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Continúan los lamentos por la muerte de Fernando Carrasco

Pluma morada de luto

Todavía no me creo que te hayas ido para siempre. Braceando en el hondo mar de pena que nos ha dejado tu ausencia, son muchos los recuerdos que se me vienen a la memoria y otros muchos los amigos comunes que, recuperando antiguas fotografías y rememorando conversaciones inolvidables, me hacen seguir teniéndote muy presente. Fernando Carrasco, compañero y sin embargo amigo, lo que para mí es como decir más que amigo si tenemos en cuenta lo cainita que es y la de ombligos que alimenta esta absorbente profesión que nos unía, una de nuestras pasiones. Había más, muchas más. Los toros: y así te veo en Olivenza en el arranque de la temporada cuando a la hora del almuerzo cruzábamos la frontera con Portugal y nos poníamos de grana y oro en el restaurante El Cristo de Elvas; o en tu grada maestrante del 2 cuando, si al torero de turno no le iban bien las cosas, nos buscábamos con un simple gesto para sacar el capote de la elegancia y jamás cambiarlo por el de la acritud; o en el palco de prensa del onubense coso de La Merced o en El Puerto o en Utrera o en Sanlúcar, donde si algo dejaban claro tus ¡oles!, siempre justos y oportunos, era tu gran afición. Las cofradías: en las que con tus formas y sobre todo con tu fondo, con tu buen fondo, fuiste referente para los que empezábamos en este mundillo, siempre dispuesto a dar un consejo, a colaborar con un comentario, a hacer piña en el colectivo de la prensa cofradiera, que con esa sana intención es como nacieron aquellos encuentros de La Pluma Morada –una especie de tertulia cofrade un tanto sui géneris– con nuestro Manolo Ramírez como gran anfitrión en su rincón gastronómico de la calle Ancha de San Bernardo y en la que incluso llegamos a instituir una distinción que hoy, lógicamente, está de luto. Y los amigos: y aquí no puedo más que darte las gracias porque esa política tuya de brazos abiertos me ha permitido seguir cultivando amistades ya existentes –siempre fue un gustazo confluir contigo y con mi compadre José Enrique Moreno, Pepe Gómez Palas, Carlos del Barco, Agustín Arjona, Juanito Belmonte– y gozar de otras nuevas como las de esos parroquianos de Casa Arturo, en Sevilla Este, que tanto te estarán echando de menos: Pepe Renault, Rafa Cascón, Juanlu Muñoz… En cuanto vaya, te buscaré en algún rincón de cielo y brindaré por ti con nuestra rubia preferida.

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Flevit (Fernando Carrasco, in memoriam)

La vida es una zancada que posó su frío pie bajo el tañido seco de la campana en San Bernardo. Transidos los amigos por la amarga pena de no tenerte nunca más buscamos con las miradas perdidas y ensimismadas de nuestro dolor unos porqués que jamás se responderán lejos del divino plan que el Padre tenía reservado para ti. Preámbulo era de la primavera como ahora y los azules de nuestro cielo cambiaban en busca del Oriente donde la cruzada de nuestra Fe nos quería llevar para dejar aún más unido el vínculo de amistad que nos abrazaba. Fue allí, era allí… es allí. Una cola sostenida en el número de incesantes peregrinos nos hizo cavilar la combinación posible que alargara el ansiado encuentro con el lugar en el que Él nos confirmó la vida eterna. Quedó claro, entrábamos los tres. El secreto, rumiábamos, era poner el clerigman de Don José por delante y afianzar el momento con un padrenuestro profundo, recogido y en alta voz para dilatar la señal del pope que marcaba el compás de la espera y la estancia en el pequeño habitáculo funerario de la capilla. En aquel momento resonó la voz del Ángel confirmando «No está aquí. Ha resucitado, de hecho, tal y como dijo; venid, mirad el lugar donde estuvo sepultado» (Mt 28,5-6). El jueves volviste sin avisarnos a aquel lugar y tu mano de poderoso capataz del twitter cada mañana dejó sin escribir lo que ya otros pregonaban al viento de las redes mientras aún los flecos de las bambalinas de la vida zozobraban tras quedar tus zancos en el suelo, «Ahí quedó». Hoy viajo de nuevo allí para buscar una Pascua para ti porque Jesús, al ver la ciudad, lloró.

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