Paco Ojeda habla de sí mismo y del premio que acaba de recibir

La maestría de Paco Ojeda, el gran revolucionario del final del siglo XX, es un referente para las nuevas generaciones de aficionados.

La concesión del I Premio Nacional de Tauromaquia a Paco Ojeda ha puesto de actualidad aquella revolución taurina que le convirtió en una de las grandes figuras del toreo del final del siglo XX. Más allá de aquellos años en activo, el diestro sanluqueño es –por derecho propio– uno de los toreros más importantes de la historia de este arte singular. Ojeda descubrió e invadió terrenos, reinterpretó el lenguaje y las suertes básicas del toreo pero todo lo hizo con su innato sentido escénico; una poco estudiada alma de artista que envolvió esa revolución taurina que bien merece ese galardón instituido por el Ministerio de Cultura y Deportes.

–El I Premio de Tauromaquia implicará recordar muchas cosas.

–A través del premio he empezado a recopilar un montón de historias. La más importante es esa manía mía por hacer cosas distintas en la cara del toro. Había muchas cosas que hacer en aquel momento y me costó mucho trabajo. Estuve a punto de tirar la toalla y al cabo del tiempo el premio viene a compensar aquel esfuerzo, que me costó tanto que fuera entendido por los demás.

–¿Y de qué fuente bebió Paco Ojeda para hacer esas cosas?

–Son cosas que nacieron toreando en el campo, de noche y sin testigos. Sólo lo puedes hacer a base de motivación e ilusión. Las haces porque las sientes y las llevas dentro, no porque las hayas visto antes.

–¿Cómo recuerda aquella forja?

–Me levantaba cada mañana sin acordarme del día anterior. Yo no pensaba que lo que estaba haciendo acabaría saliendo a la luz ni tenía la menor intención de profesionalizar algo que empezaba a profundizar, que quedaba para mi íntima satisfacción personal. Estaba haciendo lo que soñaba y cuando me bullía algo en la cabeza me iba en busca de las vacas a ver si podía hacérselo. He tenido la suerte en varias ocasiones  de realizar delante de 15.000 personas aquello que yo hacía en la marisma. uve la suerte y la capacidad de llevar el campo a la plaza y lo único que ha cambiado es la reacción de la gente. Pero no hice nada en busca del aplauso, todo lo hice para mi aunque en ese momento era para mucha más gente.

–¿Pero en qué momento o en qué plaza te acercas más a la perfección de tu concepto?

–Lo he logrado varias veces. Me quedo con faenas de El Puerto, Málaga, Sevilla, Madrid, muchísimas veces en Francia… era el toreo al desnudo, sin escondite.

–A mediados de los 70 se hablaba de un chico de Sanlúcar que le hacía cosas nuevas a las vacas. Camará se fija en usted y comienza a funcionar…

–A medias. El primero que no veía aquello bien era el apoderado. Así no se podía torear, ¡no! Me emparejaron con Pepe Luis sin demasiado sentido y hubo algunas cosas más que no iban conmigo. Era como enjaular a un animal de la selva. No me sentía libre, no podía hacer lo que yo quería y sentía. Necesitaba estar a gusto conmigo mismo para funcionar en plenitud. Y no fue así.

–La alternativa en El Puerto, en 1979, ¿llegó algo forzada?

–Quizá sí, algo empujado. Y no estaba. No podía dar todo lo que yo sentía ni lo que llevaba por dentro.

–Y de la alternativa, de nuevo a la soledad de la Marisma. Desapareció del mapa.

–Volví a mis orígenes, a reencontrarme conmigo mismo. Necesitaba buscar mi yo, el torero que yo quería; no el que querían los demás. Quería sentirme moral e íntimamente torero pero cuando me puse a serlo para los demás me perdí. Volví a mi campo, a mi caballo y empecé de nuevo con el conocimiento de lo que no quería ser.

–Se encerró en una parcela y se puso a torear a sus caballos. ¿Cómo se le ocurrió algo así?

