2ª de feria en Cali. Con la talla de El Juli

Cali (Colombia). 28 de diciembre de 2009. Segunda de feria.  Plaza de Cañaveralejo. Seis toros de Ernesto González Caicedo. Desiguales de presentación y justos de raza. Algunos de ellos lindando los cinco años de edad. 548, 448, 460, 468, 494 y 484 kgrs. Diego González (Grana y oro): Silencio tras aviso y silencio. El Juli (Turquesa y oro): Oreja con petición de otra y dos orejas. Miguel Ángel Perera (Verde botella y oro): Saludos y palmas. Detalles: Tres cuartos de entrada. Tarde calurosa. Saludó en banderillas Francisco José Doblado, al tercero.

Y El Juli, feliz. Feliz de cuajar al quinto de la tarde, cuando ya lo había hecho con el segundo. Comencemos por el final, por ese penúltimo de la tarde que tuvo la ventaja de quedarse ahí en los medios sin mirar siquiera de reojo a los tableros, pero al que, como le pasó al encierro de Ernesto González, anduvo muy justo de raza, es decir, sin ese cuarto de tanque que le hubiera permitido romper y trascender.

Pero seres como Julián están hechos para las dificultades. Y esas se puedan superar si se hace lo que hay que hacer: primero, atacar, no esperar que el maná caiga del cielo. Al fin y al cabo la mansedumbre o lo que se le parezca no es un defecto, es una condición. Y segundo, poner a funcionar su cabeza de torero, que, en su caso, está edificada sobre millares de lecciones aprendidas en la primera fila de clase.

De allí, por igual, salieron los muletazos de rodillas, de los que se hincó sólo para rematar con arte puro. Y luego, esas series que  ligó en los medios, todas sin tacha, todas más allá del límite que pedía el mismo ejemplar, todas con esa talla L que lleva por dentro el de Velilla de San Antonio. ¿Se puede hablar de perfección? Claro que sí. Como esa que sirvió para refrendar su obra: la del espadazo que hizo vibrar a la plaza desde el palco hasta la fila 30. Dos orejas y una puerta grande.

En el otro, se quedó esperando el segundo pañuelo de la Presidencia.  Aunque eso en el fondo no importaba. Lo que valía guardar era el temple, ese de las verónicas y del quite, en el que las chicuelinas mostraron la belleza del buen capote.  Faltó la música tan pronto hizo un cambio de mano memorable en el inicio de la faena. Pero si algo vale la pena no olvidar es cómo amarró a un animal que se quería ir, a punta de la más refinada técnica. Al final, cuando sacó un circular eterno que escondía bajo la manga de la chaquetilla, ese toro era otro toro. Sí señores, el segundo pañuelo era lo de menos.

Miguel Ángel Perera mereció otro final. En el tercero, que tuvo también el mérito de no buscar abrigo, tiró y tiró del ejemplar hasta poner a prueba la resistencia de sus brazos largos, sobre todo del izquierdo con el que sacó una tanda fabulosa. El temple y el mando lo hicieron todo. Sólo que la  espada cayó baja y el trofeo se esfumó. En el sexto, muy alto, aguantó hasta lo imposible en los muletazos de partida, pero el toro no mantuvo el nivel y todo quedó en palmas.

Diego González encontró en el primero de la tarde un toro con bastante edad (como todos los de la corrida) y mucho cuajo, aunque todo se fue en presencia porque la res jamás quiso. En el cuarto, la mala suerte le repitió la dosis a Diego. Aparte, al de ese turno le faltó alegría.

 

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

También puede interesarte: