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Sobre cómo ayer toreó Ponce en Córboba: Cual si lo hiciera en el Cielo y en la presencia de Dios

Ruego perdonen mis lectores, sean seguidores de mis escritos o no, sean amigos o enemigos y si fueran de éstos últimos como algunos pocos que permanecen sumidos en la grave enfermedad del “antiponcismo” que ya no saben qué escribir ni qué decir so pena de continuar cayendo el mayor de los ridículos. Les pido perdón, quiero decir, por no haber asistido a la triunfal corrida de ayer en Madrid, decimoctava de la Feria de San Isidro, de la que supimos estando los tendidos del excesivamente grande Coso de los Califas, que Alejandro Talavante anduvo sembrado y valentísimo López Simón, finalmente ambos a hombros por la Puerta Grande. El extremeño tras cortar las dos orejas de un mismo toro y el de Barajas tras cortar una a cada uno de los suyos.

Quiero decir, entonces y sin sonrojarme, que no me importa cometer el grave pecado de haber faltado a mi asiduidad en Las Ventas, porque ayer fuimos testigos de cómo Enrique Ponce protagonizó una de las mejores labores de su vida, cuando no la mejor por ahora entre las más celebradas de la presente temporada. Y no solo por su celestial faena al cuarto toro de Daniel Ruíz Yagüe, también por cómo lo lidió en sus exclusivas manos, salvo en los instantes de ser picado y banderilleado por sus subalternos aunque en la brega para colocar al toro ante en el caballo y para cada par de banderillas, solo intervino Enrique, sencilla y templadamente magistral

Percibido Enrique desde que el toro apareció en el ruedo de las cualidades y de las calidades de su oponente como también de su escasa fuerza, se aplicó a fondo para que el animal no lograra perder ni un solo átomo de la poca energía que tuvo. Desde luego puedo afirmar y afirmo que hubiera sido muy poca en cualquiera de las manos de todo el toreo antiguo, actual y estoy por decir del futuro, salvo en las del prodigioso gran maestro valenciano. Pero prescindamos hoy de los apelativos que se refieren al lugar de su nacimiento. Ya lleva Enrique Ponce varios años dando tantas inimitables lecciones en España, en Francia y en América que se ha convertido en una de los artistas más grandes e importantes del entero mundo. Ponce ya pertenece al Universo porque su maestría y su arte traspasan todas las fronteras y todas las galaxias.

A nadie, a ningún torero habíamos visto lidiar y torear como ayer a Ponce ante el atónito público de la plaza de toros de Córdoba. Se perdieron el extraordinario acontecimiento cuantos no asistieron porque ya sabíamos que en la feria de Córdoba, salvo los buenos aficionados, las gentes más comunes de la cuidad solo van a una corrida cada año. Y este imagino que será la que se celebre hoy. Bien. O mal, porque mucho lo siento por los que se lo perdieron. Menuda perdida, como para pegarse un tiro…

En fin, que no hubo ni hay ni creo que habrá nadie que aúne tantas condiciones, tantas virtudes, tanto escondido valor, tanta y tanta sencillez y  elegancia, tanta capacidad de templar, ni tanta creatividad natural, de esa que pareciera que el toreo es más caricia que látigo, más sensibilidad que la de cualquier ser humano al que le sobre, más despaciosidad que la que nos parecen tener las estrellas en el firmamento porque ayer Ponce toreó deteniendo los tiempos y anulando los espacios. Flotó como sobre las nubes. Bailó cual lo puedan o podrán bailar los más grandes prodigios del ballet mundial. Y todo durante los minutos que vivimos como si a la vez fueran tantos como pocos. Un suspiro eterno. Una obra tan prodigiosa que nos pareció que nunca más, ni el mismo Ponce podría ser capaz de repetir aunque a la vez sabiendo a ciencia cierta que lo repetirá y hasta lo mejorará  para su mayor gloria y para la historia más importante del toreo que vieron y verán los siglos.

Y ¿a quien importó todo lo demás ocurrido ayer en el coso de Los Califas? Desde el Cielo, si están en él que lo estarán, seguro que Lagartijo,  Guerrita y Manolete se debieron quedar pensando en cómo torea Ponce. Como un ser mortal que puede parecer de otro mundo, de otro universo, de otra galaxia… Y así fue…

Ya en la normalidad, vimos a El Juli que venía de armar un lío en Las Ventas, intentar repetirlo en Córdoba. En lo que anduvo con el segundo toro que fue un sobrero cinqueño de la ganadería de “La Virgen María”. Noble y con clase. Otro para armarla como no acabó de armarla el gigante de Velilla de San Antonio, en su absolutista intención de apabullar a su eterno e inalcanzable rival. Tal cual pareció tras tener que acabar Enrique con el inválido e inviable animal que abrió plaza de la ganadería titular al que tuvo que matar precipitadamente. El Juli perdió orejas con el segundo. Y con el también extraordinario quinto, que fue de rabo, solo logró cortar una. Claro que ya había aplastado todo la apisonadora poncista. Por cierto, asimismo premiado con una sola oreja por pinchar aunque, eso sí, la segunda mitad de su inolvidable faena fue contemplada en pie por cuantos allí estuvimos.  Fue imposible sentarse en medio del general alborozo.

Pero, claro, cada vez que abre cartel Ponce, en casi todas sus tardes desde hace años, una vez aplastar todo lo aplastable con el cuarto toro a poco que se deje, la corrida parece haber terminado. Como ayer sucedió con El Juli y con Ginés Marín en los dos últimos toros de la tarde. Marín se sosegó elegante al natural de menor a mayor enjundia frente al muy débil sexto y no pasó nada después.

Antes del lentísimo prodigio poncista, el mismo Marín, que se lució mucho y muy finamente en el variado recibo y en su quite frente al también noble tercer toro de la ganadería titular, tras vivir con susto como el animal descabalgaba a su señor padre, que forma parte como picador en su cuadrilla, consiguió pasear una oreja una vez extenderse en vistosos desplantes y atrevimientos gestuales mas una gran estocada que fue la de la tarde.

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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