–Y muchísimas cosas más que se me ocurrieron entonces. La soledad es bruja. Me inventaba de todo. Volví a torear vacas de noche para mí y llegaba por la mañana a casa y cerraba los ojos y pensaba: que me lleven al cielo…

–Siempre se ha dicho que tenía un don especial de comunicación con los animales.

–Siempre lo he pretendido y por eso me ha gustado esto tanto. Quería encontrar una cercanía, unos terrenos prohibidos. Esa era mi guerra. Es el caso de los caballos: me propuse torear uno pero no se trataba de meter en la muleta al que fuera dócil y amigo mío; me propuse hacer embestir a otro y lo conseguí, a cual mejor. Son satisfacciones que me llevo en la vida. La vida no es eterna y si no te buscas cosas así no merece la pena…

–Llegó la resurrección. Un toro de Cortijoliva que le cambia la vida al confirmar la alternativa en Madrid en agosto de 1982.

–En esos momentos ya estaba encaminado a hacer lo que yo quería. A partir del segundo retorno sabía perfectamente quién era yo y nadie influía ya en mi modo de torear. Y pude llevarlo a cabo. Empecé en Madrid con el toro de Cortijoliva: era la fiera que yo buscaba para domarla. Ése era el toro y ése fue el desafío.

–Se habla a favor y en contra del toro de las figuras pero habría que recordar que el toro con temperamento era el mejor colaborador de Paco Ojeda.

–Eso es lo que da la emoción. Yo me he encontrado toros con ese punto de fiereza a los que les he quitado la muleta de la cara al cuarto muletazo. Ésa es la diferencia: no se trata de que el toro vaya y venga sino de pararlo en medio y ponerlo a andar otra vez. ¿Y eso cómo es? Pues hay que tirar la moneda y esperar a que salga cara o cruz. Por eso es tan difícil. Sin esa cara o cruz sólo hay tanteos hasta saber si te puedes poner pero nunca será lo mismo. Cuentas con tu propia intuición para saber si te puedes poner o no pero lo bonito, la verdadera emoción está ahí, en ser capaz de cortar y frenar una embestida y ponerla en marcha otra vez. La gente no tardaba en verlo.

–Más allá del concepto revolucionario de Ojeda se ha hablado poco de su alma de artista, de su capacidad de expresión.

–Yo no era el valiente que ganaba una batalla. Cuando estaba ahí empezaba a crear y a componer porque lo sentía. Paraba una embestida, la ponía a funcionar otra vez pero componiendo, sintiéndolo. No se trataba de ponerse allí y decir aquí estoy yo. Quería crear una obra, la interpretaba para mí y el que sabía verlo era afortunado porque le llegaba antes que a mí.

–Y en esa línea artista no se puede olvidar su toreo de capote; se ha hablado menos de ello.

–Con el capote he toreado como si estuviera usando la muleta. Con la misma posición y aunque a lo mejor se han cantado más otras cosas, cuando me ponía en el sitio que quería empezaba a edificar lo que sentía y daba igual el engaño.

–Con la espada no se ha sentido tan a gusto…

–No, pero tengo los premios a la mejor estocada en plazas como Madrid o Córdoba. Todo tiene una explicación: cuando yo le quitaba toda la agresividad a un toro me quedaba vacío y no los mataba; en el momento que aún les quedaba un atisbo de agresividad los mataba todos. Había exprimido tantas cosas que no me quedaba ansia para matar al toro.

–Alguien que le conoce bien dice que con la décima parte del marketing que han tenido otros toreros habría sido emperador.

–Es posible pero yo estoy muy satisfecho de mi trayectoria. Sé que no he sido un relaciones públicas porque mi punto era el toro y a partir de ahí todo era secundario. Si me hubiera preocupado de una cosa no podría haberme centrado en la otra. Hoy llaman a un torero y se para a las tres de la mañana por la carretera. Pero ahí tienes a ese al que no le hacen ni preguntas. Podemos comparar. Yo no era marketing, era naturaleza. No me llenaba eso, ¿para qué lo quería? Lo demás me colmaba lo suficiente.

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

También puede interesarte: