Reinauguración de la plaza de Ayamonte. Enrique Ponce hizo historia en el más tardío de sus debuts

En los confines de Huelva, sobre la desembocadura del río Guadiana y a la vera de nuestra vecina Portugal, se haya y, nuca mejor dicho, Ayamonte. Un gran pueblo blanco. Ciudad de la luz, siempre la denominaron así sus habitantes desde los siglos de su existencia. Y en su historia, como en tantos sitios de nuestra querida España, su vieja placita de toros. Capaz de albergar a unas tres mil almas. Fue construida en 1852. Reconstruida y reinagurada en 1950 con un festejo en el que intervinieron Julio Aparicio, Miguel Báez Litri y Pepe Gallardo. En el año 2012 dejaron de celebrarse festejos taurinos hasta que, ayer mismo, viernes 7 de septiembre de 2018 fue otra vez reinagurada con una corrida de toros de Sancho Dávila nada menos que por el aquí debutante, Enrique Ponce que hizo su primer paseo y por tanto desmonterado junto a Javier Conde y al rejoneador lusitano, Joao Riveiro Telles. Anotemos, además, que en conjunto de las cuadrillas, destacó el gran puyazo de Manuel Quinta Jr. al segundo toro de la tarde.

Faltó muy poco para el lleno compuesto por habitantes del lugar que dieron evidentes y audibles señales de su excelente afición que ya quisieran otras plazas del mundo, incluidas algunas tenidas por importantes y por aficionados portugueses. Tanta fue la calidad del publico asistente que, dado lo acontecido durante la lidia de los  dos toros que afrontó Ponce y la del que hizo sexto para Conde, que fue con mucho el mejor del envío con un sensacional pitón derecho, lo que propició que la presidencia accediera a ser premiado con una vuelta al ruedo, los que lean esta crónica podrán entender y comprender la esencia más profunda de lo ocurrido, aparte la actuación del caballeiro lusitano que fue buena al clavar refoncillos y banderillas pero no así a la hora de matar, quedando la cosa en una cariñosa vuelta al ruedo.

No me importa lo más mínimo que los que lean estas lineas crean o no lo que voy a decir. Con sugerir como lo creyeron y, sobre todo, lo sintieron los que estuvimos presentes allí, mas el modo y la manera en cuanto a la exacerbada comunión que hubo muy especialmente con Enrique Ponce, me basta intentar describirlo aunque no sea fácil porque, pese a haber sido testigo directo de las centenares por no decir miles de veces que he visto y disfrutado durante la muy larga carrera del maestro de maestros en casi todas las plazas del mundo, nunca y digo nunca he visto una entrega tan sentida de un torero y una respuesta tan absoluta de los espectadores con cuanto hizo Ponce en la tarde de su debut – ciertamente  muy tardío – en esta antiquísima tacita sin callejón de Ayamonte, cuyo piso arenoso tras la actuación del rejoneador hubo primero que apisonarlo y, mediado el festejo, hasta regarlo a roales.  Lo comprenderán mejor si añado que ver torear tan de cerca suma muchos enteros con respecto a la simbiosis sentimental del público y de los artistas.

A cuanto vimos, una también muy especial banda de música con un solista de trompeta fastuoso, más que amenizar, nos embriagó de sinfónicos sonidos con los pasodobles y las marchas que interpretaron, al tiempo que el clímax aumentaba deliciosamente.

En cuanto a lo que hizo Enrique Ponce con dos voluminosos toros de muy distinta condición, simplemente manejable el que hizo segundo y dificilísimo por no decir cuasi imposible el lidiado en quinto lugar, para empezar una de sus más bellas y variadas obras de arte de las que lleva cuajadas en estas últimas temporadas porque ya van para tres en las que el valenciano se ha superado tanto que hasta parece que hace realidad sus sueños y al mismo tiempo nos hace soñar a todos, solo que en esta ocasión el sueño poncista tuvo una respuesta también soñada de todos y cada uno de los que asistimos. Lo de menos fueron las dos orejas que le concedieron en medio de un apasionando delirio. Lo importante, insisto, fue la general comprensión de lo hecho por el gran torero en un éxtasis colectivo tan grande que por si mismo también nos pareció que sucedió como en un sueño.

Sin embargo, lo más importante quedaba por ver con el quinto toro, ya he dicho que casi impracticable por su renuente y malintencionado embestir hasta que se paró por completo. Enrique con este pésimo ejemplar se empeñó tanto en sacarle partido hasta que se lo sacó y de qué modo, que los sentimientos del torero y el de los que espectadores se unieron en una catarsis emocionantísima por cuanto Enrique hasta llegó a entrar en trance a la vez que espiritual, resolutivo y fantásticamente prodigioso. Este no va más del gran maestro solo fue premiado con una oreja por pinchar dos veces antes de agarrar una gran estocada. Pero la rendida entrega de los espectadores fue tanto o incluso más grande que la acontecida con su primer oponente.

Resultado de imagen de Ponce y Conde a hombros en Ayamonte

Javier Conde, tantas veces acompañante del maestro y otras tantas dejando huellas de su especialísimo arte sin igual aunque lo recete con cuenta gotas, nada pudo sacar de su primer y peligroso oponente. Pero si en varias series diestras y en uno de sus cites lejanos en los que avanza hacia el toro de puntillas cual bailarín de ballet hasta rematar el muletazo que lleva pensado dar y lo da con esa marchosería subyugante que le es propia e inimitable. Aunque también falló a espadas, le dieron hasta una segunda oreja para que pudiera ser izado a hombros junto a su compadre  y con la gente como loca por haber tenido a suerte de presenciar y de vivir estos sueños que se hicieron realidad en Ayamonte.

 

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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