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2ª de San Fermín en Pamplona. Hermoso y Leonardo a hombros

ANDRÉS AMORÓS EN ABC

A las doce del mediodía, en la Plaza del Ayuntamiento, ha estallado el «chupinazo», un cohete de más de un metro de largo, que hace tanto ruido como el despegue de un avión a reacción y marca, desde 1941, el inicio oficial de San Fermín. Miles de brazos se levantan, a la vez, para desplegar los rojos triángulos de los pañuelicos, antes de anudarlos al cuello. Los jóvenes saltan, bailan, beben, soportan alegremente la lluvia de cava y de comida: el huracán de la gran fiesta ya se ha desatado.

Desde hace años, es tradicional el festejo de rejones, que tiene lugar el día anterior al primer encierro. Los murubes del Capeafavorecen el éxito de la terna: se da la vuelta al ruedo al cuarto. Salen por la puerta grande Pablo Hermoso –esta tarde, muy certero con el rejón de muerte–, con cuatro orejas, y Leonardo Hernández, con dos.

En el primero, luce Pablo su maestría clásica con «Berlín», a dos pistas; pasa un momento de apuro al resbalarse «Beluga». Rejón efectivo: dos orejas (generosa la segunda). Ya tiene abierta la puerta grande. En el cuarto, «Disparate» entusiasma con las hermosinas, en la cara del toro: un alarde. Se aclaman las piruetas de «Donatelli» (extraño plural) y de «Pirata». Otro rejón fulminante: dos orejas y vuelta al ruedo al toro, «Presumido», de casi 600 kilos.

Debuta en Pamplona Leonardo Hernández, el gran triunfador de San Isidro, este año. El segundo no es fácil, frena y arrea. Arriesga mucho Leonardo con el albino «Sol»; entusiasman las corvetas y los pares al violín, con «Xarope». Un rejonazo espectacular: dos orejas. ¡Excelente presentación! El quinto es muy noble pero flojea. Templa con «Amatista»; clava muy en corto con su hijo, «Despacio». El toro se echa y desluce la buena faena.

Menos experiencia tiene el navarro Roberto Armendáriz, que hace el paseíllo con la bandera del Osasuna, por su vuelta a la primera división. En el tercero, con muchos pies, logra pares emocionantes con «Ranchero» y «Prometido», pero tarda en matar. En el sexto, el caballo «El Capea» quiebra bien al toro del Capea (una redundancia, diría Borges) pero vuelve a pinchar.

Pablo Hermoso y Leonardo Hernández han dado una gran tarde. ¡Lástima que, en Pamplona, no se contrate a Diego Ventura, la otra gran estrella, para vivir una competencia que sería memorable!

 

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