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Enrique Ponce y su “Piña”

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La gente del toro, los aficionados en general y no solo sus admiradores, sus familiares más cercanos, sus amigos y hasta los que tenemos la dicha de seguir siéndolo desde que era un niño, nos hemos preguntado muchas veces por qué Enrique Ponce ha llegado a ser lo que es y, sobre todo, por qué su gloriosa carrera que este año ha sumado más de 30 años – 28 de alternativa – parece no tener techo ni fin porque su caso es el más asombroso de toda la historia del toreo por cuanto supone su permanencia en la cima durante tanto tiempo ininterrumpidamente y su continuo e inacabable afán de crecer, de perfeccionarse, de inventar, de crear, de sentirse y, por lo tanto, de obligarnos a sentirle con progresiva admiración y placer. Nos hallamos pues ante un ser verdaderamente excepcional. Y no solo profesionalmente hablando. También y yo diría que sobre todo por su manera de ser y de estar. Pues a su sin igual profesionalismo, a su valor, a su inteligencia, a su incomparable maestría, a su cada día, cada mes y cada año más creativo, más inspirado, más fácil, más sentido y más creciente en sus elegantes, bellas y hermosas expresiones netamente artísticas, añade su singular personalidad como ser humano. Un ser intrínsecamente bueno cual santo súbito al que solo le falta hacer milagros aunque milagrosas parecen y son su vida y sus formas de comportarse cual ángel caído desde el Cielo. No hubo, ni hay, ni posiblemente habrá un torero con el que se le pueda comparar, tanto profesional como humanamente.

Enrique fue siempre un bálsamo que quiso poner paz en cualquier conflicto propio o ajeno que le surgiera. Y mira que los ha sufrido… Como todo el mundo. Pero en él siempre primó la paz, incluso contra sus propios intereses. Somos muchos lo que a veces hemos pensado que Ponce se pasa de bueno, que si hubiera tenido un solo gramo de maldad, mejor aún le hubiera ido en su impar carrera. Pero como caso aparte, nunca hizo caso a nadie en cuanto a recomendaciones vengativas ni a maldades preconcebidas. Y eso, esa manera de ser, la ha premiado Dios conservándole como está y como de seguro seguirá estando…

Ahora mismo creo que goza de un equilibrio personal realmente envidiable. Y no solo en su vida familiar. También en la profesional. El pacifismo de Ponce siempre estuvo presente en cualquier conflicto de los muchos que hubo entre algunos miembros de su cuadrilla y de sus gentes. Quien no los padeció y lo seguirá padeciendo…

Pero en el momento presente, el equilibrio sentimental de Ponce con sus gentes es total. Y eso se nota. Sobre todo lo nota Enrique porque se refleja en su privilegiado momento profesional. La ausencia de conflictos y la paz que gozan todos los que le rodean son realmente envidiables.

En su última corrida de esta temporada, brindó su segundo toro a la cuadrilla. Normal. Hacerlo así fue, es y será su costumbre. Sin embargo, este año aconteció algo que nunca lo había hecho. Al final de la cena que tuvo lugar para celebrar la feliz y triunfal campaña de 2017, se levantó de la mesa que ocupaba y dirigió un largo discurso en que fue nombrando, uno a uno, a todos los componentes de su cuadrilla y de su equipo. No faltó uno solo por nombrar y para cada uno pronunció palabras tan personales y cariñosas como certeras. En sus gracias a todos y a cada uno de ellos, fue nombrándoles a todos y de cada cual alabó sus virtudes, dándoles las gracias por lo mucho que le habían ayudado a ser quien es y quien sigue siendo. Palabras, atinadas y cuasi íntimas que los mencionados escucharon con ilimitada admiración, gratitud y cariño.

Eran Ponce y su “piña”. Una apoteosis de complicidad, de común esfuerzo, de indeleble cariño y de fraternal amistad. Y a todos se les saltaron las lágrimas de emoción porque no era para menos…

Reproducir las palabras que dedicó a cada uno de los suyos, alargaría demasiado este homenaje que hoy quiero dedicarles a todos a los que también considero como íntimos amigos. Yo también quiero agradecerles el trato que me dan y el afecto con que me tratan. Todos sabemos quienes somos y por qué lo vamos a seguir siendo.

