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Corrida homenaje a Enrique Ponce en Nimes. Histórica mañana del gran maestro que nos hizo vivir momentos sublimes y salió a hombros por la Puerta de los Cónsules

La enorme expectación que había levantado este sin duda singular acontecimiento, inmerso en la Feria de Pentecostés de Nimes, quedó cumplida con sobradas creces. El gran maestro valenciano celebró sus bodas de plata como matador de toros también en la ciudad francesa y en el ruedo ovalado de su Coliseo Romano que tantísimos triunfos ha venido obteniendo a lo largo de los 25 – ya casi 26 – años que lleva en la cumbre del toreo ininterrumpidamente.

Quiso hacerlo con una corrida de carácter más que extraordinario en el que, por supuesto, puso todo de su parte para que fuera un gran éxito el empresario galo-español, Simón Casas, que desde hace mucho tiempo se ha hecho famoso, precisamente, por ser el responsable de inolvidables acontecimientos sucedidos en esta plaza, única en el mundo. Ponce le brindó muy merecidamente el séptimo toro de la jornada.

Las reses lidiadas, de justo trapío y hechuras ideales para que embistieran salvo el sobrero de regalo que fue el de más cuajo o más serio de cara dando no tan buen juego como el de excepcional clase, ambos de Juan Pedro Domecq. Los seis recibieron dos puyazos en distintos grados de fuerza y de bravura.

De los de lidia a pie, Ponce mató cuatro toros que al final fueron cinco de distintas ganaderías en compañía – no en lo que se llama mano a mano porque eso es imposible – del gran rejoneador navarro Pablo Hermoso de Mendoza que mató dos de Fermín Bohórquez de muy buen juego. El primero para abrir el espectáculo y el que hizo de cuarto en forma de intermedio.

Pablo cumplió su papel magníficamente, salvo con el rejón de muerte en su segundo oponente, lo que le impidió cortar cuatro orejas – logró las dos de toro que abrió plaza – y haber podido acompañar a Ponce en su multitudinaria salida a hombros por la llamada Puerta de Los Cónsules que es algo parecida en la de superior rango, llamada Puerta del Príncipe de la Real Maestranza de Sevilla.

Ponce lo consiguió al cortar las dos orejas de los dos últimos toros que mató – el sexto y el séptimo como sobrero de regalo – aunque podría haber cortado una del primero, de Alcurrucén, de haber accedido la presidencia a la solicitud del público, y las dos del tercero que perdió con el descabello. En el único toro que no habría cortado ninguna fue en el que dio nulo juego, el de Domingo Hernández, mira por donde con la divisa de una de las vacadas más apetecidas por las grandes figuras en la actualidad.

Enrique estoqueó al primer envite con muy buenas estocadas a los cinco toros que enfrentó. Pero en la ejecución de una de ellas, la del sexto de Juan Pedro Domecq al que cuajó una gran faena de su muy especial cosecha llegando a sobrepasar y llegar al éxtasis en diversos pasajes muleteros de puro regodeo, sucedió algo que nunca habíamos visto: al tiempo que se perfilaba para entrarlo a matar, desde las filas bajas de un tendido, el gran tenor italiano, Francesco de Muro, se arrancó a capella con la última parte de área principal de la ópera Turandot, el famosísimo y emocionantísimo  Nesun Dorna, y la culminó en el mismo instante que caía fulminado el animal ante los mismos pies de Enrique, gracias a la gran estocada que recibió tan oportunamente. Ni ensayado podría haber salido mejor… El público, que ya estaba viendo en pie el último tramo de la portentosa a la vez que exquisita además de variada obra muletera, cayó en un estado colectivo de éxtasis y hasta de locura por lo que acababa de suceder.

Uno lleva ya en casi nueve mil corridas vistas y confieso que jamás había vivido un momento tan bello, tan hermoso, tan bonito, tan difícil de volverlo a disfrutar… Ponce llegó así también al momento más cenital de su larguísima carera.

Pero, no contento con eso y aún después de conseguir volver locos de pasión y de emoción a las 20.000 personas que abarrotaban el recinto – se puso el no hay billetes –, Ponce se acercó hasta la presidencia para pedir que le autorizaran a regalar y matar un sobrero que, también de Juan Pedro Domecq, sacó mucho temperamento y no pocas dificultades, todas superadas por Enrique a base de jugarse muchas veces ser cogido y corneado. Nada que ver este animal con el anterior de la misma ganadería llamado “Bobito” que fue de los de gran clase entre los mejores que hayan lidiado tanto Juan Pedro Domecq padre, que en paz descanse, como su hijo del mismo nombre y apellido. Presente en el callejón, tan emocionado y contento como cuantos allí estábamos. Y más satisfecho que ninguno. Una vez recogidas las dos orejas que le fueron concedidas  y pasearlas a hombros de miembros de su cuadrilla, empezando por quien fue su tercer banderillero durante mucho años, Jean Marie Bourret, a Ponce lo sacaron por la Puerta de Los Cónsules y así fue llevado en volandas por las calles abarrotadas de un entusiasmado público hasta el hotel donde se vistió con el mismo terno que estrenó en su corrida de las pasadas Fallas. Un vestido azul turquí, por cierto no bordado como todos los que ha usado y continua usando, el llamado de jarrones, sino con hojas de naranjo y flores de azahar…que le fue regalado este año por su íntimos amigos y seguidores, Michael Wigram, su hija Irene, Jordi García Inglés, José Bresó, Paquito Villaverde y el gran fotógrafo bilbaíno Manu de Alba y su esposa Pilar.

Ya habíamos dejado atrás los inesperados contratiempos que a Ponce estuvieron a poco de amargarle la fiesta. A saber y sobre todo el viento, que no dejó de molestar y en varios momentos mucho. Que la presidencia se negara a conceder la oreja de su primer toro al que hizo una importante faena que otro torero no habría logrado con este mismo toro a su mismo nivel y al que, además, mató muy bien. Que el cuarto de Domingo Hernández no valiera para nada. Y que el quinto de Victoriano del Río no doblara tras recibir una buena y única estocada por lo que tuvo que descabellar.

Hubo ayer en Nimes mientras toreó Ponce momentos también sublimes que encantaron al propio matador y al público a cargo de la banda de música que dirige el alcalde del cercano pueblo de Meynes, Rudy Nasy, virtuoso y oportuno donde los haya eligiendo adecuados repertorios.

La gran faena no premiada a cuenta de los descabellos, fue amenizada por la música de la banda sonora de la película “Misión”. La del toro cumbre de Juan Pedro, con el pasodoble Martín Agüero. Y la del sexto toro, con una de las melodías que más han hecho llorar de pasión a los franceses, L´hymne a L´mour  de Edit Piaf…

Como en tantas plazas y lugares de todo el mundo taurino, en la ciudad francesa de Nimes y fundamentalmente en su plaza de toros, famosísima por ser uno de los escenarios taurámacos más importantes de cuantos tapizan en sur de Francia y, desde luego, históricos por su más que biminelaria existencia pues se trata de un coliseo de los tiempos de la dominación de parte del territorio galo bajo el Imperio Romano, Enrique Ponce ha vuelto a demostrar su excepcional categoría como torero fuera de cualquier serie y como persona sensata, inteligente y cabal. A estas alturas de su insuperada en insuperable carrera, el rendido homenaje que ayer por la mañana se le ofreció en la gran capital taurina de las Galias fue digno de hacer el viaje abandonado la feria de San Isidro. Tras el paseíllo de por sí tan solemne como espectacular a los sones de la marcha El Toreador de la ópera Carmen, toda la plaza en pie rindió cortesía a este emperador del toreo inagotable. Viéndole recoger en los medios tantos aplausos y gritos de admiración y de cariño después de que el Alcalde de Nimes, Jean Paul Fornier, le diera la medalla de la ciudad y se le entregara un cocodrilo de bronce sobre una peana de mármol, el símbolo de la ciudad, empezó a ponérsenos la carne de gallina. Solamente nos volvió a su estado natural varios minutos después de terminar la corrida. Regresamos a Las Ventas.

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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