En la muerte de Paco Puchol

Hace pocos días, recibí la triste noticia de la muerte de Paco Puchol, tantos años compañero en el Jurado Taurino de la Diputación de Valencia y, ante todo, amigo con quien tantas veces discutí con no pocas discrepancias aunque también con gratas coincidencias, y muchas más gocé en inolvidables almuerzos en Valencia y en Sevilla. Pero nuestro trató no pasó de ahí. Por eso me complace reproducir el obituario que anteayer publicó en El Mundo quien sí fue amigo íntimo durante mucho más tiempo que yo. Con su natural manera de escribir tan bien como lo hace Javier Villán, su texto de lamento lo convierte en una magnífica semblanza que nos acerca al inolvidable personaje. Merece la pena que la lean.

José Antonio del Moral

Entre Guayasamín y Finito de Còrdoba

A los 87 años de edad, que por la intensidad de una vida exprimida siempre hasta el límite, podrían suponer  150 o una eternidad, ha muerto en Valencia Francisco Puchol; dos datos simples y escuetos para su biografía y para un recuerdo que perdurará: galerista y  descubridor de pintores, para los que tenía una mirada y un instinto especial, y aficionado taurino cabal,  más apasionado y visceral, e incluso arbitrario, que para la frialdad del arte. En los últimos años se centraba especialmente en Guayasamín del que comisarió varias muestras.

Hace unos días, amenazado  por el quirófano, me citaba para seguir en Fallas unas fiestas y unas juergas ya imposibles para él y para mí. Le quedaba solo lo que no va quedando a los que por encima de todo amamos la vida, en sus múltiples facetas, como suprema expresión de nuestra razón de ser. “La operación irá bien, no qué cosas de la puta vesícula; pero bien: somos inmortales”. No somos inmortales y Puchol salió del quirófano gastando bromas, apretando quizá la mano de su mujer y sostén perenne Catita. Era la mueca de la muerte de un fantasma de Valle Inclán, ese escritor que no acababa de entender y sobre el cual me decía  tienes que explicármelo, “yo creo que su talento y su genio tan puñetero estaba en el brazo que le faltaba”. Esa definición hubiera encantado a Valle, precisamente por valleinclanesca.

A Francisco Puchol, nacido en Vinaroz,  patria esencial del republicanismo mediterráneo, lo conocí antes por los cuadros y los pintores que por los toros. Hace exactamente treinta años en el Café de Gijón, mientras organizaba una exposición de José Diaz y otra de Cirilo Martínez Novillo. Y, a través de su generosidad hospitalaria, conocí a amigos inextinguibles de la ciudad del Turia: los Mompó, los Sáez, Juan Manuel, Javier, Maite Lartigau, la siquiatra eminente, Carmelo…Por entonces Javier Mompó era un joven colgado del flamenco y los toros, con un ejército de chicas detrás, colgadas de su apostura e inteligencia. A Puchol le gustaba sentar cátedra y escuela y Javier era su discípulo preferido, un discípulo que, a menudo, le salía respondón. Detestaba a doña Concha Piquer, pues desde su republicanismo añejo y sentimental, la culpaba  de  todos los males de Miguel de Molina, su ídolo. Afirmación  quizá no carente de sentido, más  puede que exagerada. Fervoroso de El Mundo tenía a PedroJota como un oráculo, mientras no le cabreara alguna noticia que contrariara sus convicciones. Entonces el fervor se le convertía en un movimiento de ida y vuelta, pero nunca dejó de leer el Mundo: “este puñetero engancha como los toreros que se van al pitón contrario”.

En su juventud alegre y calavera, seguía al Cordobés por que “llenaba las plazas y resucitó una Fiesta muerta”. Se hizo más clásico, haciéndose de Juan Serrano, Finito de Córdoba. Y reconociendo, ya en los últimos años, que quizá había sido injusto con Ponce y trataba de remediarlo con su conversión crítica al poncismo también más puro y clásico. Seguía manteniendo cierta ascendencia sobre Manuel Benitez. Cuando el Mundo hizo aquella serie sobre los iconos del franquismo  el Pelos se mostraba reacio; y una carta de Paco Puchol fue decisiva: “Manolo, en recuerdo de los viejos tiempos recibe a Javier Villán, no te arrepentirás”.

A la semana, el Pelos me recibía en la estación de Córdoba con un  descapotable de muchos metros, grandes abrazos y me llevaba a  Villalobillos donde me enseñó sus saberes de zahorí.   Fue un dia memorable y Begoña Rivas es testigo. Descansa, querido Paco, ya viviste bastante, da reposo a tus huesos. En vez de una oración descorcharé el mejor vino de mi bodega. Lamento que no puedas compartirlo conmigo.

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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