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4ª de abono en Madrid. La emoción no resucitó en domingo

Rosario Pérez en ABC

Solo media faena de Curro Díaz con el mejor toro y el capote de José Garrido en una descastada corrida de Montealto

Pasadas las ocho, más de once mil aficionados abandonaban cabizbajos el templo de la Fiesta. Atrás quedaba la imaginación, que es atrevida, paladeando manzanas dulces y bravas… Insípido casi todo, con un desigual y descastado conjunto de Montealto, «Montebajo» por su escasa bravura. Solo cuando Curro Díaz presentó la muleta al quinto se presintió cierta Resurrección en el Domingo de ídem. La gloria duró el prólogo, agua bendita con la tela muerta y el cuerpo abandonado, y otra serie más con algún remate, una delicia torera en tiempo de sequía.

Fue en el último asalto del diestro de Linares, frente a un jabonero bautizado como «Campanita» y que, pese a ser el mejor del encierro, no salvó al sexteto. Sirvió por ambos pitones y resplandecieron destellos con aroma y sabor en una medida faena («quien quiera más que vuelva mañana»). Luces de torería entre sombras de menores pureza y ambición, por lo que el observatorio de los tendidos acabó dividido cuando saludó tras una estocada caída.

Díaz había brindado el toro inaugural a José Garrido, en un mano a mano donde hubo la misma rivalidad que en el ring donde se anunció el cartel a modo de combate de boxeo: cero. Como el toreo es un misterio, la heroicidad del último Otoño no se repitió. El más veterano de los matadores imprimió gusto en esa primera labor ante un toro sin clase, con unos zurdazos de naturalidad y un espadazo que le valió una ovación. El tercero, feo como un susto en la noche de la ciudad somnolienta, era sencillamente impresentable. Su juego fue como sus hechuras, malo y con guasa, por lo que el jiennense abrevió.

Garrido, más fresco y lucido con el capote que con la muleta, tributó un lujoso saludo al segundo, con lances rodilla en tierra y verónicas de aires trianeros. Principió con decisión una obra a menos, como el montealto, y se alargó una eternidad. El cuarto traía otra expresión en su guapeza. «Bordador» se llamaba, aunque el bordador fue el joven espada, que cosió verónicas y una media extraordinarias. Buenas también las chicuelinas después del susto de Chacón, que sufrió un puntazo y rotura fibrilar. Luego anduvo espeso y no pasó nada, como nada sucedió en el sexto, un «Novillero» de 680 kilos que, dentro de su mansita condición, parecía querer embestir, pero querer no siempre es poder… Tampoco Garrido anduvo fino con el basto toro.

Entre la decepción murió un domingo de emociones dormidas: las pinceladas no fueron suficientes para resucitarlas. Ni los toros predicaron bravura ni los protagonistas del duelo persiguieron su particular desquite contra el destino.

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