Tras el XXV aniversario de la muerte de Paquirri.

Había sido la penúltima corrida de una campaña a la que sólo quedaba una cita. Al día siguiente esperaba el avión para viajar a Venezuela, con Isabel. Pasan de las cinco de la mañana cuando Antonio Rivera frena en la puerta del hotel Los Godos: “Despierta Paco, ya hemos llegado a Pozoblanco”.

 

Pozoblanco es el centro del Valle de los Pedroches, una pequeña ciudad emergente, capital económica de esta tierra cercada de sierras que celebra sus fiestas. En los enormes carteles pegados a las paredes, con letras grandes, el nombre de Paquirri eclipsa al de Yiyo y El Soro, que alternan con él esa tarde. El sol blanco del primer otoño espanta la madrugada y despierta a los hombres de plata que habían llegado en el volvo ranchera – siguiendo la misma ruta – casi de amanecida. Es hora de ir a la plaza a enlotar los toros de Sayalero y Bandrés: “Por la mañana fuimos al sorteo y de vuelta al hotel le comentamos a Paco los toros que le habían tocado. Avispado era el más chico, el más bonito de toda la corrida. Después de almorzar nos pusimos a jugar a las cartas. Le gustaba quitarnos el dinero a todos y no paraba hasta que nos desplumaba. Siempre tenía que ser el ganador, era como un niño chico cuando ganaba. Tenía una caja llena de pesetillas y duros para apostar en aquellas partidas inofensivas”, recuerda Rafael Torres que toreaba a las órdenes de Paquirri junto a José Pichardo, Gregorio Cruz Vélez, Rafael Muñoz y José Luis Sánchez.

 

Ha doblado el mediodía en Córdoba y el periodista Pepe Toscano hace tiempo en su casa del Brillante. Está esperando a Antonio Salmoral, el corresponsal de TVE, para marchar a Pozoblanco por la ruta de Los Villares. Ha intentado varias veces ponerse en contacto con él sin resultados y, con el tiempo encima, se dispone a salir de viaje. A punto de ponerse en la calle, Salmoral aparece finalmente. Trae la flamante cámara de video que le habían entregado por mediación de Matías Prats: “A las cuatro y diez no había llegado y me subí al coche. En ese momento llegó junto a un hijo suyo que estaba haciendo el servicio militar. Si hubiera salido algunos minutos antes, Salmoral no habría ido a Pozoblanco”, rememora Toscano, que convenció al bueno de Salmoral a pesar de sus reparos para acompañarle en ese viaje y estrenar la nueva cámara aunque Televisión Española había desestimado filmar el festejo.A aquella misma hora, en el hotel Los Godos de Pozoblanco se retiran los jugadores de una partida inocente: José Pichardo, Cruz Vélez y el matador. Rafael Torres ya se había marchado a descansar y Ramón Alvarado, tío y mozo de espadas del torero, prepara el vestido azul cobalto y oro que iba a usar aquella tarde, el mismo que había estrenado en la Feria de Abril de aquel año. Paquirri recibe la visita del ganadero Juan Luis Bandrés. Entre bromas, hace amago de llevarse el dinero que habían liquidado al torero por la tarde de Pozoblanco: es un millón y medio de 1984. Paquirri ya está vestido. Es hora de marchar a la plaza.El diesel de Pepe Toscano remonta la Sierra de Córdoba en busca del puerto del Calatraveño. La radio está averiada y la tertulia sustituye a las ondas. “En el viaje fuimos comentando las precariedades de la colaboración de Antonio con Televisión Española y al llegar a Pozoblanco comprobamos el ambientazo que se vivía en el pueblo. No pudimos meter el coche en la plaza como en otras ocasiones. Entramos allí y él se fue a un lado del burladero y yo a otro”.

