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Corrida del día de San Jorge en Zaragoza. Curro Díaz, arte y sangre del toreo eterno

Ángel G. Abad en ABC

Cortó dos orejas y fue cogido grave en la estocada al toro del triunfo

La tarde del día de San Jorge fue de Curro Díaz. De principio a fin. De su despaciosidad, de su naturalidad, de su valor, del poder, de lo mucho bueno con que inundó la Misericordia desde que se abrió de capa para recibir al primero hasta que se tiró sobre el morrillo del cuarto para matar a sangre y fuego. Una tarde de inspiración, de toreo largo, de temple, una tarde en la que el público se metió de lleno en todo lo que hacía Curro, quien ayer dio una gran dimensión como matador de toros en sazón, artífice del toreo eterno.

Salió por la puerta de la enfermería cuando se había ganado la puerta grande. Un pinchazo le frenó las orejas en su primer toro de Algarra, y después de cuajar al cuarto, por el que pocos daban un duro en el primer tercio, allí se dijo que ese no se le escapaba y a costa de una grave cornada de 15 centímetros y dos trayectorias en el muslo derecho, el doble trofeo fue a sus manos. De la naturalidad con que toreó con la izquierda al primero, a un comienzo de faena al cuarto, pleno de inspiración y arte. Y manejó la derecha con largura y extremado buen gusto, y los pases de pecho hacían rugir unos tendidos entregados. Tarde para el recuerdo, tarde de arte y sangre, de la verdad que explicó dando la vuelta al ruedo con el muslo partido antes de pasar a las manos del doctor Val Carreres.

La corrida de Algarra resultó muy desigual, siempre con tremenda seriedad por delante, y tuvo además sus complicaciones, que cuando los toreros acertaron se convirtieron en entrega. Así lo hizo Paco Ureña, que poco pudo con el segundo, el más deslucido, pero que a base de valor doblegó al quinto. Firme y serenísimo, aguantado todo lo aguantable, consiguió dominarlo y llevarlo largo. Lástima que la espada tardara demasiado en hacer su efecto, y la cosa que iba para trofeo quedó en una fuerte ovación.

Quien no tuvo su día fue Ginés Marín, a quien se le vio un tanto mecánico, sin alma. Los dos que le tocaron en suerte le ofrecieron más que el discreto silencio con que se rubricaron sus faenas.

A eso de las nueve de la tarde, con las primeras sombras de la noche, no fueron pocos los aficionados que tributaron una sentida ovación a Curro Díaz cuando una ambulancia se lo llevaba al hospital.

 

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