Observatorio taurino: Madrid, Burgos, Córdoba

Algo huele mal junto al Arlanzón.

Ya hemos hablado largo y tendido del asunto. Pero hay que retomar la polémica que rodea el anunciado derribo de la plaza de El Plantío de Burgos a tenor del signo que están tomando los acontecimientos. Los últimos informes profesionales descartan de manera tajante que el coso burgalés esté al borde de la ruina aunque certifican la necesidad de unas obras de mantenimiento que garantizarían la estabilidad del recinto algunos lustros más. El propio alcalde, Javier Lacalle, ha tenido que dar su brazo a torcer después de negar la mayor. Sostener una opinión contraria habría sido lo mismo que admitir que los festejos de la reciente feria de San Pedro suponían un riesgo de muerte para los espectadores. En cualquier caso sí se confirman otras certezas: la desaparición de la plaza obedece a intereses que nada tienen que ver con la seguridad de los aficionados. La cosa sigue muy cruda.

Sobre el debate previo de la ILP

Los lugares comunes del abolicionismo taurino fueron recibidos con previsible y cansina impasibilidad dentro del absurdo y enésimo debate -toros sí, toros no- incluido dentro de la tramitación de la iniciativa legislativa popular que, previsiblemente, se aprobará el próximo mes de septiembre en el Congreso de los Diputados para declarar al toreo Bien de Interés Cultural. Obviaremos el relato anti, que ya es sabido. Dentro del desfile de los nuestros destacaron dos voces sensatas y perfectamente entendibles: una fue la de José Antonio Soriano, recordado y querido director general de Juegos y Espectáculos Públicos de la Junta de Andalucía que, lejos de andar vendiendo humo, reconoció que no se trataba de devolver los festejos a Cataluña -un empeño estéril- sino de “dejar libertad a la gente de ir o no ir a los toros”. Soriano apuntó una idea fundamental: “sólo la oferta y la demanda debería decidir el futuro”. Hablando en plata, conseguida la supuesta panacea del bien de interés cultural, la supervivencia de la Fiesta dependerá de ella misma. Hubo una segunda voz que apabulló a pros y antis. Fue la del profesor Andrés Amorós que enhebró brillantez, firmeza, elegancia y una exhaustiva documentación para acabar con el cuadro y señalar con el dedo a ese gurú extranjero con aire de psiquiatra setentero -sustanciosoamente asalariado por el lobby abolicionista- al que sentaron en la comisión de Cultura del Congreso de los Diputados para contarnos a los españoles lo que tenemos que hacer en nuestra casa. Venga hombre…

De las alegrías en la casa del pobre…

Que dicen que duran poco. Algo parecido ha pasado en el querido -por tantas cosas- coso de Los Califas de la ciudad de Córdoba. El inesperado abandono de Antonio Tejero de la gerencia de la nueva empresa ha levantado una breve polvareda en la tierra de Séneca, acostumbrada a contemplar impasible el paso de su propia ruina. Tejero dió un portazo al venezolano Ricardo Ramírez tapándose la nariz, según sus propias palabras, por el mal olor de un guiso que se le ha indigestado a todos. Me voy, dijo Tejero en la tele. Te hemos echado, respondió Ramírez en la radio. En medio de la refriega, la propiedad de la plaza ha emitido un farragoso comunicado en el que quieren señalar al apoderado de David Mora como único interlocutor de las negociaciones en las que fue adjudicada la plaza cordobesa al tándem hispano venezolano bajo las siglas de Ramguertauro; pero Tejero quiere desamarrar todos los vínculo y niega cualquier capacidad decisoria. En medio de este berenjenal se habla de problemas de pasta y pagos. Pero nada de eso importa al aficionado cordobés que había recuperado algunos gramos de ilusión gracias a los aspectos más positivos de la breve gestión de la nueva empresa. Ahora vuelve a contemplar nubarrones negros en torno a una plaza que cumplirá sus Bodas de Oro con demasiados achaques.

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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