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Evocación de la plaza de toros de la Real Maestranza de Sevilla

Hoy, Domingo de Resurrección, comienza la temporada en Sevilla como cada año. Será con una corrida de Garcigrande para los matadores Morante de la Puebla, José María Manzanares y Alejandro Talavante. Dos de estos vuelven a la Real Plaza tras años de voluntaria además de torpe ausencia. Se encontrarán con la plaza más bella y más sabia del mundo.

Con este motivo muy presente, quiero evocar los matices de esta maravillosa plaza reproduciendo algunos párrafos de mi libro “Nacido para morir” sobre la vida y la muerte del inolvidable Francisco Rivera “Paquirri” que estoy seguro gustará leerlo a cuantos entran en esta página.

<<… A Paquirri, andaluz de pura cepa, Sevilla le parecía la Meca del toreo. Ya se había sentado algunas tardes en las gradas más serenas de la tauromaquia. Había sentido el palpito de su inimitable ambiente. Desde su sensible ingenuidad de adolescente, descubrió la elegante dureza de la Real plaza bajo los arcos neoclásicos que rematan un cónclave justo en la cabida y brevemente asimétrico en el círculo.

En La Maestranza, auténtico templo, solo faltan pilas de agua bendita. Ni el calor, ni el juego matizado de colores, blancos, ocres, dorados, rojos y negros con los que la plaza muestra sus pilares y columnas, su albero, sus maderas y sus forjas de hierro. La sombra, atravesada como por el sol como una daga, corta el ruedo en un cuarto creciente. y la luz, única, ilumina los calientes tendidos que albergan

un gentío humildemente experto. Si, los tendidos soleados de La Maestraza esperan cada tarde para dar asiento al grupo más campero y sabio de La Fiesta. Y en los de sombra, a un senado de notables.

Paquirri también se había estremecido con los silencios y los ruidos de la plaza de Sevilla. Silencios de espera, de burla o de indiferencia. Silencios de aprobado o de sobresaliente. Silencios violados únicamente por las acompasadas palmas o por el rumor colectivo de ese “bieen” pronunciado sorda y gravemente por miles de gargantas al unísono cuando el toreo se rompe hacia lo grande. Sonaba, suena y sonará ese coro igual que el provocado por las olas del mar cuando rompen en la suave arena de una larga playa. Si acaso, alguna voz graciosa piropea u ofende sin herir. pocas veces la bronca. Y la banda de música, medida, oportuna, sin más límite que el criterio del maestro, subraya el menor detalle: pone un fondo bellísimo a la mejor faena o se detiene, súbita y rigurosa, ante cualquier tropiezo del torero…>>    

 

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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