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En Nimes tuvo que ser: Otra tarde histórica del Emperador

La singularidad y el simbolismo del Coliseo Romano de Nimes, uno de los escenarios más antiguos y lujosos del toreo mundial, añadió importancia y trascendencia a otra histórica tarde más de quien lleva casi treinta años gobernando en el toreo cual emperador que reina en todos los países en los que se celebran corridas de toros. Tanto está siendo así, que podemos afirmar con toda justicia que Enrique Ponce está empequeñeciendo a la historia del toreo. Pues no creo que, hasta llegado a La Fiesta el gran maestro valenciano, hayan existido toreros capaces de protagonizar una época tan larga en la que viene defendiendo el lugar de privilegio que continúa ocupando ininterrumpidamente sin que nadie pueda averiguar – ni el mismo Ponce lo sabe – hasta donde y hasta cuando cederá el cetro que ostenta con tanta firmeza y con tantísimos triunfos cada temporada en incesante, inigualable y asombrosa mejora. Todos los que han intentado destronarle – toreros, aficionados y, sobre todo, algunos periodistas que todavía siguen negándole – terminaron y terminarán rindiéndose a tamañas evidencias, so pena de caer en el más estrepitoso de los ridículos.

      

Las cimas de la presente temporada se suceden con Ponce sin solución de continuidad y la de ayer en Nimes, sábado 16 de septiembre de 2017, fue por el momento la última a la espera de las que le aguardan en Logroño, Sevilla y Zaragoza. Tanto es así, que la mayoría de los que alternan con él, están obsesionados y hasta deseando que Ponce se vaya, se retire y les dejen en paz. Y, cuanto en más altos lugares se hallen, más se les ve sufrir porque no encuentran manera de conseguirlo.

Para su mayor y más obsesiva desgracia, este año Ponce está matando bien y más frecuentemente que nunca. Otra razón más que le ayuda en sus imparables e incesantes propósitos. En fin, que no hay modo ni manera que le obliguen a parar y, aún menos, que le obliguen a marcharse.

Nimes (Francia). Coliseo Romano. 15 de septiembre de 2017. Corrida vespertina de la feria de la Vendimia. Tarde agradable con algunas rachitas de viento y casi lleno.

Seis toros de distintas ganaderías. Bien aunque desigualmente presentados por la variedad de sus encastes. Abrió plaza uno de El Vellosnino, muy cuajado y acapachado de pitones que resultó noble aunque muy blando y sin apenas fuerza ni motor. El segundo, de Fuente Ymbro, con cuajo y pitones abundantes, apenas dio el juego esperado. El tercero, de Nuñez del Cuvillo, completo en los tres tercios, fue uno de los dos mejores. Fue premiado con vuelta al ruedo. Extraordinario por muy bravo con gran clase el cuarto. Fatal el muy en tipo el quinto de Parladé. Y excelente por todo el sexto de Cortes.

Enrique Ponce (celeste y oro): Pinchazo y estoconazo desprendido, oreja. Buena estocada, aviso y dos orejas. Media estocada, silencio. Salió a hombros por la Puerta de los Cónsules.

Sebastián Castella (purísima y oro): Dos pinchazos y estocada, silencio. Pinchazo, otro hondo y descabello, vuelta al ruedo. Pinchazo y estocada caída, aviso y palmas de despedida.

A caballo destacaron los picadores José Palomares, Manuel Quinta y Rafael Viotti y Pepe Doblado. En la brega, Mariano de la Viña y Jocho que también pareó con excelencia.

Ayer le tocó el turno a Enrique Ponce de derrotar a Sebastián Castella en su mano a mano y, para mayor escarnio, en una de las casas más señeras del diestro francés. Sufrió Sebastián lo indecible entre malas suertes y torpezas varias. E Incluso cuando la dichosa suerte le sonrió por fin con un sexto toro de Cortés, herrado con el segundo hierro de Victoriano de Río, que fue el mejor con mucho de los seis lidiados y el que debería haber sido premiado con vuelta al ruedo en su arrastre. Castella anduvo muy bien con este animal aunque no a la altura de su encastada bondad y de su gran clase.

Más merecedor del honorífico premio que el de Núñez del Cuvillo, que si obtuvo dicho premio fue gracias a como anduvo Enrique al cuajar un faenón de tanta como excepcional categoría. Ya había cortado una oreja del primero con el hierro de El Vellosino, tan noble como absolutamente falto de raza y de energía gracias a la dulzura, a la delicadeza y al lentísimo temple con las que Enrique toreó en una bellísima faena que careció de eco que los aficionados nimeños no apreciaron debidamente por lo poco que trasmitió el noble aunque feble animal. Les aseguro que yo no había visto a nadie torear con tanta lentitud.

La obra maestra que le supuso alcanzar el cenit de la tarde a Ponce fue el lidiado en tercer lugar. Un estupendo ejemplar de Núñez del Cuvillo con el que llevó a cabo una grandiosa y muy variada faena sobre ambas manos,  enjoyada con soberbios y preciosos remates y adornos de muy cara ley, e intercalaciones de suertes clásicas e inventadas como fueron las cinco poncinas que ejecutó con tan milimétrica precisión como subyugante acción mientras los que llenaban el ya más que bimilenario escenario corearon emocionadísimos todas y cada una de las suertes, puesto en pie.

No quiso el destino que el quinto toro, de Juan Pedro Domcq con el hierro de Parladé, diera el juego que prometían sus bellísimas hechuras. Tras unas soberbias verónicas rodilla en tierra, el animal pareció perder comba – no pocos pensamos que se había lastimado – aunque, luego de matarlo tras intentar lo imposible con la muleta, el propio Ponce explicó que este toro había sido malísimo.

Castella no anduvo fino sino vulgar con el toro de Fuente Ymbro, segundo de la tarde que no pasó de medio manejable y sin clase. Quiso mucho en una muy larga labor rellena de tantos aciertos como torpezas.

Tanto en los recibos y saludos como en quites además de cuando intervino en la brega, también brilló Enrique Ponce con su capote. El gran maestro ofició de maestro de ceremonias cuando, en solicitada y cercana presencia de Sebastián Castella tras finalizar la lidia del quinto toro, procedió a cortar la coleta del veterano y gran banderillero valenciano Antonio Puchol. Momento de gran emoción el que vivimos y sentimos cuantos le conocimos y disfrutamos en sus mejores actuaciones. Las lágrimas asomaron en los ojos del torero ya retirado y en las de muchos de cuantos le acompañaron con su padre al frente.

Otros momentos dignos de recordar fueron cuando Ponce invitó a Castella a compartir y a saludar la gran ovación que el público dedicó a al gran maestro valenciano una vez deshecho el desfile de las cuadrillas. Como también el brindis de Castella a Enrique antes de comenzar su segunda faena el espada francés. Detalle que le honró y que también fue celebrado por el público.

Finalizada la lidia, la gran banda de música de esta plaza, interpretó el himno de Valencia en honor del gran triunfador de la tarde, finalmente izado en hombros para dar así la postrera vuelta al ruedo hasta salir por la llamada Puerta de los Cónsules en medio de una multitud de entusiasmados espectadores. Postre de lujo en una tarde más para la historia del mejor y más grande de los toreros. ¡Enhorabuena¡

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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