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3ª de La Magdalena en Castellón. Chispazos sevillanos en un cielo sombrío

Andrés Amorós en ABC

Castella y Manzanares salen a hombros, pero Morante hace lo más hermoso

Morante de la Puebla, en una media
Con gran ambiente, comienza el segundo fin de semana de la Feria de Castellón: los carteles son los mejores, desde hace años, y la Plaza se llena. Felizmente, no llega a llover, aunque el cielo está totalmente negro. Castella y Manzanares salen a hombros, después de cortar una oreja a cada uno de sus toros (a Castella se le pide con fuerza el segundo trofeo, en el quinto). Los toros de Núñez del Cuvillo, elegidos este año por todas las figuras, dan un juego nada sorprendente: en general, flojos pero muy manejables, lo que a los diestros les agrada. El público festero sale contento.
Debo de ser muy raro porque mi opinión es casi la contraria: las reses, decepcionantes; los trasteos de Castella, largos y monótonos; Manzanares está a buen nivel en el tercero, el más complicado, pero los trofeos los obtiene, en gran medida, por su casi infalible espada. Lo más artístico lo hace Morante, en el cuarto, aunque no redondee faena porque el toro se acaba pronto.
Sebastián Castella, por chicuelinas
No estuvo bien Sebastián Castella en Fallas y esta tarde ha de apretar el acelerador. El segundo es chico y flojo, no se deja torear con el capote; saluda, en banderillas, Rafael Viotti. En el primer muletazo, el toro se da una vuelta de campana y, sorprendentemente, se viene arriba (misterios de la casta): humilla y repite, incansable, le deja a Castella ligar muletazos, prolongar los pases de pecho. Como de costumbre, alarga demasiado la faena, con un encimismo innecesario. Después de pinchazo y estocada, «Farfonillo» (¡vaya nombre!) tiene una hermosa muerte, de toro bravo: oreja.
El quinto, como varios de sus hermanos, es flojito, suelto, pero tiene movilidad y «se deja». Nos obsequia Castella con su tercer quite por chicuelinas de la tarde (¡por Dios!: ¿no existen otros lances?) y sigue fiel a las modas de las faenas actuales: hace el poste y enlaza con el muletazo del desdén; se prodigan los circulares invertidos, las manoletinas… (¡Qué rutina!). Un trasteo insistente, voluntarioso, rematado con una estocada: una oreja (acierta la presidenta no concediendo la segunda) y salida a hombros. Ha mejorado su estadística pero, toreando así, no corta orejas en Sevilla ni en Madrid.
José María Manzanares, en un derechazo

El tercero, «Bobito», resulta no serlo: se queda corto, «canta» su querencia a chiqueros; en la muleta, es reservón, saca genio; no se entrega hasta el final; a cambio, sí transmite emoción. Manzanares le planta cara y, tragando, consigue una faena de mérito, rematada con un espadazo: oreja. Recibe al sexto embraguetándose, en las verónicas. Pica bien Barroso. José María se muestra firme, asentado, pero el toro se apaga y la faena queda a medias. Una estocada en la suerte de recibir le vale la segunda oreja y acompañar a Castella en la triunfal salida.

Y Morante… En el primero, un inválido que no se tiene de pie, no caben filigranas. El cuarto, «Sosegado», embiste así. (Esa era –recuerdo– la frase habitual de Felipe II, para tranquilizar a sus visitantes: «Sosegaos»). El comienzo de faena es primoroso: enlaza muletazos suaves, lentísimos, acompañando con la cadera… hasta que el toro se para. Falla con el descabello pero ha sido, sin duda, lo más estético de la tarde. Como unos chispazos de gracia en un cielo plomizo. Altero el conocido verso que encontraron en el bolsillo de Antonio Machado, a su muerte: «Esta tarde tan negra y esta luz de Sevilla…»

FICHA DE LA CORRIDA

 

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