Por fin, una buena crónica sobre la mejor tarde de Ponce en Bogotá

Ponce, un poema y una lección

Por Jorge Arturo Díaz Reyes
Bogotá, Colombia, II 24 19

Con dos faenas magistrales de diferente formato Enrique Ponce cautivó la Santamaría, cortó tres orejas y clausuró la temporada colombiana saliendo a hombros junto al bogotano Ramsés. Castella recibió una discutida del tercero. Encierro muy toreable de Gutiérrez.

Todos negros, 510 kilos promedio, bien encarados menos los brochos cuarto y quinto. Cinqueño el primero, el resto cuatreños avanzados. Los Ernesto Gutiérrezdesbordaron en Bogotá sus promedios de trapío. Tanto que dos, el quinto y el sexto fueron aplaudidos de salida. Otras virtudes trajeron; movilidad, fondo y nobleza. ¿Qué les faltó? bravura en diferente medida, pero a todos. Al pastueño primero, “Presumido”, le pidieron indulto y luego le dieron vuelta al ruedo en el arrastre. También aplaudidos el bondadoso tercero y el encastado sexto. Por contra el rajado segundo, el mansurrón cuarto y el entablerado quinto fueron pitados. Con todo y eso les cortaron seis orejas y el hierro refrendó sus triunfos en las ferias de Manizales y Cali.

Enrique Ponce llenó la tarde. Dueño de su lote, del público y de sí mismo, desplegó esa tauromaquia maestra, serena, desparpajada que puede lucir fácil para quienes no la reconozcan como la cumbre conquistada por un hombre cuyo talento y afición innatas se han acendrado a lo largo de tres décadas entregadas con alma, vida y corazón al toro. Camino de perfección. Además, cómo disfruta en la plaza y cómo lo contagia. El rostro ya muestra huellas del tiempo, no su actitud, aptitud y destreza.

La apertura de la corrida marcó el momento más brillante de la temporada colombiana. La conjunción del arte con la materia. La embestida franca y acompasada de “Presumido” en esas manos fluyó como un madrigal. Ocho verónicas genuflexas ganando terreno hasta las dos medias en los medios. Manuel Quinta le pegó poco antes del airoso quite a la chicuelina y el saludado tercio de Santana.

Todo sumaba incluso el brindis al público preámbulo a un recital de muleta que saltó del clasicismo en las tandas regulares y las naturales a las variaciones de los ayudados, los cambios de mano, los circulares, los molinetes vertidos e invertidos, las condesas, las trincheras, los obligados y las cuatro poncinas finales cuando la petición de indulto cobraba fuerza. Sin demagogias, igualo pronto, pinchó arriba y estoqueó total, aunque desprendido. La lentitud, el temple y la estética derrochadas pudieron y las dos orejas coronaron la obra.

El cuarto, alto, zancudo, brocho, no quería. Tampoco lo querían, pidieron su devolución. Zanganeó en banderillas. ¿Quién apostaba por él? Ponce. Lo brindó a su apoderadoJuan Ruiz y con las tres primeras derechas y el de pecho le hizo entender quien mandaba. Y la sabiduría se impuso al desgano. Dando los tiempos, los terrenos, las alturas precisas construyó de la nada un faena jaleada y musicalizada plena de técnica y buen gusto. La plaza entregada obvio el pincho y la espada caída ¡Torero! ¡Torero! Gritaban como locos. La oreja no los contuvo, querían otra. Después de la inopinadamente concedida del segundo toro la gente seguramente pensó que ya en la primera plaza del país la suerte suprema no vale. Pero nadie se hizo mala sangre, la vuelta y la ovación final en el platillo fueron de órdago. Bogotá es de Ponce.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

También puede interesarte: