Quito (Ecuador). Enrique Ponce, histórico en el festival Virgen Esperanza de Triana

 

Plaza de Toros Belmonte. Quinto Festival “Virgen Esperanza de Triana”. Lleno de no hay billetes. Enrique Ponce como único espada. Dos novillos de Huagrahuasi (1º y 4º) y dos de Triana (2º y 3º) de correcta presentación, salvo el tercero, y de juego variable, destacando el 1º por su buen juego, nobleza y fondo. Enrique Ponce: Oreja, saludos, saludos y oreja. Gran noche de todos los banderilleros. A la mitad del festejo, El Círculo de Amigos de la Dinastía Bienvenida rindió un justo y emotivo homenaje al Doctor Guillermo Acosta Velasco, querido ángel guardián de la vida de los toreros en el Ecuador.

 

Un festival que tuvo de todo. Para empezar espantó a la fuerte lluvia que cayó minutos antes de la hora señalada, como para decir que en época de sequía San Pedro es taurino. La segunda sorpresa fue “la cuadrilla” que acompañó al Maestro Ponce en la tradicional procesión de la Virgen de la Esperanza de Triana. En lugar de hacerlo con sus asistencias, la cuadrilla esta vez la completaron Esteban Paz, dirigente del equipo Liga Deportiva Universitaria, Iván Vallejo, ascensionista ecuatoriano y David Fandila “El Fandi”. Una procesión que lleva mucha magia, momento de recogimiento para todos. Como para recordarle al mundo que el toreo es un rito y para pedirle a la virgen que le eche un capote a la Fiesta también. Hasta ahí las sorpresas. Lo que vino después no lo fue. Porque la maestría del de Chiva ya no es sorpresa para nadie, aunque después de 20 años todavía hay algunos que emprenden la quimera de la negación. Pobres, no saben lo que ven.

 

Lo mejor de la noche vino con el primer astado, número 120 de Huagrahuasi, de 385 kilos. Una faena que si no fue perfecta estuvo muy cerca de serlo. Porque desde el saludo capotero hasta la última tanda de muleta Enrique Ponce hizo gala de un temple y de una elegancia que solo pueden ser fruto de la auténtica sabiduría torera. Perfección absoluta en el manejo de los tiempos y las distancias, ni más ni menos de lo que pedía su oponente. De ahí que Ponce pudo relajarse y torear despacio, como de salón, con verticalidad y naturalidad pasmosa. Faena de máximos trofeos por medida, emotiva y limpia. Máximos trofeos aquí, en China o donde usted celebre festejos taurinos. Máximos trofeos que desde una lectura más reglamentaria se fueron con la espada, aunque con el verduguillo también dio cátedra el valenciano. Creo recordar que le dieron una oreja, cosa que ante una faena excepcional pasa al terreno de la anécdota. Después de lo visto, de la dimensión mostrada por Ponce, los premios pasan a segundo plano pues la faena misma es un premio.

 

A partir del segundo, el festejo fue cuesta arriba, gracias al comportamiento dispar y lleno de complejidades que presentaron los novillos. Yo me atrevo decir que en otras manos, ahora estaríamos hablando de una autentica encerrona o de una tragedia. La voluntad del Maestro, convirtió al ruedo de la Belmonte en un estrado desde donde impartió su magisterio y a los asistentes en sus alumnos. Porque anoche con Ponce todos aprendimos un poco más respecto al Arte del bien torear.

 

El segundo de la noche tuvo un comportamiento prometedor en el capote, metiendo muy bien la cabeza, aunque evidenciando siempre falta de fuerza. Quitó Ponce por delantales y basto para que en banderillas se viniera a menos el novillo. Aún ante esa adversidad, Ponce logro algunas series ligadas y de merito, siempre a favor de su oponente. Labor firme y de enorme pulso. Ovación con saludos.

 

El tercero fue el garbanzo negro del encierro. Feo de hechuras y más feo en el comportamiento. Un novillo que hubiera desbordado a cualquiera de los “modernos maestros del toreo”. A Enrique Ponce lo llevó al punto máximo de su entrega y a sacar lo mejor de su enorme sapiencia taurina. Un astado que aprendió rápido y que desarrolló un peligro sordo que aumentó hasta poner en aprietos al Maestro de Chiva, quien lejos de desentenderse se entregó a una labor de gran calado en los tendidos, por el peligro e intensidad que transmitía el novillo y por la magistral entrega del torero. Oponente ingrato para tan enorme torería. Enrique lo despachó con habilidad y al caer el novillo vino el recuerdo para la vaca, tanto del Maestro como de los que vimos la faena. Novillete con mucha guasa y que pudo convertir el festival en un mal momento. Menos mal que al frente estuvo Ponce.

 

Con el cuarto y último de la noche, vimos al Enrique Ponce de la variedad y de la paciencia. Un novillo que no fue bueno pero que tuvo la suerte de caer en manos del Maestro. Entonces no pareció tan malo. Gran virtud la de Ponce. A cada toro su lidia. A este cuarto, un novillo complicado, lo toreó con gran técnica y con un dominio, nuevamente perfecto, de los tiempos y las distancias. ¡Eso es el toreo! En época de faenas prefabricadas, ciegamente planteadas en las cercanías, Enrique Ponce demuestra que el toreo es y será un ejercicio de inteligencia y que la elección de los terrenos, el tempo y la distancia es fundamental para que exista una diferencia entre torear y destorear. Temple grande y cartucho de pescao para ponerle el broche perfecto a una noche cargada de torería y maestría. A Enrique Ponce le dieron otra anecdótica oreja y se lo llevaron a hombros por la calle Antepara. No podía haber otro final para una noche inolvidable y que será valorada a más en el futuro.

 

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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