Lidia sin sangre

Tengo la impresión de que los patéticos espectáculos que últimamente han tenido lugar en Las Vegas y en Quito, no se van a quedar ahí. Lamentablemente son el futuro. Todas las fuerzas empujan en esa dirección. No sólo animalistas y ecologistas quieren quitar la sangre a las corridas, también los taurinos. E incluso el público. Me explico:

La evolución del propio espectáculo, en el que han sido primados los valores estéticos en detrimento de la emoción y el peligro, tienden muchas veces a hacer innecesarios los elementos sangrientos de la tauromaquia tradicional. Muchas veces la suerte de varas se queda en un simulacro porque el toro ya sale picado de los chiqueros. Ver una tercera vara se ha vuelto imposible por la sencilla razón de que ningún toro la soporta. El toro ha pasado de ser un rival indómito y orgulloso a ser un colaborador servil y sin fuerza. Y en este contexto los elementos punzantes y sangrientos ya no tienen sentido.

Por otro lado, la inmensa mayoría del público y de la crítica solamente valoran ya el componente estético de la fiesta, e ignoran y pasan de largo por los ingredientes cruentos, que son tomados como males necesarios y no como fundamentos esenciales de la lidia. Cuando en un extraño acaso, sale de repente una corrida dura de las que hacen sudar a los toreros y pasar miedo a los espectadores, solamente salimos satisfechos de la plaza cuatro aficionados que, inmediatamente, somos tachados de brutales y anticuados. Al día siguiente la crítica pone a parir al ganadero, compadece a los toreros y dice que ese toro prehistórico ya no tiene razón de ser ni de existir.

En este contexto ¿tiene sentido la suerte de varas y la muerte a estoque del toro? La cosa viene de largo. Poco a poco se ha ido despojando a la fiesta de sus elementos dramáticos. Primero se pusieron los petos; después se empezó a afeitar a mansalva; luego se suprimieron las banderillas de fuego… Y para buscar la mayor estética posible y la comodidad del torero, se fue quitando fiereza a los toros y se descastaron las ganaderías. ¿Cual va a ser el siguiente movimiento?

Efectivamente, el paso de Belmonte por el toreo fue crucial. Y no por lo de quedarse quieto como tantas veces se ha dicho, sino porque el toreo pasó de ser una lucha, llena de dramatismo y crudeza, a ser un ballet tan estético como decadente. Y, poco a  poco, el toreo ha pasado de ser una fiesta popular y de masas a un espectáculo elitista y snob. Y vuelvo a preguntar: en este contexto, ¿tiene sentido la suerte de varas y la muerte a estoque del toro…?

Y ahora vayamos al ambiente profesional, al ambiente de los toreros. Cualquiera que hable con ellos, se da cuenta de que aborrecen al toro de verdad y adoran a la babosa que se cae. Cuando se enfrentan al toro fuerte, serio y en puntas, es porque no tienen mas remedio. El sueño de cualquier principiante es llegar a figura para torear toros blandos y afeitados, y ganar dinero no exponiendo un alamar. Por la presión de los toreros influyentes, se están mandando al matadero ganaderías centenarias, para que sólo sobreviva un encaste, el que ellos quieren, el más previsible, el menos exigente, el que asusta menos… Esto es lo que se piensa en el ambiente profesional. El hecho de tener que matar al toro es una penosa obligación, ya que ellos, dicen, son artistas, no matarifes.    

No sé por qué las declaraciones de Castella en este sentido han causado tanta indignación cuando Curro Romero y Antonio Ordóñez, ya hace años, decían lo mismo y nadie se mosqueó con ellos. Así pues, una fiesta donde no haya que matar, donde no haya que jugársela en el momento más peligroso, donde los triunfos no se esfumen por el mal uso de la espada, es vista con agrado en el ambiente profesional, aunque no se atrevan a decirlo en público por el qué dirán.

Si los toreros tuvieran vergüenza torera, se hubieran negado en bloque a participar en el escarnio de Quito. Muchos se han prestado a participar en la patochada. Y es que el negoci es el negoci…, que dicen por el noreste. Y claro, en el momento en que se prohíba herir al toro, por aquello de humanizar la fiesta, se autorizará automáticamente la lidia de utreros y erales en las corridas de toros, y el desmochado de las astas será obligatorio. La gloria para los toreros medrosos, para los ídolos de revista del cuore y para permanecer en activo hasta los setenta años. ¿Alguien puede creer que, en esta perspectiva, el ambiente profesional va a luchar por la fiesta íntegra y de verdad?

Los políticos estarán encantados con la nueva coyuntura El demagogo de turno dirá en su discurso que, con las nuevas medidas, se consigue aunar el respeto a la tradición con la protección de los animales. En Pamplona, en las mañanas de San Fermín, se han celebrado siempre becerradas de noveles a las que me gustaba acudir. Ya no voy. Desde hace dos años son incruentas: el concejal de turno afirmó que se tomaba la medida para no herir la sensibilidad de los niños. No he oído ni una sola protesta. Poco a poco la lidia sin sangre va conquistando posiciones. La publicidad de los espectáculos de recortadores va por el mismo camino: “Sin sangre”, advierten los carteles…

Con la lidia sin sangre, los antitaurinos estarán eufóricos, pues habrán conquistado su objetivo; el taurinismo feliz por no tener que matar y por haber desterrado de una vez por todas al toro de verdad; los políticos sacarán pecho ante Europa por lo modernísimos que somos…, y ese público de aluvión que va a los toros frívolamente a merendar y a dejarse ver, los primeros años del invento seguirá yendo a la plaza tan ricamente. Hay unanimidad y las unanimidades siempre se imponen.

Sólo lo lamentaremos cuatro aficionados, que como dijo una vez Jesulín, cabemos en un autobús y no lo llenamos. Desde luego yo, cuando el toro no muera a estoque en el ruedo; cuando su muerte sea prostituida en un sórdido y oscuro matadero, cuando el rito no se cumpla, nunca más pisaré una plaza de toros. Porque para mí el toreo no es un espectáculo frívolo y teatral. Es un rito donde se muestra el valor y el ingenio humano desafiando y venciendo a la muerte, matando a la muerte.

Las corridas incruentas serán el principio del fin porque sin el riesgo ni sus elementos dramáticos, el toreo es una pantomima sin sentido y los pases del torero se convierten en muecas patéticas. Y la gente irá dejando de ir, pues aquello será un ballet aburridísimo. Y la antaño gloriosa tauromaquia, será algo reducido y marginal, como los tablaos para turistas o esos circos tristísimos que se instalan en los descampados…

Ojalá que todo esto sea un mal sueño, una pesadilla invernal. Ojalá que todos reaccionemos en pro de la fiesta de verdad. Ojalá que prevalezca en el futuro la fiesta íntegra y sin mixtificaciones… Y que dentro de cuarenta años podamos seguir yendo a los toros tal y como ahora lo hacemos. Ojalá…

Una vez el maestro Juncal preguntó a su genial limpiabotas:

-Búfalo ¿cómo es la muerte de un toro bravo?

-Solemne, maestro, es solemne…

Yo no quiero renunciar a esa solemnidad.

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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