8ª del Pilar en Zaragoza. Un toro de bandera

8ª del Pilar en Zaragoza. Un toro de bandera

 

 

Zaragoza. Plaza de la Misericordia. Jueves, 15 de octubre de 2009, octava de la Feria del Pilar. Dos tercios de entrada. Cinco toros de Antonio Bañuelos, de gran trapío. Hubo de todo; el segundo fue extraordinario. Un sobrero de Antonio Palla, manso de solemnidad. José Luis Moreno (de grana y oro), aviso y silencio. Saludos desde el tercio. Antonio Ferrera (de grana y oro), oreja. Aviso y saludos desde el tercio. Diego Urdiales (de rioja y oro), silencio. Aviso y silencio. Se guardó un minuto de silencio por el fallecimiento de  Juan Posada, matador de toros y periodista.

 

En principio estaba anunciada una corrida de Alcurrucén, desechada por su desigual presentación, según nos dicen. Fue sustituida por un encierro de Antonio Bañuelos de espectacular trapío, de las corridas más serias que se han visto lidiar esta temporada. Resulta sorprendente que esta corrida estuviera a estas alturas en el campo, compuesta y sin novio.

 

El juego que ofrecieron los toros de Bañuelos fue dispar. Pero salió “Acelerado”, un toro extraordinario que mereció la vuelta al ruedo. Cumplió bien en el caballo en los dos puyazos que recibió y, a partir de ahí, fue a más: en banderillas galopó con gran alegría y se comía literalmente la muleta, con una embestida pronta, larga y repetidora. Además era un toro muy serio que, por sus pitones corniveletos y astifinos, parecía un toro del Conde de la Corte. Lo mejor que Antonio Ferrera hizo a este toro fue banderillearlo, sobre todo con un par de poder a poder muy expuesto, y otro gran par al cambio…

 

Pero con la franela Ferrera estuvo por debajo del toro. Se pueden rescatar dos series ligadas con la mano derecha pero toreando al toro por fuera. Prácticamente no existió toreo al natural y se vio a un Antonio Ferrera muy conservador que no apostó nada. Con esta clase de toros hay que romperse y el toro se fue con tres faenas dentro. No se lo lució ni se le sacó su potencial. Eso sí, la estocada fue buena, y fue a parar una oreja a manos de Antonio Ferrera. Pero el toro era de rabo, de consagración. Pero Ferrera no se consagró. Con toros así se ve la capacidad de los toreros y muy pocos están a la altura. Cuando un toro repite, y repite, y repite incansable, hay muy pocos toreros capaces de atornillar los pies al suelo y aguantar la presión de un toro en constante ataque. El público se dio cuenta de la gran categoría de “Acelerado” y pidió la vuelta al ruedo, pero una Presidencia insensible no accedió al galardón. Galardón merecidísimo.

 

El resto de la corrida fue otra cosa, con toros más mansos y con menos raza. Pero hubo otro que, sin llegar a la condición de “Acelerado”, fue bastante bueno: el quinto de la tarde. Es decir, la otra res que cayó en manos de Antonio Ferrera. Este quinto solo tenía un defecto, que no humillaba. Pero fue también muy pronto y alegre. Ferrera hizo una lidia calcada de la de “Acelerado”: estuvo muy expuesto y variado con las banderillas, destacando un par al cambio extraordinario cuadrando en la misma cara del toro; y con la muleta hizo un toreo por fuera, abusando del pico, de muleta retrasada, y dando los pases uno a uno, sin ligazón. Tras dos pinchazos y una estocada baja, saludó desde el tercio. Ferrera dio una imagen triste con un lote al que podían habérsele cortado tres e incluso cuatro orejas… Parece que Antonio Ferrera ya ha dado de sí todo lo que tenía que dar.

 

José Luis Moreno no se acopló con el primero de la tarde. Era un toro de gran volumen y con una embestida un tanto discontinua. Pero, a pesar de que punteaba y no terminaba de humillar, repetía y era noble. Faena cargada de buenas intenciones, con algún buen muletazo aislado, pero el torero no se asentó, no hubo temple ni ligazón. Estuvo mejor con el cuarto de la tarde. Un toro mansito y rajado con una gran tendencia a las tablas, pero que tenía su nobleza, sobre todo por el pitón izquierdo. En tablas Moreno estuvo valiente, entregado y sacó algunos buenos naturales.

 

Diego Urdiales se encontró en primer lugar con un sobrero de Antonio Palla que fue manso de solemnidad. Huía constantemente al hilo de las tablas. Urdiales hizo exactamente lo que había que hacer: quitárselo de delante cuanto antes. El lucimiento era imposible. Y ¡ojo con estos toros! Como uno se empeñe en torearlos, el tiempo pasa y, al final, se ve uno en un aprieto. Hay que quitarlos de en medio lo antes posible. Y así lo hizo Diego Urdiales.

 

El Presidente se precipitó devolviendo al corral el toro de Bañuelos. Efectivamente, estaba blandeando, pero sacó el pañuelo verde muy pronto. Le sustituyó uno de Antonio Palla completamente podrido que también hubo que devolver. Y después, este manso de solemnidad. ¡Vaya ganadería!, desconocida y sin ningún historial. Seguramente hay ganaderías que tienen toros en el campo mucho mejores, porque este año, precisamente, los toros han sobrado.

 

El sexto fue un toro que manseó en el caballo y que posiblemente no viera por el lado izquierdo, pues cada vez que los toreros se ponían por el pitón izquierdo, el toro embestía cruzado. Por ello Urdiales basó la faena en la mano derecha y surgieron los muletazos más toreros de la tarde. Un toreo compuesto, clásico y suave. La faena tuvo desigualdades porque el toro embestía con genio, sin una embestida uniforme. Pero Urdiales lo aprovecho bien por el pitón derecho. Era muy difícil entrar a matar: el toro esperaba con la cara arriba. Necesitó dos pinchazos y una estocada muy baja, lo que deslució la labor de Urdiales. Pero estuvo muy bien.

 

El festejo había comenzado con un minuto de silencio en memoria del matador de toros y periodista Juan Posada. Además de un matador de éxito en los muy primeros años cincuenta, Posada ha sido un gran escritor taurino que ha dejado grandes obras para la literatura de la Fiesta. Quiero destacar “Belmonte, el sueño de Joselito”, uno de los libros sobre la Fiesta más originales y sensibles que se han escrito nunca. Posada era un buen hombre y la noticia de su muerte nos ha llenado de tristeza. Espero que allá arriba pueda hablar de toros con su gran ídolo Juan Belmonte… Descase en paz.

 

 

 

 

 

 

Ayer en Zaragoza se lidió un toro de bandera: “Acelerado”, número 109, negro meano, de 503 kilogramos y de la ganadería de Antonio Bañuelos. Un toro de esos que salen muy de tarde en tarde. Un toro que nos llena de ilusión y nos confirma que la bravura existe todavía. Cayó en las manos de Antonio Ferrera y, a pesar de que el extremeño cortó una oreja, estuvo siempre por debajo del toro y no sacó ni la mitad del potencial que “Acelerado” llevaba dentro. Y es que, como decía Belmonte, Dios te libre de un toro bravo. Cuando salen toros así, se ve rápidamente el techo de un torero.

 

Zaragoza. Plaza de la Misericordia. Jueves, 15 de octubre de 2009, octava de la Feria del Pilar. Dos tercios de entrada. Cinco toros de Antonio Bañuelos, de gran trapío. Hubo de todo; el segundo fue extraordinario. Un sobrero de Antonio Palla, manso de solemnidad. José Luis Moreno (de grana y oro), aviso y silencio. Saludos desde el tercio. Antonio Ferrera (de grana y oro), oreja. Aviso y saludos desde el tercio. Diego Urdiales (de rioja y oro), silencio. Aviso y silencio. Se guardó un minuto de silencio por el fallecimiento de  Juan Posada, matador de toros y periodista.

 

En principio estaba anunciada una corrida de Alcurrucén, desechada por su desigual presentación, según nos dicen. Fue sustituida por un encierro de Antonio Bañuelos de espectacular trapío, de las corridas más serias que se han visto lidiar esta temporada. Resulta sorprendente que esta corrida estuviera a estas alturas en el campo, compuesta y sin novio.

 

El juego que ofrecieron los toros de Bañuelos fue dispar. Pero salió “Acelerado”, un toro extraordinario que mereció la vuelta al ruedo. Cumplió bien en el caballo en los dos puyazos que recibió y, a partir de ahí, fue a más: en banderillas galopó con gran alegría y se comía literalmente la muleta, con una embestida pronta, larga y repetidora. Además era un toro muy serio que, por sus pitones corniveletos y astifinos, parecía un toro del Conde de la Corte. Lo mejor que Antonio Ferrera hizo a este toro fue banderillearlo, sobre todo con un par de poder a poder muy expuesto, y otro gran par al cambio…

 

Pero con la franela Ferrera estuvo por debajo del toro. Se pueden rescatar dos series ligadas con la mano derecha pero toreando al toro por fuera. Prácticamente no existió toreo al natural y se vio a un Antonio Ferrera muy conservador que no apostó nada. Con esta clase de toros hay que romperse y el toro se fue con tres faenas dentro. No se lo lució ni se le sacó su potencial. Eso sí, la estocada fue buena, y fue a parar una oreja a manos de Antonio Ferrera. Pero el toro era de rabo, de consagración. Pero Ferrera no se consagró. Con toros así se ve la capacidad de los toreros y muy pocos están a la altura. Cuando un toro repite, y repite, y repite incansable, hay muy pocos toreros capaces de atornillar los pies al suelo y aguantar la presión de un toro en constante ataque. El público se dio cuenta de la gran categoría de “Acelerado” y pidió la vuelta al ruedo, pero una Presidencia insensible no accedió al galardón. Galardón merecidísimo.