 

El volvo de la cuadrilla de Paquirri también ha llegado a la plaza. Entre risas y bromas se habla de la partida. El torero anda eufórico y extrañamente comunicativo. Presume de haberlos dejado sin una peseta. En los alrededores de la plaza no cabe un alfiler. Paquirri cruza a duras penas el gentío que aguarda a los toreros y en la puerta de cuadrillas se encuentra con El Yiyo, una figura emergente que comenta con el maestro las bondades de los toros de Sayalero y Bandrés. Con el run-run del público, apenas se oye el pasodoble. Ha llegado el momento de liarse el capote de paseo y dar el paso adelante: ¡Suerte, señores!

 

Paquirri es el encargado de despachar el primer toro. Sobrado y seguro, alterna con El Soro en banderillas. Entrebarreras hay un muchacho rubio apodado Manolo que anda queriendo ser torero y del que se dice que es hijo de El Cordobés. Paquirri brinda al chico y Pepe Toscano, que se encuentra a su lado, escucha sus palabras: “Pelillos, te brindo este toro porque me caes muy bien y tienes mucha gracia”. El maestro corta una oreja casi sin despeinarse y la corrida empieza a lanzarse. Yiyo y Soro empatan a dos orejas. El valenciano ofrece los palos a Paquirri que sale apurado de un par y al correr hacia las tablas sonríe a Toscano. La plaza de Pozoblanco ya es una fiesta y en los chiqueros aguarda el cuarto de la tarde, “el más bonito”. Se llama Avispado, es negro y algo veleto.Paquirri recibe al toro en los tendidos de Sol. Rafael Torres anda al quite: “le perdió un poco el respeto a Avispado. Lo toreó pegando lances mirando al tendido. El toro era sensacional aunque en la brega le hizo dos cosas raras y en la segunda le echó mano. El toro se estaba aguantando en el burladero de la tercera suerte y Paco lo llamó desde los medios para llevarlo al caballo. El toro lo vio y se fue a por él. El caballo se estaba colocando y el toro hizo como un amago de irse para el picador. Paquirri lo llamó y en ese momento el toro se le venció por el pitón izquierdo. ¡Ay¡ Paco rectificó ligeramente pero se quedó tal cual. El toro se volvió, abriéndose, y él le perdió pocos pasos. El toro se le vuelve a colar y no le da tiempo a nada, le da medio lance y el animal le arrolla y el mete el pitón hasta la cepa”.

 

Pepe Toscano no da crédito a lo que está viendo: “cuando vi la cornada pensé que le había hecho presa, que le había hilvanado el pitón entre la taleguilla y la carne pero dio una vuelta de campana y cuando lo despidió salió un chorro de sangre enorme. Salí corriendo para la enfermería. Los que llevaban a Paquirri equivocaron el camino hacia la puerta de toriles y tuvieron que rectificar. Yo fui el tercero que entró allí. Los doctores Eliseo Morán y Ruiz González ya estaban preparados para intervenir. El cristal de la puerta estaba roto porque no encontraban la llave y tuvieron que darle una patada para abrir”.

Avispado había prendido a Paquirri, le había metido el pitón en el muslo derecho hasta la cepa. Al paso, dando lentos cabezazos, lo lleva hasta los medios. En su afán de zafarse de los pitones el torero se aferra a la cabeza del toro. La impresión en el tendido ya es de una cornada gravísima.

“Todos llegamos a la vez y el toro no hacía por nosotros. Intenté tirar de él pero era imposible. Cuando lo soltó me llevé al toro de allí y me impresioné mucho al ver como le chorreaba la sangre por el pitón derecho. Me llevé a Avispado a un extremo mientras trasladaban a Paquirri a la enfermería. Entonces se hizo presente la cuadrilla del Yiyo, al que le correspondía matar al toro, y me metí para adentro”, recuerda Rafael Torres.

