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Ponce, que ayer dictó lecciones en Huesca, abrirá hoy el regreso de los toros a San Sebastián

A la espera de lo que ocurra hoy en la reinaguración de la plaza de Illumbe en San Sebastián que contará con la presencia del Rey Don Juan Carlos, el gran maestro valenciano calentó motores ayer en Huesca frente a ganado muy poco propicio. Lean la crónica de Ángel González Abad en ABC

Enrique Ponce dictó ayer una lección de Tauromaquia. Así, sin medias tintas. Un tratado de torería y temple. De poder, de relajo y de sentimiento. Y solo le faltó lucir con la espada a la misma altura que con capote y muleta para hablar de una obra excelsa. El mano a mano con El Juli se lo llevó de calle.

La tarde empezó con el homenaje a ritmo de jota que las peñas le rindieron por sus 25 años de alternativa y Ponce respondió con creces. Porfió con el primero de su lote de Las Ramblas y se desquitó con el tercero, un toro que acusó poca fuerza y que el maestro valenciano hizo a su imagen y semejanza. Que lo moldeó, o modeló más bien, porque lo que realizó con él fue una auténtica obra de orfebrería.

Nadie daba un duro por el castaño cuando salió del caballo. Solo Ponce. Y le enseñó por alto con la mano derecha, jugando con el tiempo y el espacio, y la faena fue cobrando altura. Dos naturales excelsos fueron el aviso de lo que estaba por venir. Cada muletazo más lento, cada pase más metido con el toro, cada vez más grande el torero. La mano poderosa guiaba las embestidas largas, dibujando siempre el cuerpo del diestro cada vez más grande. Sensacional Ponce que templó como pocas veces, que se gustó siempre, que toreó para sí y quetransmitió sentimiento. La inspiración de los doblones del final, cuando el toro se negó a las poncinas, una delicia. Solo quedaba rubricar con la espada, pero la media estocada refrendada con un descabello dejó todo en una solitaria oreja.

Un arrimón

Ponce quería más, se le notaba que quería seguir correspondiendo a unos aficionados que luchan por mantener la Fiesta, y salió pleno de arrojo ante el quinto, que fue a menos. El toro, que el torero se pegó un arrimón. Los pitones por los bordados, enrabietado en busca del triunfo, desplante de rodillas incluido. Y cuando lo tenía todo, cuando la lección de su tauromaquia estaba dictada en todas sus facetas, la espada que se niega, lo que le llevó tanta decepción como al público entregado.

Ahí comenzó y ahí terminó el mano a mano con El Juli, que anduvo al nivel de sus enemigos de Santiago Domeq. Demasiada mansedumbre en los astados a la que el madrileño no se sobrepuso. Pocas opciones le dieron sus toros y poco fue lo que pudo ofrecer a los oscenses, que por tercer día consecutivo llenaron la plaza.

Por sus 25 años de alternativa homenajearon a Enrique Ponce con lajota de San Lorenzo al romper el paseíllo, y con una de sus mejores faenas en ese cuarto de siglo se despachó un hombre que ayer dio en la arena oscense una dimensión de gran figura de toreo.

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