Pamplona ramplona (si y no)

Nos tenemos que olvidar ya de Pamplona y hasta el año que viene donde seguramente pasarán las mismas cosas buenas y malas de siempre y que Iruña las repite porque es su personalidad. Ya estamos en plena feria de julio de Valencia –la de Santiago y Jaime- y en Mont de Marsán –plaza muy interesante- y espera ya Santander para ponerse entre las primeras de julio. Sólo el haber consolidado esta feria merece un premio, cuando parecía labor de titanes. Una de las pocas que antes no existía y ahora está pujante. Un gran mérito.
Asimismo La Línea de la Concepción entre las últimas de julio –sólo en el calendario- y asoma ya la cara la sabrosa temporada de El Puerto (de Santamaría naturalmente).  Y Vitoria con sus blusas del 25 y deseando que llegue el agosto cercano para arrancar como Huelva y Pontevedra. La vida sigue.
Pero queda por decir las muchas cosas que han mejorado en la Pamplona de San Fermín. Por ejemplo, las corridas de excelente trapío no han bajado en el 2014, como ocurría, cuando llegaban las figuras. Perera, El Juli, Talavante se pusieron delante de corridas como las de sus compañeros modestos –por ejemplo y cito a dos- Francisco Marco o Esaú Fernández, encastes, momento e historia aparte. Se han visto toros todos los días y algunos preciosos en technicolor como la de Torrestrella. Y con sus cosas –son cosas de Pamplona, se dice para justificar lo ilógico- sigue siendo por su atractivo y repercusión mediática una feria sin igual, como se canta en el vals de Astrain antes de entonar el maravilloso Riau-riau.
Sin embargo a veces aparece la Pamplona ramplona, días sí días no, dando orejas por nada y negándolas por mucho, que parece pedir que le quiten su categoría de Primera y darle simplemente la de los pueblos de talanqueras. Si aquí hubiese expertos, como en las estrellas de restaurantes, en más de una ocasión habrían perdido el título. La Pamplona ramplona parece más de un día  público del Platanito o del Jesulín de las bragas, con todos los respetos, que de una plaza con verdaderos toros y verdaderos toreros como es.
Y qué pronto –es estupendo- acaban las corridas de Pamplona. En el 2014, muy pocas pasaron de las dos horas e incluso no llegaron. Es decir, a la hora tradicional. Como las de antes. Quitan tiempos muertos, que tanto daño hacen al espectáculo, y se colocan muy lejos de las dos horas y media que es la duración, desgraciadamente habitual, en casi todas las plazas en esta época con muchos tiempos para aburrir. El espectáculo necesita dinamismo.
Pamplona ramplona o incomprensible cuando protestan si el toro tarda en caer aunque ofreciendo una muerte lenta pero muy hermosa y pasan totalmente del ídolo Pablo Hermoso. O lo ya escrito por diferencia de trato con Perera y Padilla. Y también la generosidad con Fandiño. O cuando pinchan. Un pinchazo es como una condena. Ya no vale nada de lo hecho aunque la espada hay ido a lo alto. O cuando aparecen los picadores y protestan. Y los puyazos largos que rechazan. Y no digamos cómo les irritan los reiterados descabellos. Se está convirtiendo parte de la plaza en un público más animalista que taurino. Peligro. Mucho cuidado porque a este paso piden la corrida a la portuguesa.
En los encierros aparece la Pamplona sobresaliente aunque los encierrólogos, como diría Domingo Delgado de la Cámara, se inventan una historias…Estadísticas que los toros destrozan, comportamiento previsible (? ) los de los toros por las calles porque son de tal o cual ganadería… Este año patinazo con los Miuras. Los ponían los fines de semana por lo buenos que eran con los corredores y, ya ves, este año lunes, menos gente y más cornadas.
Y cómo nos cuentan las historias del periódico en la mano. Yo lo llevaba –eso sí- muy lejos de las astas un año o dos (nunca arriesgué un alamar, era de los primeros que se metían en la plaza) porque en los momentos de peligro veía que los corredores lo llevaban para que les sirviera de minicapote.  Lanzar al viento el periódico podría valer para distraer al toro y librarse del atropello o de la cornada. Pues bien, ahora nos cuentan que lo llevan ¡para cantarle al Santo en su hornacina las tres veces de los últimos cinco minutos previos!. Pues no señor, lo llevaban para lo otro y cantaban con él. ¿A quién se lo iban a dar?. Bien es verdad que la costumbre del periódico en la mano ha bajado mucho y creo que es un error porque incluso te sientes más seguro agarrándolo.
En fin, las cosas de Pamplona. Buenas o malas. Ramplonas o maravillosas en una ciudad –gloriosa sí como dice la canción universal de Astrain- que me ha emocionado tanto tantos años y que lo sigue haciendo.

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