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Si Victorino hubiese sido neoyorkino

Punto y seguido porque esto va a continuar después de su muerte. O sea, nada de punto final.

Victorino Martín Andrés, el de los tres nombres propios convertidos en apellidos los dos últimos. Consiguió popularizar su nombre de pila, poco común,y a que la afición y el pueblo lo convirtieran en familiar. Esa fue su primera batalla ganada.

Si Victorino –llamado y escrito Vitorino, sin la c durante un tiempo- hubiese sido neoyorkino, es decir nacido en Nueva York, habrían hecho de su vida un estupendo guión, una gran película y habría ganado varios Oscars, y de ahí a mito americano. Era el perfecto ejemplo del triunfador estadounidense : de la nada al cielo. Aquel niño que siempre nos ponen como ejemplo vendiendo periódicos y que después llega a ser uno de los líderes financieros de la nación. Lo tenía todo.

Pero fue español. Y le tocó luchar pero pasó  de la nada al cielo. Y no una temporadita, sino 50 años o más de rey indiscutido e indiscutible.

Y todos le han reconocido sus méritos. Lo hicieron en vida y también tras su muerte.

Con una vocación total de ganadero de bravo y sabiendo lo que quería hizo el milagro de convertir una vacada que iba al matadero en una mina de oro luchando, eso sí, a brazo partido  con lo que se llama el sistema que se negaba a abrirle paso.

Pero todos –ya vencidos- tuvieron que ir tras él y rendirle admiración porque vendía sus toros como los más caros…y hacía que todos los demás cobraran más. El mismo caso que El Cordobés auténtico (Manuel Benítez), el mejor pagado de la historia del toreo hasta entonces, que elevó el caché de todas las figuras, que no pudieron con él ni dentro ni fuera de los ruedos.

Se inventó o creó el toro que él soñaba, fiero, bravo y que creara emoción en un momento muy ligth y sosón. Y satisfaciendo al aficionado y después moviendo a la opinión pública a su favor como pocos. Con  intuición de genio se puso a favor a todo lo que se conocía y conoce todavía como “prensa” .

Derrochando marketing cuando entonces ni se conocía y su persona era una agencia de publicidad propia. Y con la prensa…el mejor jefe de prensa que he visto en mi vida.

Y ese toro, ese victorino, pasó de ser alimaña al de ahora que encadena indultos. Y entró en el Olimpo poniéndose a la cabeza : el que más cobraba y el que llenaba. Estuvo muchos años siendo el más taquillero sin importar el cartel. Una mina.

Con inteligencia y convicción pudo con todo. Los señoritos ganaderos andaluces y los ricos salmantinos no lo querían al principio pero lo aceptaron y admiraron porque les subió el caché.

Los medios informativos los dominaba con una gran simpatía y servicio continuo a todo periodista que lo llamara. Luis Miguel y él abrieron caminos. Dominguín a la prensa rosa internacional por sus amoríos o encuentros con Ava Gadner y otras celebridades femeninas.

Y él tratando a los de la prensa con infinito cariño dando titulares y carnaza cuando le cerraban el paso porque sus principios fueron muy duros. Lo sé porque he vivido y seguido toda su carrera y entonces sólo el periódico El  Alcázar, estando de crítico Zabala padre, y El Ruedo, semanario gráfico de los toros, en aquel momento con fuerza e influencia, lo apoyaron.

En la finca de Galapagar –la única vez que he pisado una finca de Victorino-  le entrevisté, no recuerdo si antes o después de “Baratero”, en una entrevista – la primera más larga quizá y espectacular- que le vino muy bien para ir adquiriendo posiciones. Me encantó poder ayudarle antes, entonces y después.

La opinión pública la manejaba como un maestro y cuando se pelearon El  Cordobés y Palomo en un sanisidro por la corrida de Galache –los guirlaches famosos- Victorino  se lanzó y le ofreció gratis la corrida a don Livinio que naturalmente no aceptaron los toreros pero que le vino de perlas para salir en todos los medios informativos y avanzar más hasta la consecución de sus objetivos.

Los tres toreros de sus toros fueron Andrés Vázquez, Ruiz Miguel y El Cid. Andrés, con cartel, le hizo subir muchos escaños con el inolvidable “Baratero”, que le abrió puertas. Ruiz Miguel, el que más corridas le mató y a más alimañas se enfrentó, fue el que mejor estuvo con los malos y El Cid, con tardes inolvidables, el que mejor toreó a los buenos.

Y humanamente tenía detallazos. Hicimos en Cartagena una Semana Taurina para dar impulso a la construcción de la nueva plaza. Llovía a mares en toda España y los ganaderos andaluces excusaron su presencia por el mal tiempo si se exponían a un viaje peligroso pero Victorino, bajo un torrente, vino desde su finca de Cáceres y nada más terminar el coloquio se fue para su casa ¡¡porque al día siguiente tenía tentadero!!. Y de Cartagena a Cáceres hay unos cuantos kilómetros. Más que desde Sevilla a la ciudad del Mediterráneo. Ese era Victorino.

Ese Victorino que tenía un gran poder de convicción. A los periodistas les decía que no habían visto bien sus corridas, porque las alimañas eran emocionantes, y el toro malo había sido regular. Y el regular, bueno. Y el bueno, pues de campeonato.

Y, cuando no había acuerdo, sentenciaba “No nos equivoquemos, ni nos confundamos”, frase que a mi me ha hecho siempre mucha gracia como ejemplo de diálogo y reflexión.

En una ocasión en que discutía y quería convencer al crítico Joaquín Jesús Gordillo, éste desarmado y harto le dijo : “Victorino, que no tengo un pase”, frase que he hecho mía y repito mucho. Era delirante ver a Victorino convenciendo y a Gordillo defendiéndose.

Total, un gran triunfador, un tío en el significado más extenso y cabal de la palabra, muy honesto y vocacional. Único no sólo por ser el único de indulto e Madrid y único por hacer el doblete en Madrid y Sevilla. Único por ser el único en  tener el  premio de Bellas Artes y de Tauromaquia, no. Sino por ser como era.

¡Ay, si Victorino hubiese sido neoyorkino!

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