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Ayer sábado en otras plazas

Una «fartá» indigesta en la Feria de Salamanca

Luis David Adame y Alejandro Marcos hacen lo mejor en un largo y aburrido festejo

Andrés Amoros en ABC

En el conjunto, tan positivo, de carteles de esta Feria disuena este festejo con dos salmantinos y dos mexicanos. Los ocho toros eran habituales en Valencia, mi tierra, como colofón: «la fartá», la llamaban y la cantó Rafael Duyos. Lo de «corrida charra» despierta suspicacias: quizá tenga éxito en Aguascalientes, si se repite… El resultado responde a las escasas expectativas.

Los toros de Puerto de San Lorenzo, serios, largos, resultan muy manejables; buenos, tercero y quinto.

Javier Castaño, que superó una grave enfermedad, reaparece después de una cornada en el cuello, hace sólo ocho días. En el primero, manejable, saluda Marco Leal. Castaño muletea con buen oficio pero el toro transmite poco. Mata bien pero tarda en caer. El quinto se rompe el pitón en el burladero. En el sobrero, de La Ventana, se le ve disminuido, sufre un mareo, tarda en matar y pasa a la enfermería.

Saludan Fernando Sánchez y Sergio Aguilar en el segundo. El trasteo de Joselito Adame no pasa de correcto y profesional. Mata bien: benévola oreja. El sexto recibe un gran puyazo de Óscar Bernal. El toro va y viene, sin problemas pero el trasteo de Joselito resulta deslavazado y mata con sorprendente desconfianza. ¿Qué le ha pasado?

Luis David Adame, hermano de Joselito, ha sido declarado triunfador en la Feria de San Sebastián; aporta ilusión juvenil . En el tercero, un buen toro, se luce con el capote, arriesga en banderillas. Aunque la faena es desigual, conecta cn el público por su entrega y variedad pero pincha (no cruza bien). No debió dar la vuelta. En el séptimo, intenta calentar al aterido público con zapopinas, corre bien la mano en alguna serie, dentro de otra faena irregular. Mata rápido: oreja. Sus cualidades son evidentes pero ha de madurar.

El salmantino Alejandro Marcos, que tomó hace poco la alternativa, posee temple, le suele fallar la espada. Lancea con gusto en el cuarto, muestra su buen estilo pero el toro humilla poco. Le engancha al matar y luego pincha: dos avisos, pasa a la enfermería. En el último, dibuja buenas verónicas y muletazos con clase, mata a la segunda: oreja. Merece torear más.

La «Fartá» ha resultado indigesta: un menú largo (casi cuatro horas) y ancho, no estrecho. No ha mantenido el buen nivel de esta Feria.

Salamanca es tierra de toros. El toro bravo es esencial para su ecología (las dehesas), su economía (se calcula en ocho millones de euros el impacto de esta Feria) y su cultura. Pero hay que mantener la casta brava.

Nos despedimos de Salamanca recordando el elogio del cervantino Licenciado Vidriera: «Enhechizas la voluntad de volver a ella de todos los que de la apacibilidad de su vivienda han disfrutado».

Posdata. El maestro Antonio Burgos ha lamentado justamente la última actuación del Bombero Torero, después de casi 90 años. Con él, se va una época y una parte de la Tauromaquia, donde se forjaron muchos buenos toreros y descubrimos la Fiesta, con ojos de asombro e ilusión, muchos niños.

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La llama de la juventud de Ginés Marín en Albacete

Corta la única oreja en una interesante corrida de Alcurrucén, con buen fondo

Rosario Pérez en ABC

Ginés Marín, en un torero muletazo rodilla en tierra

Arde la llama de la juventud en la mirada de Ginés Marín, cuyos ojos no pierden de vista al toro, el viejo maestro que todo lo enseña. Y el torero nacido en Jerez pero criado en Badajoz lo ha estudiado desde la cuna. El primero que le tocó en suerte se frenó en el capote y esquivó la esperanza de parte del público. Pero Ginés se la devolvió cuando se dobló, con muletazos soberbios rodilla en tierra, ante el ejemplar de Alcurrucén, agradecido y con buen fondo, como la mayoría de la interesante y noble corrida, con algunas notas mansas.

Hablábamos de «Impetuoso», que rompió a embestir con transmisión en las telas de Marín, de cuyas muñecas brotaron trincherillas y firmas de aroma antiguo. Se prodigó en remates de torería por bajo después de series con gusto por ambos pitones. La zurda puso el punto final, con hilos de filigrana, un bello cambio de mano y un pase de pecho con sabor. ¡Qué bonita manera de andarle al Núñez! No fue una faena aplastante, pero sí en la que se vislumbró una vez más su mente despejada, su talento y su desparpajo (y solo tiene 20 años). Lo cazó a la primera y se ganó la única oreja. No pudo redondear con el último, un «Afanes» –¡qué reata!– que se lastimó en chiqueros, por lo que tuvo que salir el sobrero, reservón y con peligro, el peor del conjunto.

Había abierto plaza un guapo, encastado y bravo toro, «Deseadito» de nombre. Este humillador Núñez era una máquina de embestir, pero la dispuesta faena de Juan del Álamo no acabó de levantar el vuelo. Hasta que una serie ligada en redondo cual compás trepó por los tendidos. Se metió entonces más en las cercanías y llegó la imagen más sobrecogedora, con el toro ensañándose por la chaquetilla y pisotéandolo. Conmocionado, se lo llevaron a la enfermería y Álvaro Lorenzo pasaportó a «Deseadito». El salmantino, pendiente de estudio radiológico, salió a dar cuenta del cuarto, que, sin ser igual, también tuvo su viaje boyante. Mientras la banda le racaneaba la música, la gente agradeció el esfuerzo de Álamo.

El segundo derribó al picador y sembró el desconcierto en banderillas. Las buenas dobladas de Lorenzo le abrieron los caminos, pero el alcurrucén manseó cada vez más. En su jurisdiccción, «Profesor» iba y venía con noble son y las series adquirieron importancia. Hubo muletazos de temple superior, como una al natural de mano baja y un profundo pase de pecho. Se recreó también en algunos toreros broches por bajo, pero el acero le privó del premio que su castellana muleta se ganó. Recorrió el anillo tras entender con clasicismo al huido quinto, con embestidas más potables y otras más geniudas.

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