La Piña de Ponce. Ponce y su Piña. La razón más importante de un éxito mayúsculo que no solo es del matador, también lo es de todos y cada uno de los que le ayudan y le van a seguir ayudando con tanta dedicación y rendida admiración como íntimo cariño.

Quiero finalmente nombrarles a todos.

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Por delante, a Julio Maza que es quien lleva al matador de plaza en plaza y cuida de él y de todos los que le rodean. Julio es el Ángel de la Guarda de la Piña. Y, además, un fotógrafo taurino de excepción que ha ido aprendiendo a “ver” el toreo bajo el prisma de su jefe.

Juanito Ruíz, el joven y más nuevo apoderado de Ponce tiene todas las virtudes de su padre y ninguno de sus defectos. Juanito, es ahora mismo la clave de la bóveda poncista porque manda sin hacer ostentación de ello. No en vano, es como un hermano menor del matador por las edades de ambos y la cercanía que les unió desde muy niños. Prima, pues, el mutuo cariño que se tienen. Su padre, Juan Ruiz Palomares, descansa ya del tremendo ajetreo que asumió y que acaba de depositarlo en su hijo con absoluta confianza, mientras Victoriano Valencia, el suegro de Enrique, vigila desde su forzoso retiro aunque sin abandonar nunca, contra viento y marea, por su ilimitada afición.

Los más viejos o mejor decir los más antiguos de la cuadrilla, Mariano de la Viña y Manuel Quinta que acaba de ser despedido por el maestro con ceremonial y rango aristocrático bajo el palco de la Puerta del Príncipe de la Real Maestranza de Sevilla, han sido – Mariano continúa siéndolo – los de mayor sabiduría y confianza. Manuel Quinta padre, le ha dejado a Ponce como herencia a su propio hijo de igual nombre y apellido y con esto está dicho todo. Y Mariano al frente porque no puede ser de otra manera por desde siempre juntos en el saber y en el gobierno.

Luis Fernández “Jocho”, amigo y compañero de Enrique desde la niñez de ambos, lleva menos tiempo con el matador pero ha sido y continúa siendo el Pigmalión más sabio a la vez que el más discreto del Ponce más sublime. Pues ambos han intercambiado sus secretos profesionales y los resultados no han podido ser más brillantes ni más  asombrosos…

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José Palomares lleva ya años a las órdenes de Ponce, tanto como mayoral de la ganadería del maestro como efectivo y seguro picador que no deja escapar sin el preciso castigo a ningún toro. Pedazo de picador y persona cabal además de entrañable.

Jaime Padilla – Padillita para mí – es el banderillero más cordial y naturalmente simpático que hayamos conocido en nuestra vida. Ambas virtudes corren parejas con su valiente además de alegre oficio.

Todos, con el matador a la cabeza y hasta los amigos que tantas veces andamos cerca, dependemos de dos hombres fundamentales en cualquier cuadrilla que se precie. Un mozo de espadas de superlujo por todo. Por como es, por cómo está, por cómo trata, por cómo atiende, por cómo viste, por lo que sabe y por lo que, si no lo sabe, lo aprende enseguida. Daniel Rosado. Dani para todos…

Y su ayuda que también lo es para todo y para todos. Rubén Arijo. Un hombre muy joven de los que no hay… Su exquisita educación le enseñorea y la verdad es que tanto Dani como Rubén son dos señores en toda la extensión de la palabra.

Finalmente, el último hallazgo como chofer de la cuadrilla y para lo que haga falta. José Manuel Bedmar. La discreción personificada. Y otro señor para señores…

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Esta Piña tan equilibrada y el privilegiado equilibrio que goza Enrique Ponce junto a su maravillosa familia, Paloma, Palomita y Bianca, explican la felicidad y los incesantes grandes triunfos de este hombre fuera de cualquier serie del que gozamos todos los aficionados para nuestra suerte y para la mayor gloria de La Fiesta.

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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