El informador Pepe Toscano ya se encontraba allí: “Entró Paquirri y comenzaron los previos a la intervención. Vimos la herida y comenzaron los trámites necesarios. Llegó Salmoral y quisieron entrar más pero ya no les dejaron. Sí accedieron los médicos que habían venido de Córdoba para ver la corrida como aficionados. Taparon el cristal roto con una sábana y, a raíz de ahí, pidieron que desalojáramos la enfermería. Me salí y al poco lo hizo Salmoral después de filmar lo que todos pudimos ver por televisión”. El cirujano plástico José María Cabrera tapona la herida con el puño. Ramón Alvarado sostiene la cabeza del torero. Ruiz González corta las taleguillas y los leotardos destrozados con unas tijeras. El muslo derecho, en su tercio superior, parece partido por un inmenso hachazo y sangra mansamente. Hay dudas con el grupo sanguíneo del torero y tienen que llamar al hotel para despejarlas. Paquirri pide calma y se dirige a Eliseo Morán, el cirujano que atendía la modesta enfermería de Pozoblanco: “Doctor, yo quiero hablar con usted porque si no, no me voy a quedar tranquilo. La cornada es fuerte. Tiene al menos dos trayectorias. Una para allá y otra para acá. Abra todo lo que tenga que abrir y lo demás está en sus manos”. Paquirri pide agua, “sólo es para enjuagarme”, advierte.

En el teléfono de la enfermería, Ramón Vila requiere detalles de la cornada. En pocos minutos emprendería viaje a Córdoba. Rafael Torres ya se encontraba junto a su maestro. “Cuando llegué a la enfermería estaba sobre la camilla y los médicos ya estaban liados con él, quitándole la ropa, comprobando la gravedad de la herida. La cornada era muy grande y era imposible que allí se hiciera nada, le cabía un puño. Lo que se intentó fue cortar la hemorragia ante todo. Aquello seguía sangrando y consiguieron ligar algunas venas pero no habían ligado la de arriba, la ilíaca. Era imposible. Había que abrirle y allí no había medios para operar con aquella gravedad y el médico le advirtió de que lo tendrían que trasladar a Córdoba”.Toscano vuelve al callejón de la plaza y la gente pide noticias desde los tendidos. Yiyo corta las orejas de Avispado después de una larga faena y la lidia de los dos últimos toros, pese al triunfo de los toreros, se resuelve en medio de un clima extraño. Nadie se atreve a sacarlos a hombros. En la enfermería se lucha contrarreloj para ligar las arterias seccionadas. Todo el paquete vascular está destrozado y los médicos, después de hacer todo lo que estaba en su mano, toman la única decisión posible: “Paco tenemos que llevarte a Córdoba”. La ambulancia está dispuesta y se emprende viaje rumbo al Hospital Reina Sofía en medio de un clima angustioso.

La corrida ha terminado y Toscano vuelve a la enfermería para encontrar a Eliseo Morán, el médico, apoyado en el quicio de la puerta con la mirada ausente. Allí mismo, en el teléfono de la enfermería, se improvisa la primera crónica para Radio Cadena Española. La noticia de la gravísima cornada empieza a dar la vuelta a España.

La ambulancia vuela por aquellas carreteras angostas camino de Córdoba. Según recoge el testimonio de Pepe Toscano, “en aquella ambulancia iban el chófer, Francisco Rossi; Ramón Alvarado, Paquirri y el anestesista Paco Funes. Detrás venían otros médicos y Juan Carlos Beca Belmonte”, que en aquella temporada representaba al diestro de Barbate. Habían convenido en que si la ambulancia paraba es que Paquirri había fallecido. Efectivamente, “la ambulancia paró en la carrera del Caballo”.

