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Feria de Santiago en Santander. Emocionante pelea del Álamo y «Florista»

ROSARIO PÉREZ / ABC

El salmantino triunfa con una seria corrida de Joselito

Las banderas piratas ondeaban en los tendidos bajo un cielo panza de burra que amenazaba lluvia. Quiso dar tregua cuando apareció por toriles el quinto, que acaparó toda la atención, con su pelaje castaño, sus 547 kilos y su número 39 herrado. No era un toro bravo de ensueño, pero portaba unos genes de casta que invadieron de emoción la arena chocolate de Cuatro Caminos. Los tendidos no perdían de vista a «Florista», que apenas admitía errores. Mucho que torear tenía el ejemplar de Joselito, que lidió una señora corrida de toros con sus dos hierros de La Reina y El Tajo, algunos de trapío de primera. Del Tajo era este 39. Treinta y nueve escalones llevaba por título un thriller de Hitchcock. Y escaleras de suspense, de toma y daca, hubo en la obra de Juan del Álamo con un ejemplar al que apenas castigó en varas, de difícil dominio y que a más de uno hubiese hecho pasar un trago.

Cuando apostó con convicción, dos tandas iluminaron la valerosa faena, con unos naturales de tela adelantada y tirando con mando.Emocionante lucha y desigual la enrazada embestida, que se mezclaba con genio. En una de esas llegó a partirle la ayuda y a mandarle un recado a la barriga, pero no importó: más crecido volvió a la pelea el meritorio Álamo, que lo cazó de una certera estocada y propició la doble pañolada. La segunda oreja pareció en compensación a la racanería en el segundo, en el que la solicitud de premio se quedó en vuelta al ruedo. Había echado en ese las dos rodillas por tierra para abrir boca. Erguido ya, trazó vibrantes pases con el bizco rebrincado. No quiso apretarlo demasiado, aunque sacó series aclamadas; si llega a pasárselo más cerca… el acabóse. Por el izquierdo se quedaba cortito y sin recorrido, y el charro acabó con un arrimón.

Para arrimones, los soberanos que se pegó Jiménez Fortes. En el quite por chicuelinas no se ciñó: directamente se fundió con«Guardián». El eco del «huy» llegó al Sardinero cuando se plantó de hinojos en un racimo de muletazos y dejó un invertido de infarto. Ídem antes de tomar la zurda, con el medio pecho ofrecido ante un rival apalancado y de corto viaje. Sereno el valor del malagueño. Asentadas las zapatillas, aunque abusó de encimismo y de las circunferencias inversas; no se lo echó a los lomos de milagro. El alma en vilo… Más aún cuando abrochó con unas bernadinas de lexatín, de espacios imposibles. Bárbaro, pero el pinchazo enfrió demasiado los ánimos y ni le regalaron unas palmas. Tampoco pudo sumar con el manso sexto, que se desentendía de las telas con sus dos perchas y en el que alargó más que en la historia interminable.

El sexteto se estrenó con un toro de La Reina con toda la barba, serio y astifino, de 562 kilos, al que Padilla zurró lo suyo en varas. Le echó alguna miradita y el Ciclón le dio matarile con brevedad. Más le agradó el guapetón cuarto, al que sí banderilleó mientras arreciaba la lluvia, con un violinazo de clamor. Noble y bueno este «Atlético», con el que compuso algún pasaje entonado antes de sufrir un susto. Molinetes y desplantes alegraron la cosa, pero por debajo del futbolero 55, que era su número. La tarde fue del 39 y Álamo.

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