 

El resto de la corrida fue otra cosa, con toros más mansos y con menos raza. Pero hubo otro que, sin llegar a la condición de “Acelerado”, fue bastante bueno: el quinto de la tarde. Es decir, la otra res que cayó en manos de Antonio Ferrera. Este quinto solo tenía un defecto, que no humillaba. Pero fue también muy pronto y alegre. Ferrera hizo una lidia calcada de la de “Acelerado”: estuvo muy expuesto y variado con las banderillas, destacando un par al cambio extraordinario cuadrando en la misma cara del toro; y con la muleta hizo un toreo por fuera, abusando del pico, de muleta retrasada, y dando los pases uno a uno, sin ligazón. Tras dos pinchazos y una estocada baja, saludó desde el tercio. Ferrera dio una imagen triste con un lote al que podían habérsele cortado tres e incluso cuatro orejas… Parece que Antonio Ferrera ya ha dado de sí todo lo que tenía que dar.

 

José Luis Moreno no se acopló con el primero de la tarde. Era un toro de gran volumen y con una embestida un tanto discontinua. Pero, a pesar de que punteaba y no terminaba de humillar, repetía y era noble. Faena cargada de buenas intenciones, con algún buen muletazo aislado, pero el torero no se asentó, no hubo temple ni ligazón. Estuvo mejor con el cuarto de la tarde. Un toro mansito y rajado con una gran tendencia a las tablas, pero que tenía su nobleza, sobre todo por el pitón izquierdo. En tablas Moreno estuvo valiente, entregado y sacó algunos buenos naturales.

 

Diego Urdiales se encontró en primer lugar con un sobrero de Antonio Palla que fue manso de solemnidad. Huía constantemente al hilo de las tablas. Urdiales hizo exactamente lo que había que hacer: quitárselo de delante cuanto antes. El lucimiento era imposible. Y ¡ojo con estos toros! Como uno se empeñe en torearlos, el tiempo pasa y, al final, se ve uno en un aprieto. Hay que quitarlos de en medio lo antes posible. Y así lo hizo Diego Urdiales.

 

El Presidente se precipitó devolviendo al corral el toro de Bañuelos. Efectivamente, estaba blandeando, pero sacó el pañuelo verde muy pronto. Le sustituyó uno de Antonio Palla completamente podrido que también hubo que devolver. Y después, este manso de solemnidad. ¡Vaya ganadería!, desconocida y sin ningún historial. Seguramente hay ganaderías que tienen toros en el campo mucho mejores, porque este año, precisamente, los toros han sobrado.

 

El sexto fue un toro que manseó en el caballo y que posiblemente no viera por el lado izquierdo, pues cada vez que los toreros se ponían por el pitón izquierdo, el toro embestía cruzado. Por ello Urdiales basó la faena en la mano derecha y surgieron los muletazos más toreros de la tarde. Un toreo compuesto, clásico y suave. La faena tuvo desigualdades porque el toro embestía con genio, sin una embestida uniforme. Pero Urdiales lo aprovecho bien por el pitón derecho. Era muy difícil entrar a matar: el toro esperaba con la cara arriba. Necesitó dos pinchazos y una estocada muy baja, lo que deslució la labor de Urdiales. Pero estuvo muy bien.

 

El festejo había comenzado con un minuto de silencio en memoria del matador de toros y periodista Juan Posada. Además de un matador de éxito en los muy primeros años cincuenta, Posada ha sido un gran escritor taurino que ha dejado grandes obras para la literatura de la Fiesta. Quiero destacar “Belmonte, el sueño de Joselito”, uno de los libros sobre la Fiesta más originales y sensibles que se han escrito nunca. Posada era un buen hombre y la noticia de su muerte nos ha llenado de tristeza. Espero que allá arriba pueda hablar de toros con su gran ídolo Juan Belmonte… Descase en paz.

 

1 Resultado

  1. josem dice:

    no estoy nada de acuerdo con mi admirado José Antonio, estar delante de ese vendaval de bravura y con esos pitones era muy difícil, Ferrera no es santo de mi devoción pero estuvo muy digno e intentando por todos los medios que no se lo comiera, dentro de su estilo lo logró. Admiro profundamente a figuras de hoy como Juli o Manzanares pero jamás los veremos frente a toros como éstos, siempre les tocan a los mismos y además se les critica

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