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4ª de Hogueras en Alicante. Manzanares, un «Orador» de lujo

Rosario Pérez en ABC

Lujo de corrida de Juan Pedro Domecq y lujo de toreo, con la comunión perfecta entre José María Manzanares y «Orador», que de tan fusionados se intercambiaban palabras en ese deletrear de la bravura y la tauromaquia. Pura delicia la faena, que marcó el punto álgido de un espectáculo triunfal, con un López Simón crecido en su nueva etapa y un Ponce reinventado, ¡a sus 28 años de alternativa!

La luminosa tarde parecía un homenaje a Miguel Hernández, el poeta desaparecido en la oscuridad, según Pablo Neruda. Recordarlo era «un deber de España y un deber de amor». El mundo del toro no podía pasar por alto su 75 aniversario y sacó de su «cárcel mortal» al muchachón de Orihuela en esta Feria de Hogueras. Luz de tierra, luz de su tierra alicantina, emanó de las telas de José María Manzanares en dos apasionadas obras. La figura mediterránea, que había recogido el premio a lo más artístico de la última edición, un trofeo con el nombre del padre, protagonizó una historia con el sello del maestro, pero con la personalidad que rige su camino, emprendido ayer con dos largas de rodillas. Manzanares fue todo corazón desde el brindis a Palazón, que lidia con el toro más difícil de su vida… Una sincera ovación explosionó en el abrazo entre los paisanos.

La naturalidad y la torería brotaron desde el prólogo a «Haraposo», un bravo juampedro, con sus exigencias. El empaque como bandera, con escenas de cintura rota en series de profundidad y encaje. Cuando la muleta besó la arena en derechazos de estética y mando, el graderío -casi lleno- se puso en pie, con mujeres y hombres, viejos y jóvenes, enfebrecidos. La llama se avivó en el epílogo al esculpir y lentificarse en un cambio de mano, el más despacioso de la intensa labor, con el adorno de molinetes y pases de pecho a la hombrera contraria. Quiso matar recibiendo, pero pinchó antes de un estoconazo, lo que imposibilitó la opción del doble premio.

Naturales majestuosos

Si grande fue aquel romance, superior fue el que cuajó al extraordinario quinto, al que toreó a placer por ambos pitones, especialmente por el izquierdo, con naturales majestuosos, inmensos de torería, sentimiento, arrebato y hondura, como un racimo de derechazos. Un prodigio de arte, de lujosa categoría, con un «Orador» de ídem. Dos oradores con clase: la conjunción ideal, catapultada con un cañón de espada en la suerte de recibir. La locura, que no cesó como el rayo hernandiano, se desbocó entonces. Éxtasis colectivo de los espectadores, que solicitaban con ímpetu el rabo, pero el presidente dejó todo en dos orejas, que paseó en compañía de su hijo.

Idéntico resultado, que no igual toreo, obtuvo López Simón con otro excelente lote. ¡Qué manera de embestir los juampedros! Y eso que el tercero pareció lastimarse, pero se vino arriba y permitió al de Barajas expresarse con frescura y notables maneras. También ofreció todo en el sexto, al que desorejó por una buena y emotiva faena.

Tras la merienda, Enrique Ponce -que pechó con un primero más deslucido por culpa de un volatín- deleitó con un festín de muletazos de originalidad y elegancia, un surtido de suprema calidad con un estupendo toro, que si no fue aún mejor fue por culpa de la costalada que sufrió. De todo hizo el Sabio de Chiva, que no conforme con las poncinas y el desafiante desplante, echó las dos rodillas en tierra, como un novillero hambriento de contratos, inconformista…

El maestro quería más y más. No bastaban los afarolados con desparpajo, ni los sutiles derechazos de cadencia… Era el Ponce de siempre, pero también un Ponce reinventado, que sacó de los fogones un cambio de mano para saborear en cualquier restaurante Michelin. El acero le privó de la puerta grande por la que auparon a sus compañeros.

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