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Última de Santiago en Santander. La ilusión del nuevo Rey

ROSARIO PÉREZ/ABC

El nuevo matador corta una oreja con una corrida de Juan Pedro sin casta ni clase

El tren de la tarde se desbocaba al precipicio con una corrida de Juan Pedro Domecq con menos clase que un esmoquin con chanclas. Ni clase, ni casta, ni bravura, ni nada de nada. Deslucida total. Tuvo que aparecer el sexto, con el hierro de Parladé, para que aquello no descarrilara. Y a un tranvía llamado deseo se subió Fernando Rey, que apenas dos horas antes se había doctorado de la mano de Morante y Talavante, despedidos entre almohadillas y una fuerte división de opiniones.

Cuatro Caminos acababa de coronar «Rey» a Fernando, que había echado las dos rodillas por tierra en la bienvenida al último toro, con tres largas cambiadas unidas a vibrantes lances. Ambición y variedad, con el galleo por Chicuelo y unas zapopinas que pusieron en pie a una plaza que conmemoraba su 125 aniversario. Retumbaban los gritos de «¡torero, torero!» de un público hambriento de triunfo. Al respetable brindó y en el platillo se plantó para cincelar unos pases del péndulo de tremenda emoción: «Inductor» se paró y se entretuvo con las banderillas a mitad de camino para dirigirse luego como un obús a la jurisdicción del joven. Acongojante: ni el aire cabía entre ambos. Con el ambiente a favor de obra y la máxima de querer es poder, el malagueño no escatimó en disposición y ligó meritorias series, pues el domecq no era ninguna perita en dulce, se movía con transmisión pero sin calidades. Este Rey no era Fernando «el Deseado» sino el «Deseoso». Todo entrega, se postró de hinojos de nuevo con muletazos y desplantes muy jaleaedos. Desgranó naturales de uno en uno antes de perfilarse para matar, donde precisamente falló el novel.No importó: se ganó una oreja.

Otra más pudo cortar al de la alternativa si no llega a fallar con el acero. Este acapachado juampedro, sin andar sobrado de fuerzas, metió bien la cara en el capote de Fernando Rey. Prometió la faena desde el comienzo: lo hizo con temple y buscó la ligazón a derechas, aunque no era fácil con un animal tan bondadoso como distraidote, que quería desentenderse de aquello. A izquierdas no se sintió a gusto, pero culminó con un estupendo pectoral. Una trincherilla precedió a las ceñidas bernadinas antes de una dramática hora final, en la que sufrió un feo volteretón. Soberana la paliza que se llevó en la arena, con «Escritor» pisoteándolo. Noqueado, se lo llevaron hasta el callejón, pero volvió a salir para dar cuenta del primer toro de su vida. Las de Caín pasó para pasaportarlo entre los ánimos de los rebosantes tendidos.

El segundo salió renqueante de chiqueros y lo acusó más al estrellarse contra el burladero. Morante, que no pudo inspirarse en el saludo, pintó una linda verónica a la salida del peto. Los doblones del inicio contuvieron torería, acrecentada con un cambio de mano superior. Una gozada que duró poco. «Susurro», muerto en vida, no estaba ni para tararearle suave al oído. Penosa la imagen del animalito, unida a unos pitones sui generis…

No mejoró la cosa en el inválido cuarto, con menos aguante que una pompa de jabón. El toro era de pañuelo verde, pero ahí que se mantuvo. Luego el sevillano lo sostuvo en algunos muletazos de brillantez imposible. Nueva decepción para el morantismo. Y van… Al genio, pese a tener el privilegio de elegir sus divisas, no le embiste ni el carretón.

Nos las prometíamos felices con Talavante, en un momento sensacional. Pero el tercero también andaba justito de fuerzas y para colmo se pegó una costalada en el capote de Trujillo. El extremeño, que lo saludó con personales lances, hizo soñar en los estatuarios y la bonita firma. La pesadilla llegó antes que pronto: por el zurdo le pegó un tornillazo que hizo volar la muleta por los aires, aunque con paciencia y técnica esbozó algunas series de buen son. Muy por encima Alejandro, exprimiendo al toro y aprovechando la inercia de la embestida con muletazos de cierta hondura, pero no la suficiente por la condición del juampedro. Como la fe no hay que perderla, en el quinto nos colocó las lentes rosas desde su bienvenida con unas cordonibas engarzadasa verónicas y una media cosida a la cadera. La esperanza se difuminó pronto. El toro, sin clase, echaba la cara arriba y pegaba brutos tornillazos. Le partió el estaquillador y Talavante se marchó a por la espada a sabiendas de que no había material con el que crear. El único que no perdió la ilusión fue Rey, con los lógicos defectos por pulir, pero con la hierba en la boca. Que tenga suerte.

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