1ª de Hogueras en Alicante. Emocionante apoteosis de Manzanares en el X aniversario de su alternativa

Plaza de toros de Alicante. Sábado 22 de junio de 2013. Primera de feria. Tarde veraniega con algo de viento y lleno. Cuatro toros de Victoriano del Río de preciosa presentación conforme a su tipo más idóneo y dos despuntados para rejones de Carmen Lorenzo, en el tipo de su procedencia Murube. Dieron juego desigual. Manseando y aquerenciado a tablas, noble y muy venido abajo el primero, de rejones. Aparentemente manejable el segundo, peor de lo que la gente creyó. Más bravo y noble aunque no del todo colaborador el tercero. Deslucido el cuarto, de rejones. Complicado y hasta peligroso el quinto. Bravo y muy noble el sexto. Enrique Ponce (amapola y oro): Estocada casi entera desprendida, oreja. Pinchazo sin soltar y estocada baja, palmas. José María Manzanares (grana y oro): Casi entera y fulminante al volapié, dos orejas. Media estocada recibiendo, oreja y petición de otra con vuelta y salida a hombros indescriptibles. Manuel Manzanares (de corto con chaquetilla gris claro ribeteada en negro): Rejonazo trasero y descabello pie a tierra, gran ovación. Rejonazo y descabello pie a tierra, oreja.

Benditas sean las ramas toreras que de un mismo tronco salen. El de la fidelidad al concepto más clásico del toreo no solo por sus formas sino también por el fondo que, como lidiadores, familiarizan a los que representaron y representan el canon: Antonio Ordóñez, José María Manzanares padre, Enrique Ponce y el hijo mayor del segundo, Jose Mari, que ayer celebró el décimo aniversario de su alternativa, adquirida de las sucesivas manos de su padrino formal, Ponce, que cedió los trastos a Manzanares padre para que fuera quien doctorara materialmente a su hijo. Ceremonia ciertamente entrañable y tarde singular que calificamos de “alternativa aristocrática”, dado que el testigo, Francisco Rivera Ordóñez, lo fue en representación de su abuelo materno.

Antonio Ordóñez, los Manzanares y Enrique Ponce, son los cuatro maestros que durante seis décadas consecutivas (1951-2013) han venido sosteniendo el armazón fundamental del toreo en su expresión más paradigmática y modélica. Cuatro toreros que, sin aportes revolucionarios propios, han sido capaces de conjuntar lo mejor de sus más ilustres predecesores y de llevarlo a la práctica, además de con elegante y sencilla naturalidad, bajo la premisa que verdaderamente les motivó: dominar a los toros con la mayor belleza posible. Firmo esta crónica tras haber dedicado bastante más de la mitad de mi vida a escribir y a hablar de toros, con la emocionada satisfacción de ser privilegiado amigo de los cuatro maestros mencionados y, consecuentemente, tan fiel como ellos al mismo concepto del toreo. Un concepto tan generalmente compartido por la mayoría de los aficionados como muy particularmente discutido y hasta negado por los que siempre prefirieron y seguirán prefiriendo las tormentas y los ciclones toreros, contraponiéndolas a los anticiclones. Muy distanciadas ambos. La que separa el esfuerzo inevitablemente notorio de los que hacen parecer que el toreo es algo muy difícil, del que se practica con la agraciada dulzura de la facilidad una vez lidiado el animal haciéndole o no cuanto sea necesario para que, si es bueno, no empeore y si es regular o malo, mejore. Incluso sacrificando la estética en pos del máximo temple, siempre y absolutamente necesario. Procedimiento en el que Ponce alcanzó un privilegiado virtuosismo, compartido por sus diestros “familiares”.  Precisamente por ello, estos cuatro maestros lograron y logran torear a muchos toros con inusitado ritmo e increíble  despaciosidad.

