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Olivenza (II). A hombros Perera, Ginés Marín, Manzanares y Roca Rey en la doble jornada de cierre

Pero los nueve trofeos que se cortaron no reflejaron la realidad porque por la mañana primó el paisanaje de los actuantes y por la tarde la emoción del impávido valor de Roca Rey sobre el armonioso y empacado arte de Manzanares. A cada cual, lo suyo. Sobre gustos, las discrepancias.

Lo más limpio de la intermitentemente lluviosa mañana del 5 de marzo lo llevó a cabo Miguel Ángel Perera en la primera parte de su faena al primer toro de Zalduendo. Pero repentinamente rajado el burel y el falló a espadas de Perera dejaron la cosa en una simple ovación, menos intensa que la dedicada a Curro Javier en su brillante intervención con las banderillas. Se desquitó después Perera  frente al noble y flojo cuarto en una faena más larga que la anterior aunque no tan definida que terminó con su clásico arrimón resuelto en circulares invertidos y un estoconazo que le valió una segunda oreja por aquello del paisanaje.

José Garrido se estrelló con el enseguida rajado segundo hasta hartar a la gente en su inútil empeño muletero. Luego con el pésimo quinto, anduvo Garrido muy por encima de su mala condición hasta imponerse con la mano derecha en la parte más jugosa de su empeñosa labor muletera. Tras una estocada a toro arrancado por sorpresa y un descabello, cayó otra oreja localista.

No me gustó que Ginés Marín se saliera de su corte artística al arrancar su faena al tercer toro en los medios, de rodillas y feos cambios por la espalda. No pocos estamos empezando a hartarnos de este toreo tan contrario e inconveniente, sobre todo porque a Marín no le va nada. Volvió a pecar de lo mismo en plena faena al desrazado animal que sucumbió de un contundente estoconazo, cayendo en sus manos otra barata oreja. Como también lo fue la que le cortó al sexto tras otro estoconazo y una faena intermitente que, salvo en una fase al natural, careció de enjundia mientras el joven artista miraba y remiraba a los tendidos en busca de la comprensión del público.

Los toros de Zalduendo, muy fuera de tipo en esta plaza a la que no le convienen reses tan pesadas y tan grandullonas.

Mejoró el clima por la tarde, subió la temperatura y tuvimos que despojarnos de las bufandas y de los impermeables. Entradón para ver el sobre el papel más atractivo cartel de la feria: Morante, Manzanares y Roca Rey con toros de Victoriano del Rio.

Sin suerte alguna el gran artista de la Puebla con su lote a contra estilo, lo mejor que le vimos fueron sus excelsas verónicas en el saludo del primer toro de la tarde. Luego, simples destellos aislados con la muleta en la faena y una labor trabajosa en busca de lo imposible frente al cuarto, dando a entender que quería por fuera sin querer por dentro. De lo que más se habló sobre Morante fue de su horrible vestido naranja y azabache. Y lo que más gustó fue la magistral brega de José Antonio Carretero en la lidia del primer toro.

El empaque, el temple, la armonía, la calidad y la gracia nos llegó de las manos de José María Manzanares frente al toro más dulce del envió que hizo segundo en la corrida. Primero con el capote y después de un sensacional puyazo del joven varilarguero, Paco María, con la muleta en una faena de exquisito gusto que Manzanares fue desgranando sobre ambas manos en un dechado de perfección clásica. No mató tan bien como acostumbra el joven maestro alicantino y el premio quedó en una solitaria oreja que, junto a la que cortó del quinto gracias a otra estocada en la suerte de recibir, le permitió salir de la plaza a hombros en compañía de Andrés Roca Rey que fue quien cortó las dos del tercer toro alzándose como máximo triunfador de la jornada, al menos por el impacto que despertó su actuación.

Roca Rey volvió a ser un punto y aparte en la primera corrida de su temporada en España. Hace un año, aquí mismo, hizo la mejor faena de cuantas le llevamos vistas y, que yo sepa, no ha vuelto a repetir. Siempre la tendré presente en mi memoria porque dista mucho de las que prodiga entre el asombro que provoca su inmenso valor y su asustante impavidez ante cualquier contingencia. Ese susto insoslayable que nunca le falta al limeño y que cala en los tendidos hasta provocar la locura del gentío rendido a la emoción del riesgo que es de otra clase a la del arte.

Las actuaciones de Roca Rey están llenas de temor. Su toreo es temeroso en sí mismo porque torea a merced de las cogidas sin que le importe un comino que le ocurran. Ayer se libró de una cornada al entrar a matar como un disparo seco al toro de su triunfo y al finalizar su imposible faena frente al pésimo sexto. Lo de Roca Rey es un milagro cada tarde.

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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