y valor encantó a los públicos de la época. A todos los públicos, pues Puerta tuvo el máximo cartel tanto en Sevilla y en Madrid como en el norte.

Y desde que él se marchó en 1974, no ha habido en el escalafón un diestro que haya ocupado su lugar. A partir de entonces, los toreros de aire sevillano han sido medrosos y de poco valor. Y los diestros valerosos han mostrado su valor de modo más seco y más triste. En estos últimos treinta años nadie ha aunado el pellizco y el valor. Ahora no hay un diestro paralelo a Diego Puerta. Y es una pena.

Las imágenes que han quedado de él nos muestran a un gran torero. Toreaba con el capote de un modo muy apretado que enervaba al público. Nadie ha dado unas chicuelinas tan ceñidas como él. Parecía que el toro se lo iba a llevar por delante en cada lance. Sus chicuelinas estrujantes son una provocación para todos esos toreros que se pasan el toro a un kilómetro.

Puerta llenaba la plaza de alegría. Salía entusiasmado a torear y eso llegaba mucho al público. Mientras que para otros toreros torear es un asunto duro y penoso y el público se da cuenta, Puerta salía tan contento. Puerta es la alegría en el toreo, alegría a pesar de cornadas y amarguras.

Sus detractores le acusaron de torpe, rápido y superficial. Desde luego no era un muletero de la calidad quintaesenciada de Camino o El Viti. Pero la muleta de Puerta no era mala tampoco. Lo de la torpeza es porque se arrimaba sin duelo (y muchas veces sin cabeza). Y a quien se arrima de esa forma los toros le cogen: que se lo pregunten a Benítez, a José Tomás y a algunos otros. Puerta era pequeñín y de bracitos cortos. Con este físico es imposible torear con la prestancia de Antonio Ordóñez, pero ligaba muy bien el toreo obteniendo series muy macizas y compactas. Su muleta era muy variada y su toreo de adorno y los recortes eran preciosos. Faenas vibrantes, siempre entre los pitones, con series bien ligadas y llenas de adornos de fantasía. Un toreo optimista y bonito que ahora no se ve. Y sin ser un estoqueador depurado, al toro que tenía que matar lo mataba.

La presencia de Puerta en el cartel era una garantía de éxito: con su constante entrega obligaba a los demás compañeros a arrimarse también. Era, por ejemplo, el acicate que obligaba a Paco Camino a sacar lo mejor y, además, Puerta era un hombre de palabra: cuando dijo que se retiraba, cumplió con su palabra escrupulosamente. Rara avis en la profesión, donde los toreros van y vienen, se retiran y reaparecen, desdiciéndose constantemente.

Con la noticia de su muerte está de luto toda la afición española. Que Dios tenga en gloria a Diego Puerta, valiente entre los valientes.

A. R. del Moral

A. R. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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