3ª de San Mateo en Logroño. Del casi todo a la nada y escándalo final

Al muy débil primer toro en principio huidizo de Juan Pedro Domecq lo reconstruyó Enrique Ponce con su ciencia infusa y su proverbial elegancia. Su gran mérito fue que no se cayera ni una sola vez hasta matar de estocada caída y cortar la primera oreja de la calurosa tarde que en los albores del otoño pareció agosteña. Otra oreja le concedieron a José María Manzanares del más fuerte segundo por sus empacado recibo con el capote a la verónica y por su toreo mecido que no por su esta vez defectuosa aunque efectiva estocada. El tercero, “Napoleón”, fue absolutamente fiel a su nombre. Un toro imperial y completo, un gran toro que fue con mucho el mejor del envío al que Andrés Roca Rey cuajó de cabo a rabo en una completísima actuación con el capote, la muleta y la espada en dos agresiones, estocada y descabello, quedando los trofeos en una sola oreja que al público que casi llenó la plaza le supo a poco porque había formado un lío. Al de nuevo flojo y apenas duradero, Ponce le administró una labor tan pausada que hasta sonó un aviso, lo que a nadie importó porque, en los tramos de toreo, fue bellísima y, en los huecos, acompasada danza que, muy oportunamente fue el himno de Valencia, pediendo otra oreja con media estocada arriba y dos descabellos. Prontamente parado el quinto, Manzanares volvió a mecerse bastante más a derechas que a izquierdas hasta fallar en sus especiales estocadas. Fueron los principios de la nada porque el sexto resultó invalido total, negándose cerrilmente la presidencia a devolverlo lo que provocó la bronca más grande de la temporada. Desde luego una de las más enfurecidas que hayamos visto y oído en nuestra larga vida. Roca Rey fue la mayor víctima de la incomprensible negativa presidencial que debería acabar con la destitución del imbécil que ocupa el palco de La Ribera.

Logroño. Plaza de la Ribera. Jueves, 20 de septiembre de 2018. Tercera de feria en tarde muy calurosa  y más de tres cuartos de entrada. Casi lleno.

Seis toros de Juan Pedro Domecq y de Parladé (primero y quinto), simplemente bien presentados aunque algunos demasiado justos. Dieron juego desigual con  predominio de los débiles aunque nobles en distintos grados, sobresaliendo con notable diferencia el tercero. Un gran ejemplar con el hierro de Veragua.

Enrique Ponce (almirante y oro): Estocada caída, oreja. Media estocada perpendicular y dos descabellos,  aviso y ovación.

José María Manzanares (marino y oro): Estocada corta trasera y tendida, oreja. Pinchazo, otro hondo y descabello, silencio.

Andrés Roca Rey (davidoff y oro): Pinchazo y estocada caída, oreja. Media estocada, gran ovación de despedida.

A caballo destacó José Palomares al picar el cuarto toro. En la brega, Jocho, Mariano de la Viña y Juan José Domínguez. Y en banderillas aunque en pares sueltos, Mariano de la Viña, Jocho, Rafael Rosa, Luís Blázquez y Suso.

Explosiva faena de Roca Rey en una tarde de oreja por coleta

Cuando un presidente se convierte en protagonista, la cosa va muy mal. El de la plaza de La Ribera suele ser muy estricto y muchas veces injusto por defecto, jamás por exceso, en la concesión de trofeos. Sin irnos lejos, el año pasado le robó literalmente una segunda oreja a Enrique Ponce quien podría haber salido a hombros en la única plaza del mundo donde nunca lo consiguió. Pero, este señor no es tan estricto cuando se trata de devolver a los corrales toros inválidos, lo que es un gravísimo pecado taurino. Pocas veces hemos visto a un público tan enfurecido como el que casi llenó la plaza ayer al reclamo del cartel más redondo de la feria. Enfurecido durante muy largo rato. La gente se quedó el la plaza una vez ovacionados los tres toreros en su salida. Y se quedó para gritarle de todo lo habido y por haber a quien tratamos de usía. ¿Usía de qué? Sujeto condenable a no ocupar el palco en lo que le quede de vida. El de Logroño es un sinvergüenza de marca mayor por mucho que le jaleen los intransigentes aficionados de la ciudad que aún quedan bastantes. Gentuza taurina.

Ayer volvió a ser favorecido por la suerte, como hace días en Salamanca, Andrés Roca Rey. Suele ocurrir en los principios de las carreras de los toreros elegidos. Eso mismo les ha pasado a sus compañeros de cartel y a El Juli que hoy torea mano a mano con Diego Urdiales. Suerte deseamos para los dos.

Andrés Roca Rey

Respecto al faenón de Roca Rey de ayer, como de tantos otros, resumo su marchamo con una sola palabra: Inverosimilitud. Pues sus lances – variedad, sirena del mundo, se suele decir – y sus muletazos casi siempre encierran sorpresas, además de miedos alarmantes y estupendas certezas cuando hace el toreo por lo clásico. De los ay pasa a los olés sucesivamente desde que arrancan sus faenas hasta que las acaba tras alargarlas en sucesivas sobredosis cual banquetes interminables a base de muchos platos y postres bien aderezados con vinos de todas clases. Y, claro, a la gente le encanta Roca Rey que, además, combina la lenta solemnidad en sus entradas y salidas antes y después de cada tanda con el arrebato puramente torero. Y, ¿para qué más?. Pues para esperar a que se sosiegue y si lo logra, veremos cuajado al señorito peruano que ya también es español. Ojala Dios nos de más vida y salud para verlo.

Enrique Ponce, inalterable en sus eternos e indeclinables propósitos, sean los toros cuales sean porque le van todos, tanto en las guerras más duras como en las paces más blandas, ayer nos volvió a deleitar otra vez más y ¿cuantas van en los casi treinta años de alternativa más sus prólogos como sorprendente becerrista y como asombroso novillero? Treinta y cinco en la cumbre del toreo. Ni se sabe porque ya es incalculable.

Un día, tras unas de sus grandiosas faenas, hace más de veinte años en La México, le dije: “Ni tu mismo sabes a donde vas a llegar“. Y acerté de pleno porque ya envejecido a su lado, la verdad sea dicha por mi parte, a mí, Ponce, me rejuvenece. Y si le sigo tanto es porque este para mi privilegiado elixir de juventud es algo imprescindible. Y que a quienes no entiendan lo que digo, les acompaño en el sentimiento porque, negar a Ponce, es morir en vida.

El toreo según Manzanares padre debe ser como el mar rompiendo en la arena porque se va y se viene, se va y se viene… Aunque no está en su mejor temporada, José María hijo sigue fiel a las doctrinas paternales. Y da gusto en paladeo. Pues paladeantes son sus exclusivas maneras, su toreo mecido, acompasado, aterciopelado…

Ayer pudimos comprobarlo cada vez que se le vinieron sus dos toros. No del todo proclives por las intermitencias que desmerecieron su juego y, en consecuencia, sus dos faenas. Por cierto, en lo negativo, hay que decirle: José María, ¿qué te está pasando con tu infalible espada?

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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