“Ordóñez hace el toreo con dulzura imperial” escribió el gran autor francés sobre el rondeño. “El toreo debe parecerse a las olas de mar que se van y se vienen…” dijo una vez Manzanares padre. Y tanto Manzanares padre como, sobre todo, el hijo, fueron y son parangonables según ambos dichos. Se lo dije un día al maestro alicantino cuando me preguntó qué me había parecido su hijo tras verle en un festival sin picadores la primera vez: “Este niño va a  parecerse más a Ordóñez que a ti”. Satisfecho, me dio la razón.

El ambiente y el espíritu de la alternativa de Manzanares hijo tuvo que ver mucho con lo que acabo de escribir. Y la corrida conmemorativa de su décimo aniversario como matador de toros, también. Frente a frente con su padrino Ponce en la lidia de a pie, y en compañía de su hermano rejoneador, Manolito. Grata ocasión en la que el menor de la dinastía sobre sus caballos anduvo a tono con sus familiares más directos porque lo que tampoco podrá evitar Manolito es manifestarse con la clase que, por encima de cualquier otra virtud, les sobra a los Manzanares. Como también al maestro Ponce. Esa clase que lo envuelve todo cual finísimo celofán anudado con preciosas cintas de seda.

En tarde tan cálida como históricamente inolvidable – a un siglo y cuarto de la inauguración de la plaza alicantina -, con el público desbordado por el cariño, el entusiasmo y la emoción, el joven caballero Manuel Manzanares no acabó de estar a gusto ante el manso y noble toro que abrió plaza, no del todo proclive para el toreo a caballo por pronto muy aquerenciado a tablas y pronto venido abajo. Su segundo toro se lo brindó a su hermano Jose Mari y le hizo honor echándole raza y entusiasmo para superar las escasas condiciones del animal. De nuevo certero al matar, cortó una merecida oreja.

Enrique Ponce lanceó con elegante soltura al segundo toro, primero de los de Victoriano del Rio. Noble y brioso aunque no sobrado de fuerza, fue muy cuidado en varas y, tras un bonito quite, no llegó fácil a la muleta del valenciano. Ponce brindó su faena a toda la familia Manzanares. Abuelo, padre e hijos. ¡Qué brindis más emocionante, señores¡ Rebrincado y deslucido por el lado derecho, el trasteo fue cobrando poco a poco importancia con la izquierda en templanza. Cosa que también sucedió al retomar la flámula con la derecha. Como tantas veces, un Ponce magistral no dejó ver las dificultades del animal y terminó toreándolo como los ángeles. Tras matar de muy hábil estocada, cortó la primera oreja de la tarde.

Mucho peor fue el castaño quinto como se vio en su comportamiento de salida en el capote de Enrique, muy dispuesto en la faena de muleta pese a sus muy incómodas embestidas hasta que lo metió en cintura con enorme habilidad. Hasta se adornó. Fue una pena que pinchara.

Aún se le saltaban las lágrimas por la emoción del brindis poncista a José María Manzanares cuando salió el tercer toro. Un precioso burraco al que Manzanares acarició en su recibo con el capote a la verónica. Muy bravo en el caballo y alegre en picajoso además de aquerenciado a tablas en banderillas, primero los peones de José María al clavar con gran mérito, como luego el matador que brindó al público, complacieron la expectación levantada. Manzanares empezó “haciendo” al toro en los medios y, una vez conseguido, aconteció el toreo en su máxima dimensión. Costó algo más al natural y por eso volvió a la mano derecha la faena, recobrando interés e importancia con eternos redondos hasta que el toro, ya rajado, fue arrebatadoramente colocado con un molinete de rodillas para la infalible estocada manzanarista que, esta vez, fue a volapié. Dos orejas. Natural.

El sexto toro fue el mejor del envío, permitiendo que la tarde terminara con la apoteosis del alicantino que dejó su sello más caro. El más caro del toreo actual pese a quien pese. Su mejor tarde en esta plaza y otro no va más del gran astro del presente. La salida a hombros fue indescriptible.

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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