Pero a Paquirri aún le quedaba un hálito de vida, según recogió Toscano del anestesista Francisco Funes: “hubo un momento en el que el cuerpo reaccionó, tomó aire, y Funes ordenó al chófer que continuara. ¡Paco, cierra la puerta y tira para adelante! Ramón Alvarado había descendido a buscar al médico que venía detrás: ¡Se muere!. No había tiempo para llegar a Reina Sofía y la ambulancia paró en el Hospital Militar, a la entrada de Córdoba.“Nos marchamos al hotel pensando que la cornada era fuerte pero no que se pudiera morir. Emprendimos el viaje a Córdoba y a mitad de camino nos encontramos con el coche de Isabel Pantoja que subía para Pozoblanco. Nos pitó, paramos y la vimos muy afectada. Como es natural tratamos de tranquilizarla, le dijimos que era una cornada sin importancia. Fuimos al hospital Reina Sofía y desde allí nos dirigieron al Militar. Cuando llegamos allí, la mujer de Ramón Vila nos hizo ver lo que pasaba. Una monjita del Hospital Militar se llevó a Isabel Pantoja a la capilla para prepararla de lo que se le venía encima”.

Toscano y Salmoral emprenden el viaje de vuelta. Saben que llevan una bomba informativa entre las manos y lamentan la mala suerte del torero. A la altura de Cerro Muriano, las luces de un coche les hace detenerse. No pueden dar crédito a lo que les están contando. Mientras, las gentes de Córdoba, como una masa silenciosa, se han ido congregando a las puertas del viejo Hospital Militar, cerrado a cal y canto y protegido por la Policía Militar. La tragedia es ya una certeza irremediable y Manuel Benítez El Cordobés se abre paso entre el gentío.

Lejos de allí, en las curvas de Villanueva de Córdoba, El Yiyo viaja en compañía de su padre y de Tomás Redondo, su apoderado, que se había empapado la guayabera con la sangre de Paquirri. Con el amargor reseco de la cornada sufrida por el maestro, desandan el camino de Madrid y escuchan con desgana un programa musical que se trunca de repente: “Interrumpimos el programa para comunicar a nuestros oyentes la muerte de Francisco Rivera Paquirri, cogido esta tarde por un toro en Pozoblanco”.

Un estercolero ha enfangado unos cuantos programas de televisión que, en el XXV aniversario de la muerte de Paquirri, sólo han acertado a remover la vida privada del gran torero y a fabular con absoluto desahogo sobre una intimidad que en este país es un papel mojado. Con pasmoso desparpajo se han lanzado hipótesis peregrinas sobre todos los aspectos de la vida del maestro de Barbate hasta rozar el ridículo. Paralelamente, se ha orquestado un repugnante linchamiento público de otra gran artista, Isabel Pantoja, que, pese a quien pese, es la viuda del torero y ya era número uno en lo suyo antes de su matrimonio.

Un gran torero. Es lo que fue por encima de todo. Un diestro poderoso que, desde la nada, se hizo primera figura gracias a su afán por ser el mejor. Paquirri no es la anécdota de este tinglado mediático que se ha montado en torno a su figura, es la piedra angular. No se ha instalado en la historia del toreo por ser el marido o el padre de nadie. Encumbrado a la primera fila tras una épica faena a un fiero toro de Torrestrella en la plaza de Las Ventas, el diestro de Barbate lideró el toreo y alcanzó la máxima cotización. Cuando llegó la tragedia de Pozoblanco navegaba en sus postrimerías y mantenía intacto su caché y una altísima popularidad. Su muerte fue ejemplar y puso en la senda del toreo a un puñado de muchachos que tomaron la alternativa a comienzos de los 90. Ésa fue su mejor herencia. Y ahora, que le dejen descansar en paz.

A. R. del Moral

A. R. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

2 Resultados

  1. graciano dice:

    ¡Joder que bien escribes!, Lo suscribo de principio a fin.

  2. paolo dice:

    Gracias Alvaro por escribir estas lineas tan sinceras, emotivas y hasta toreras que, junto a las de tu sobrino, son las mejores entre las que hemos podido leer (y escuchar) en estos dias de muchas palabras y poco conocimiento!

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