San Isidro 2013. Miguel Ángel Perera y Diego Ventura, los grandes protagonistas de la primera parte de la feria

En los diez festejos que llevábamos vistos hasta ayer, cerca ya del ecuador del largo ciclo isidril, solo gozamos con dos alegrías, aunque una de ellas incompleta, y sufrimos muchos disgustos, uno de ellos tremebundo. Fue el del pasado sábado 18 de mayo. La esperada fecha del gesto de Alejandro Talavante en solitario con seis toros de Victorino Martín, la teníamos todos anotada como el gran acontecimiento de la feria isidril de 2013. Pues bien – aunque mejor sería decir por mal – creo que la desastrosa corrida que trajo Victorino fue el motivo de la catástrofe sufrida por Alejandro y con él la de cuantos estábamos ilusionadísimos con su posible gran triunfo.  El general disgusto de cuantos estuvimos presentes en Las Ventas fue morrocotudo. En los cincuenta años que llevo viendo toros por todo el mundo, pocas veces he visto lamentarse a tanta gente por la mala suerte de un torero. Claro que también hubo algunos que, al salir de la plaza, dijeron que Talavante no se la había jugado de verdad ni había apostado por completo. Siendo esto cierto, creo que cuando un toro no da ninguna opción de lucimiento, es ridículo dejarse pegar una cornada a sabiendas de que es imposible triunfar con ese animal. ¿Qué habría ocurrido si Talavante hubiera terminado en un hospital? Pues que también estaríamos lamentándolo y, además, quien sabe si ese percance hubiera supuesto un desfondamiento profesional del todavía joven gran torero. Tiempo al tiempo. Alejandro Talavante debe olvidar cuanto antes lo sucedido y triunfar en Madrid cuando le llegue la ocasión que llegará. Ese día quedarán restañadas las heridas morales que acaba de padecer.

Las dos alegrías a que me he referido, fueron el gran éxito del rejoneador sevillano-portugués, Diego Ventura, que aparte de cortar tres orejas y de salir a hombros por la puerta grande de Las Ventas – lo consiguió además por undécima vez – llevó a cabo la que quizá sea la por ahora mejor actuación de su vida en Madrid. Este joven caballero ha depurado su estilo hasta la perfección tras moderar las avasalladoras prisas con que empezó su carrera.

Por lo que respecta a la segunda alegría, creo que no fue completa porque a quien la propició, Miguel Ángel Perera, entre el despreciable sector justiciero de reventadores que padecemos desde hace mucho tiempo en Las Ventas y un estúpidamente temeroso presidente, le quitaron dos de las tres orejas que debió cortar. El toro de Alcurrucén del que solo le dieron una, fue un animal exigentísimo y muy caro de torear por su gran temperamento. Hoy en día creo que muy pocos podrían haber sacado partido de este bravísimo ejemplar. Me atrevo a decir que solamente dos toreros además de Perera: Enrique Ponce y El Juli. Y alto, ni uno más. La faena de Perera fue importantísima y, desde luego, la mejor de la feria hasta ayer. Justo es  decir también sobre esa tarde, que la corrida de Alcurrucén fue la más completa en todos los aspectos.

Pero ya que estamos escribiendo de toros, también hemos de lamentar los varios que se fueron sin aprovechar debidamente. Comentemos de paso también los buenos que fueron bien tratados.

De la corrida de José Luis Pereda, dos se le escaparon al vallisoletano Leandro; salió malparado un increíblemente asustado Diego Urdiales y apenas salvado Morenito de Aranda que fue quien anduvo mejor esa tarde. El sevillano Antonio Nazaré hubiera cortado una oreja del único toro posible de la corrida de Los Bayones. Alberto Aguilar y Fernando Robleño anduvieron muy bien con sendos toros de la interesante corrida de José Escolar Gil, otra de las destacadas. Todo lo contrario por descompasada y de pésimo juego la de La Palmosilla con la que naufragaron Curro Díaz, El Fandi y David Galván. Y dos toros excelentes muy en Atanasio de Puerto de San Lorenzo en la corrida del 14 de mayo: el cuarto, lamentablemente desperdiciado por un alicaído Cid, y el quinto del que Daniel Luque perdió una posible oreja por el defectuoso espadazo que lo liquidó. De la ya mencionada corrida de Alcurrucén también hubo un toro que, en mi opinión, fue el más grato, el primero, con el que dio muy buena impresión el confirmante Ángel Teruel; al contrario, salió tocado el francés Sebastián Castella, incapaz de dar la réplica a Perera que esa tarde se lo merendó. En la novillada de Guadaira, destacó el francés Juan Leal. No fue buena la corrida de Juan Pedro Domecq del jueves 16 de mayo aunque de esa tarde cabe comentar el lamentable comportamiento de parte del público por su preconcebida intención de reventar como fuera a José María Manzanares. Cuestión que, en parte, consiguieron.

Precisamente al respecto de esto último, debemos insistir una vez más y no nos cansaremos de ello, en que es absolutamente intolerable que tanto la entidad propietaria de la plaza de Las Ventas, como la empresa organizadora de los festejos taurinos y, por supuesto, las autoridades competentes, continúen consintiendo que un sector del público compuesto por no más de cincuenta personas identificables y de otras cincuenta esparcidas en tendidos y gradas más o menos colindantes no tan identificables, vienen desde hace bastante tiempo intentando reventar las actuaciones de las principales figuras del toreo mediante gritos e insultos coreados o individuales con voces altas que, no cabe duda, interfieren la necesaria concentración de los actuantes. Torear no es cosa fácil. Requiere pensar lo que hay que hacerles a los toros en décimas de segundo. En cualquier otro espectáculo que requiera el mismo sosiego, está absolutamente prohibido al público que interrumpa la acción de los protagonistas con gritos. Sin ir más lejos y por mejor ejemplo, el tenis. Es verdad que en los toros, el público siempre tomó partido o intervino con aplausos o con pitos cuando no con signos de colectiva admiración expresada con los olés que suelen acompañar coralmente los mejores lances y muletazos. Pero otra cosa es que, durante la lidia, se produzcan intencionadamente ruidos en forma de gritos o insultos que pocas veces tienen que ver con la realidad de lo que acontece en el ruedo. Las protestas o los pitos y abucheos hay que dejarlos para el final, una vez arrastrado el toro hasta el desolladero. Es entonces cuando las broncas son tolerables y hasta necesarias cuando los toreros pegan un petardo o han sido incapaces de aprovechar un buen toro. Pero nunca, jamás, se debe tolerar que durante la lidia y, sobre todo, durante las faenas de muleta, se intente molestar o distraer a quienes, nadie lo dude, pueden sufrir un accidente, una cornada o hasta la propia muerte como consecuencia de la inevitable distracción que puede surgir a consecuencia del mal comportamiento de los espectadores. Esos miaus, esos grititos continuos que algunos espectadores suelen proferir contra determinados toreros – siempre a los mejores y, curiosamente, nunca a los peores o incapaces – hay que acabar con ellos de una vez por todas. Ojala que cuando finalice la feria no tengamos que volver al mismo machito.

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

1 Resultado

  1. Carlos Avalos Martinot dice:

    Enhorabuena con la cronica, creo que he visto la misma FEria, coincido en casi todo lo expresado. Saludos desde Lima, un fuerte abrazo.

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